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Los Dientes de la Eternidad. Entrevista a Jorge García y Gustavo Rico

“Los Dientes de la Eternidad” es una impresionante epopeya que recrea el ragnarok de la mitología nórdica. Para llevar a cabo una empresa de tal dimensión sus autores se embarcan en una gran odisea, una larga gestación de 10 años de trabajo que culmina con un tomo que refleja toda la épica de las leyendas originales. Agradecemos a los autores su implicación para mostrar, además, las tripas de la obra explicándonos el modo en el que se realiza una de las páginas de la obra, de modo que nos podemos hacer una mejor idea del titánico esfuerzo que ha supuesto realizar el trabajo completo. Con Jorge García y Gustavo Rico, guionista y dibujante respectivamente de “Los dientes de la eternidad” nos adentramos en los secretos de la obra.

 Pregunta: ¿Qué es “Los dientes de la eternidad”?

GUSTAVO RICO: “Los Dientes de la Eternidad” es un cómic que transcurre en la Noruega del siglo IX por una parte y por la otra en el territorio de los dioses nórdicos, el Ásgard. Luis Martínez, nuestro editor, dijo acertadamente en alguna parte que se trataba de una historia lisérgica sobre vikingos, aunque también se traten temas con un marcado carácter humano, sobre todo a través de los protagonistas, como la redención, la pérdida de un ser querido, el amor, la amistad...

JORGE GARCÍA: Es, además, un tebeo de unas 220 páginas. Cuenta la historia de un vikingo ya anciano que ha traicionado a un amigo. Roído de remordimientos, peregrina al reino de los dioses nórdicos con intención de lavar su culpa. Su viaje se convierte en una auténtica odisea.

P.: ¿Cómo nace la obra?

JG: De un cúmulo de circunstancias. Como explico en el epílogo del álbum, su semilla fue la campaña electoral que culminó con la victoria de José Luis Rodríguez Zapatero en marzo de 2004. Yo tenía un amigo politólogo que escribía su tesis por las noches. Para hacerse acompañar en sus largas jornadas de escritura nocturna, mi amigo oía la radio y tenía la costumbre de cambiar de emisora cada noche. En el fragor de la campaña, me hizo un comentario que llamó mi atención. Me dijo que, según cambiara la frecuencia del dial, le daba la impresión de vivir en el paraíso o de estar asistiendo al fin del mundo. Esta idea -la del apocalipsis como un hecho cotidiano- me golpeó con fuerza y se mantuvo ahí, agazapada en la memoria, durante un par de años.

En 2006, yo acababa de publicar “Cuerda de presas” y había varios editores aparentemente interesados en escuchar mis propuestas. Gustavo, en cambio, atravesaba un trance amargo. Acababa de completar todo un álbum para el que no encontraba editorial. Como llevábamos varios años colaborando juntos en historietas cortas, me pareció que podíamos aprovechar mi buena estrella editorial (en aquel momento, claro) para lanzarnos a la aventura de levantar un proyecto más ambicioso. Yo pensaba entonces -y creo que el tiempo me ha dado la razón- que el dibujo de Gustavo, tan potente, tan vigoroso, podía encontrar un cauce de expresión muy adecuado en la recreación de un espacio mítico. Casualmente, yo acababa de leer “La alucinación de Gylfi” de Snorri Sturluson. Se trata de un texto del siglo XIII cuyo autor recoge en apenas un centenar de páginas toda la mitología escandinava. Aquel texto (muy bien traducido por Jorge Luis Borges y María Kodama) me resultó muy sugerente y me dio el escenario para una historia repleta de dioses y monstruos cuyo telón de fondo es un apocalipsis legendario: el “Ragnarok” (es decir, el Destino o el Crepúsculo de los dioses”).

P.: El Ragnarok es el fin del mundo tal como lo conocemos según las leyendas nórdicas. Una historia de dioses que requería una escala épica inmensa. ¿Cómo afrontáis el reto de lograr esta trascendencia?

