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Back Está aquí: Home De interés Cine y solo cine por Patxi Álvarez Guardianes de la galaxia Vol. 2: Marvel para toda la familia

Guardianes de la galaxia Vol. 2: Marvel para toda la familia

Guardianes de la galaxia Vol.2 es una declaración de intenciones. Como ya hiciesen grandes cineastas a lo largo y ancho de la Historia del cine, esta película compone desde los primeros compases ciertas decisiones y opciones en la percepción del espectador, quien, después de procesar toda esa información deberá comprenderla y decidir si sigue escuchando el concierto o se marcha a casa. Este Vol. 2 es más grande, más ruidoso y con una gama de colores y estilos más amplia que su antecesora. Ya desde el título se identifica la dinámica que van a seguir Gunn y sus "atípicos" (después hablaremos de este asunto) personajes. No es una segunda parte, ni una secuela. Es la continuación por problema de espacio de una cinta de cassette ya de por sí espaciosa en la que no cabían tantos (hoy) gigabytes de efectos y (siempre) entretenimiento.

James Gunn opta por el paralelismo e inicia sus dos filmes con una escena en el pasado y unos créditos cantados y bailados. La secuencia que abre la última producción de Marvel es una demostración de CGI y decorados virtuales tan bien hechos que sabes que son falsos pero los aceptas. Corresponden asimismo a estos escasos 2 o 3 minutos los primeros guiños nostálgicos (sobre los que también apuntaremos algunas cuestiones): la presencia de ese ora héroe de acción ochentero, ora revitalizada e irónica parodia de sí mismo, Kurt Russel. El horterismo está latente y las emociones del espectador más ñoño preparadas para estallar. La música, cómo no, hace de maestra de ceremonias en este festín que parece sacado de una recreativa arcade.

Recuerdo, salvando las grandes distancias, a un agotador Charlot chupando cámara en las carreras y logrando, después de mucho insistir, ser el centro de atención de toda la película. Los créditos de Guardianes Vol.2 nos presentan un extenso plano sostenido con el fondo desenfocado y al entrañable y enfocado bebé Groot danzando, ajeno a la mortal pelea que libran sus hermanos mayores en segundo término. Porque esta saga es una obra que se centra en los personajes y lo que escuchan, por encima de todo grito monstruoso intergaláctico. De pequeños o grandes robaescenas. La lista musical que sobrevuela toda la cinta es la vía de escape para estos héroes y la marca para el espectador de que esta fantasía se ríe de sus compañeras de género, del público y no se toma demasiado en serio nada, pero a la vez no puede estar más segura de sí misma. Porque este grupo de indocumentados viven en una realidad que se les escapa, se llevan a rabiar y se quieren al mismo tiempo, aunque no quieran pronunciar las palabras.

La naturaleza de la historia pide un equilibrio necesario entre la autoparodia, la reflexión y la inverosimilitud del cómic al que remite. Unas concesiones que acarrean altibajos inevitables, traducidos en un leve exceso de duración y una sobrecarga de escenas de acción. El discurso profundo y pseudoépico del tebeo es necesario, sí. También resulta en ocasiones cansino, pero sirve de contrapunto de los chistes y referencias (algunos más acertados que otros), que en este volumen 2, desgraciadamente, también son demasiados. La singularidad de la saga reside en esa soltura para dar una de cal y otra de arena, para ser estúpida e inteligente a la vez, para ser barroca y kitsch al mismo tiempo que notable técnica y artísticamente.

Porque en esta aventura, como su predecesora, aunque se hace larga, sientes el deseo de que nunca termine. A pesar de visitar los lugares comunes (también inevitables) de los problemas de inadaptación social, conflictos paternofiliales y la búsqueda de la amistad en la enemistad, consigue rozarlos sin mancharse demasiado y tratarlos con humor. En este sentido, la patéticamente brillante escena en la que Ego (Russel) y Starlord (Pratt) juegan con una pelota de energía que el último ha creado, resumen el cine de superhéroes moderno. Personas mayores recordando un pasado muchas veces improbable o imposible, mas disfrutando por poco tiempo hasta enfrentarse al mundo real y presente.

En este sentido, hay otra escena que funciona a la perfección dentro de toda la partitura nostálgica y de fan service que muchos exigían. En los primeros minutos donde estalla el absurdo conflicto que desata la trama, los Guardianes son perseguidos por una flota de naves enemigas que les supera en número. El mapache Rocket dice excitado que quiere matar a mucha gente. Starlord le responde con sorna que los vehículos no están pilotados por humanos, sino dirigidos a distancia desde una base madre. En esta gran nave, cientos de alienígenas humanoides dorados, acribillan en cabinas con pantallas y mandos a los guardianes. Uno de ellos queda con vida y es el encargado de disparar el golpe de gracia. La multitud derrotada se acerca para jalearle, pero su compañero falla y game over. Todo suena a salón recreativo de los de antes, donde un héroe gasta su último centavos (o pesetas) para la pantalla final.

Aún y todo es acción pura, sin ataduras y deslizante, entretenidísima y para nada insultante. Contiene el número exacto de guiños coherentes que no se han escrito para complacer, pero se regala en el humor bobo en ciertos tramos y algunos diálogos son totalmente prescindibles. Lo más positivo para la propia película y para la industria a la que pertenece es que emana una seguridad en sí misma que le permite desarrollar a sus personajes y se desata de las cadenas tanto narrativas como formales del punto de encuentro del universo Marvel: los Vengadores. En definitiva, no es mejor que la primera pero confirma que hay cuerda, chistes y peleas para rato sin depender de nadie y llevando la voz cantante.