JG: En mi caso, acopié toda la documentación a mi alcance. No era demasiada, en realidad. Casi toda la mitología escandinava está recogida en la docena de poemas de la “Edda Mayor” y en los textos en prosa de la “Edda Menor” (al que pertenecía “La alucinación de Gylfi”). A continuación, traté de leer todo aquello que pudiera ayudarme a conferir un tono brumoso, mítico o legendario al asunto que estábamos tratando. Al respecto, medio en broma, medio en serio, siempre digo que repasé a los grandes autores de apocalipsis contemporáneos, de Stephen King a Stephen Hawking.

GR: Por mi parte, creo, Jorge se fijó en el nivel estético de mis dibujos, en el carácter rotundo que adquieren algunas de mis figuras dibujadas (aunque también tienen cierto aire icónico medieval). No en vano siempre me gustaron artistas como Andrei Rublev o Teófanes el Griego, y el punto místico que sus pinturas alcanzan. Esto entronca directamente con la transcendencia necesaria que yo quería conferir a algunas de las páginas de este libro. Vamos, que el proyecto de dibujar un cómic sobre mitología nórdica me vino como anillo al dedo.

P.: En tu caso Jorge, cuidas especialmente los textos para alcanzar esta dimensión, trabajando los cartuchos de texto para mostrar la solemnidad del enfrentamiento.

JG: Sí, traté de cuidar lo textos de apoyo tanto como me fue posible. No soy un gran escritor y, por tanto, me costaron lo mío. A la hora de escribirlos, hice una elección deliberada. Por fidelidad a la idea del “apocalipsis cotidiano”, conjugué los verbos de los textos de apoyo en presente de indicativo. Trataba de crear la ilusión de que el fin del mundo se desarrollaba a medida que el lector avanzaba en la historia. No sé si fue un acierto, la verdad. A medida que avanzaba en el proceso de escritura, me di cuenta de que el tiempo de las leyendas es el pasado. Es allí donde alcanzan todo su poder de sugestión. No obstante, traté de seguir fielmente la regla que me había impuesto y, pese a todo, estoy muy orgulloso del conjunto.

Aparte, procuré que los diálogos resultaran retóricos sin caer en desbordes de elocuencia. En este sentido, hay páginas de las que estoy muy contento. Especialmente, la emotiva despedida entre los dioses Heimdal y Tyr. Además, me esforcé por imprimirle a cada personaje un tono y una forma de hablar que le fueran propios. En algunos casos, fue un reto. Hay una secuencia protagonizada por las Nornas, una especie de Parcas vikingas que deciden el destino de los dioses y los hombres. Las Nornas son tres y se llaman respectivamente Urd, Verdandi y Skuld. O sea, “Pasado”, “Presente” y “Porvenir”. Pues bien, me obligué a que Urd hablase en pasado, Verdandi en presente y Urd en futuro. Y me obligué también a que su diálogo fuera más o menos inteligible. Espero haber alcanzado mi objetivo, como espero haberlo alcanzado también cuando, en otro momento de la trama, unos gigantes dialogan en una especie de germanía construida mediante palabras encabalgadas. Si no lo conseguí, sepa el lector disculpar mi impericia. Mi única disculpa es que quise respetar la forma en que, me parecía, debían hablar aquellas criaturas.

P.: En tu caso, Gustavo, los escenarios adquieren un aire irreal que va más allá de lo que conocemos. Utilizas montajes, abstracciones para desarrollar un escenario más grande que la vida.

GR: Sí, aprovecho la descontextualización de las imágenes para crear ese aire de irrealidad. Es una técnica que los dadaístas utilizaron con mucha eficacia en los años 20 y 30. No obstante, me gusta mezclar la técnica del collage con otras de mayor tradición como las tintas y la acuarela. Mezclado todo ello a su vez con técnicas informáticas. Un batiburrillo bastante mixto, como puedes observar.

P.: En “Los dientes de la eternidad”, como en las grandes sagas de nuestra época, se mezcla lo cósmico con lo pequeño. El factor humano se introduce en una batalla entre dioses pudiendo afectar su resultado final.

GR: Esa bicefalia argumental está muy presente en toda la obra y trenzada con mucha precisión por parte de Jorge. Todo ello le confiere una profundidad a la historia que hecho muchas veces en falta en el mundo de los cómics.

JG: Sí, todo el conflicto mítico está teñido de esa dimensión humana que comentas. Mi idea era que el Ásgard (como todos los mitos) sólo existe en la cabeza de los creyentes y, por tanto, se nutre de la fuerza de su fe (un poco como “Peter Pan”, donde el paso de la edad infantil a la edad adulta se salda con la pérdida de la imaginación y con la muerte de un hada; en “La historia interminable” de Michael Ende hay una formulación parecida de esta idea).

“Los dientes de la eternidad” arranca en un momento en que el culto a los dioses paganos pierde terreno frente al cristiano. Por eso nuestra, representación del Ásgard es la de un mundo imaginario, pero en disolución. Ya no es la época pujante del culto, la fe se pierde y los contornos de los dioses se desdibujan. Por eso, en nuestras páginas, las divinidades han mudado su apariencia. Tyr -dios de la guerra- tiene la figura de un oso, y Odín aparece representado en algunas viñetas con forma de  globo ocular. En este sentido, la “zoomorfización” de algunos dioses acusa el influjo de “Kamandi” de Jack Kirby, un tebeo que yo estaba releyendo cuando empezaba con “Los dientes de la eternidad”.

En cuanto al combate entre dioses (que ocupa buena parte del segundo volumen), recuerdo que consulté el tratado de ajedrez de Capablanca para intentar que las acciones simultáneas estuvieran mínimamente organizadas e infundieran en el ánimo del lector la ilusión de que, tras ellas, había una cierta estrategia. Pero, de la misma forma que yo no entendí el tratado de Capablanca, es posible que haya lectores que no entiendan las reglas ocultas que guían el combate que escribí. No obstante, creo que tanto en el manual de Capablanca como en “Los dientes de la eternidad” queda clara la idea de que, en un juego de tablero, un peón puede decidir la partida.

P.: En una historia de dioses destaca la figura de Gylfi, un viejo guerrero atormentado por la traición a un amigo.

JG: Sí, Gylfi es un guerrero ya anciano cuya época de esplendor ha pasado y que vive retirado en un rincón remoto de Noruega. No es heroico ni valiente, pero posee una moralidad muy rigurosa que lo empuja a realizar actos heroicos. O a cometerlos, según se mire. A grandes rasgos, Gylfi busca perdón por haber traicionado a un amigo. “Los dientes de la eternidad” cuenta el proceso de expiación de esa culpa. Una redención muy particular.

GR: Jejeje. Sí, Gylfi las pasa de todos los colores. Por una parte quiere resolver o redimir el sentimiento de traición que tiene hacia su amigo y por el otro los dioses aprovechan este hecho para involucrarlo  en sus planes sin que Gylfi sea del todo consciente de ello, claro está.

P.: La historia de “Los dientes de la eternidad” está llena de redenciones y venganzas.

GR: Sí, la verdad es que hay venganzas y ajustes de cuentas por doquier. Es un modelo de comportamiento que, según las sagas escritas, era bastante habitual entre familias o clanes de la civilización vikinga. Esto junto con el arcaísmo formal de aquellas sagas le da una potencia dramática a las historias notable. Hecho que nosotros intentamos trasladar a “Los Dientes...”

La venganza también se extrapola al mundo mitológico, en el que tenemos el deseo de Loki de usurpar el reinado de su propio padre. Imaginate el culebrón...

JG: La redención es un tema recurrente en mis historietas. Aparece en álbumes como “Cuerda de presas”, “Hacerse nadie” y “Las aventuras imaginarias del joven Verne”. Quizá lo tomase prestado originalmente de la obra de Felipe Hernández Cava. Pero, aparte de lo bien que escribe Felipe, hay una diferencia notable entre nosotros a la hora de abordar el asunto. Sus protagonistas suelen ser víctimas de una traición. Los míos suelen haberla cometido.

P.: En toda la obra vemos una meticulosa preparación de Odín de la gran batalla final entre los dioses, como si de una partida de ajedrez se tratase. Imagino que en algunos momentos, Jorge, te habrás sentido como Odín manejando las fichas para cuadrar un guión que funciona como un mecanismo de relojería.

JG: Ya me gustaría a mí tener el talento para la estrategia que despliega Odín en “Los dientes de la eternidad”. En el epílogo del libro confieso que fui armando el argumento sin un plan previo y que me costó dios y ayuda encajar las piezas del rompecabezas. La idea original era hacer un álbum de 48 páginas. El resultado, como ves, se nos fue un poco de las manos. Si, como dices, el guión aparenta un mecanismo de relojería, mentiría si dijese que fue algo premeditado. Eso sí, dediqué  meses y años a intentar que la trama mantuviera la coherencia.

P.: En toda la obra se transmite una sensación de inminente cataclismo. ¿Cómo conseguís trabajar ese crescendo continuo hasta llevarlo al clímax final?

JG: A estas alturas del siglo XXI, el Ragnarok se ha convertido en un tópico literario. Su mera mención sitúa al lector ante un horizonte crepuscular e imprime un “tono” apocalíptico a cualquier relato. En “Los dientes de la eternidad”, las escenas se suceden, creo, con cierta fluidez a lo largo de la historia creando una maraña de acciones simultáneas que intenté que confluyeran al final. No es un recurso original. Mario Vargas Llosa se refiere a él como “vasos comunicantes”. O sea, cuando varias acciones discurren paralelas y, por la unidad del tema, reverberan unas en otras. Si uno aplica con destreza este mecanismo narrativo, el todo acaba siendo mayor que la suma de las partes. Quizá por eso, mi capítulo preferido es el último.

GR: Pues en el apartado gráfico creo que se produce un hecho que en parte podría resultar contradictorio. A medida que la historia avanzaba, recibía páginas de guión e iba viendo que yo deseaba contar ese crescendo al que te refieres lo más claramente posible. Por tanto, quizás de manera inconsciente, fui eliminando bastantes elementos accesorios o superfluos en mi dibujo. Mientras la intensidad de la historia crecía, mi dibujo cada vez se hacía más sencillo, por decirlo de alguna manera.

P.: En “Los dientes de la eternidad” trabajáis con personajes que están muy instalados en el imaginario colectivo pero conseguís darle un nuevo punto de vista. Personajes como Odín, Thor, o Loki están muy arraigados en nuestra cultura. ¿Cómo os enfrentáis a estos mitos para encontrar un enfoque personal?

GR: En mi caso vi claro que la historia finalmente se trataba de una especie de alucinación. Como cuando un vikingo entra en trance antes de entrar en batalla. Por tanto, vi procedente acercar toda la cosmogonía nórdica a la estética pop y psicodélica de los años 60. Quizás en este sentido el enfoque es bastante personal.

P.: La primera lectura del libro es imposible dejar de sorprenderse con tus espectaculares dibujos, Gustavo. Da la sensación que en esta obra has trabajado a fondo para lograr el resultado más espectacular posible.

GR: Sí, creo que el carácter de la historia lo pedía bastante. Un dibujo espectacular, pero a la vez, conseguir un tipo de belleza que transmita cierta humildad espartana. En ese sentido, la influencia de algunos dibujantes infantiles de los países del Este de los años 70 fue crucial.

P.: El color cobra especial importancia. Una paleta de vivos contrastes que busca las sensaciones más extremas.

GR: Creo que el color juega un papel muy importante a nivel narrativo. Tiene una funcionalidad espacial y temporal. Es decir, dependiendo del espacio y del tiempo donde se sitúa la trama juego con unas gamas de color u otras. De tal manera que, por ejemplo, utilizo gamas de colores frías (cian, azul verdoso o grises) para situar la acción en Noruega. O utilizo rojos, rosas o fucsias cuando la acción o los personajes principales en ella son Loki o los demonios del Múspel.

P.: ¿Cuáles han sido tus influencias? Quizás el referente más claro sea el Hércules de Calatayud aunque vemos la capacidad icónica de Max en figuras como Odín o la capacidad de creación de ambientes imposibles en la línea de Breccia.

GR: Hablar de influencias sería un no parar. Pero por ejemplo, en cuanto a las influencias que citas, pues sí, son bastante claras. Max por ejemplo es un autor al que sigo prácticamente desde que me gustan los cómics. Álbumes como “El Beso Secreto”, “La Muerte Húmeda” u “Órficas” son libros de cabecera para mí. Aunque quizás en “Los Dientes de la Eternidad” su influencia se va diluyendo a medida que avanza la obra. Sobre Calatayud en “Hércules” o “Peter Petrake”, su influencia es evidente. De él tomé prestados incluso algunos diseños de personajes. También me influyeron otros artistas que trabajaron con esta estética pop, como el José Ramón Sánchez de los 70 y claro está, artistas como Heinz Edelmann, Roman Cieslewicz, Stepan Zavrel, Wes Wilson y un largo etc. En cuanto a Breccia, claro, es uno de los dibujantes más importantes del siglo XX.

P.: En el caso del guión, reconoces la influencia de Moore, imagino que por el milimétrico trabajo de guión, aunque también hay ecos de un Gaiman inspirado.

JG: Sobre todo me apasiona la obra de Alan Moore. Junto a Carlos Sampayo y a Felipe Hernández Cava, conforma mi panteón literario en el mundo de la historieta. Sus tebeos manifiestan un gran dominio del medio, tanto en las distancias cortas como en las largas. Sus argumentos son complejos, amenos e interesantes. Sus personajes muestran una gran profundidad psicológica. Sus diálogos destacan por la elocuencia y por la eficacia dramática. Su manejo del ritmo narrativo es soberbio. Y sus historietas, pese a sentar sus cimientos sobre material de derribo (como superhéroes, pornografía o asesinos en serie), saben ser bellas, divertidas y profundas.

A Moore lo estudié a fondo, sobre todo, por su magistral empleo de las acciones simultáneas. Aparte, en su obra, nada es accesorio. Un detalle que parece irrelevante en una viñeta cobra gran importancia decenas de páginas después. En su obra, además, el silencio es tan elocuente como la palabra. Y me gusta mucho esa especie de respetuosa irreverencia que exhibe al recrear personajes ajenos. Me refiero a obras como “La Cosa del Pantano”, “Miracleman”, “Superman”, “Capitán Britania” o “La Liga de los Caballeros Extraordinarios”. En ellas, se mantiene fiel a la tradición de los tebeos o las novelas originales, pero se acerca a ellas desde un punto de vista que le permite construir una obra original sin traicionar por ello el legado de los autores que lo precedieron. A la hora de acercarme a la mitología nórdica, abordé el asunto con el mismo respeto desprejuiciado que Moore muestra en su trabajo.

Aparte de Moore, “Los dientes de la eternidad” es un catálogo de nuestras influencias como historietistas: de Caniff a Pratt, pasando por Winsor McCay, Hermann, Chaland, Keko, Daniel Torres, Fred y un largo etcétera. Por mi parte, estudié con detenimiento el “Daredevil” y el “Lobezno” de Frank Miller, que me parecen soberbios en su rigor narrativo. Aparte, hay mil guiños a imágenes célebres de la historia de la historieta, desde el “Ché” de Alberto Breccia hasta “Green Lantern/Green Arrow” de Neal Adams. Creo que estas referencias están disimuladas y no estorban el proceso de  lectura, pero pueden dar mucho juego de cara a una relectura.

P.: Es curioso que hables de la influencia de Kirby en un libro en el que Thor está tan presente, quizás la visión más popular del dios actualmente.

JG- Desde muy niño, soy lector compulsivo de la obra de Kirby. Sospecho que, en realidad, sólo se puede leer a Kirby de forma compulsiva. En mi opinión, es el último -y acaso el mejor- de los dibujantes “antiguos” de historieta. Me explico: entiendo por “antiguos” a aquellos autores cuya estética apenas variaba de una historieta a otra (frente a Alberto Breccia, por ejemplo, que graduaba su estilo en función del guión y del tema). La retórica de Kirby, sin embargo, era tan poderosa que le permitía apropiarse sin problemas del género que estuviese dibujando, ya fuera un western, un thriller o una historia de amor. Por su contundencia narrativa y por el colosalismo de sus imágenes, era el dibujante ideal para el género de superhéroes. En realidad, creo que lo desbordaba. Tengo para mí que Kirby era un género en sí mismo, como Philip K. Dick respecto a la literatura de ciencia-ficción. Sin duda, yo siempre lo preferí a otros compañeros suyos como John Buscema o John Romita Sr.

Sin embargo, el “Thor” de Kirby y Stan Lee nunca me resultó tan atractivo como otros títulos de Marvel dibujados por el Rey. Esto obedece, supongo, a que yo leí los clásicos de Marvel de una forma fragmentaria e inconexa, y los pocos tebeos de “Thor” que cayeron en mis manos estaban entintados por Vince Colleta, que deslucía con su rayado enfático el estilo de Kirby. Pero, más allá de su estética, para mí, Kirby es ante todo un grandísimo narrador. Pocos tienen su ojo a la hora de elegir el encuadre dramáticamente más acertado, pocos tienen su pulso y su brío a la hora de crear una secuencia, pocos demuestran su eficacia narrativa, pocos lo aventajan en fecundidad y en poder de sugestión. Le bastaban unas pocas viñetas para describir todo un mundo. ¡Y qué mundos los de sus tebeos! En fin, Kike, has despertado al demonio que llevo dentro. Con o sin Colleta, tendré que volver a “Thor” un día de estos.

P.: ¿Cómo se unen materiales tan diversos como los tebeos de superhéroes, libros como “Cujo” o películas como “Dos hombres y un destino” en un solo libro?

JG- “Los dientes de la eternidad” tuvo un tiempo de gestación muy largo. Durante todo ese tiempo, leí mitología, sagas islandesas, alta cultura y material de derribo. Dado que la parte mitológica del álbum requería un tratamiento espectacular, busqué recursos para conferirle a la obra una dimensión operística. Y, claro, en el mundo de los tebeos, muchos de los mejores “efectos especiales” se encuentran en el género de superhéroes. Por eso -y por gusto personal, a qué engañarnos- leí muchos tebeos de ese paño. Algunos son basura, otros tienen valor más allá de los límites del género. Entre los que más me ayudaron a la hora de escribir “Los dientes de la eternidad”, figuran obras maestras del medio como “La cosa del pantano” de Moore, Bissette y Totleben, o el “Daredevil” y el “Lobezno” de Frank Miller (que estudié al detalle). Pero también leí una larga lista de obras que me sirvieron, incidentalmente, para visualizar un determinado “efecto especial”, como “Doctor Extraño” de Steve Englehart, Frank Brunner y Gene Colan, “Manhunter” de Archie Goodwin y Walter Simonson, o “Green Lantern” de John Broome y Gil Kane.

Respecto a “Cujo”, contraje una deuda de gratitud enorme con esta y otras obras de Stephen King. Apenas leo “best-sellers”, pero la literatura de King me apasiona por la meticulosa construcción de los argumentos, por la profundidad psicológica de los personajes y por el tratamiento casi legendario que confiere a las figuras sobrenaturales que pueblan sus novelas. El carácter que imprimí a Fenrir (célebre lobo de la mitología nórdica) tiene mucho que ver con el perro rabioso que protagoniza la novela “Cujo”. Y la caracterización de Loki guarda una relación muy estrecha con el Randall Flagg que ejerce de antagonista absoluto en la novela “Apocalipsis”.

En cuanto a “Dos hombres y un destino”, ¿qué puedo decir? He visto esa película al menos una decena de veces. Me encanta la forma en que recrea el género del western retratando a esos dos forajidos como dos hombres cuyo tiempo ya pasó y a los que sólo les queda elegir la forma en que van a morir. El protagonista de “Los dientes de la eternidad” tiene algo de Butch Cassidy y de Sundance Kid. Como ellos, es un hombre desajustado con su tiempo. Y, como ellos, también tiene una escena crucial frente a un abismo.

P.: En el epílogo del libro hablas de cómo va creciendo el tamaño de la obra a medida que os dais cuenta de sus posibilidades.

JG: Bueno, fue creciendo porque no premedité el recorrido que la obra debía seguir. Cuando comenzamos el álbum, teníamos muy claro el inicio y el final. El desarrollo era un enigma. Al principio, la historia avanzaba a base de golpes de efecto. O, simplemente, añadiendo una escena para presentar un nuevo personaje (como el lobo Fenrir o el dios Héimdal). La historia arranca realmente en el capítulo IV de la primera parte (que es, por cierto, uno de los guiones de los que estoy más orgulloso). A partir de ese momento, el tebeo da un vuelco y gana en profundidad. Después, me pasé varios años intentando que las distintas partes que componen el libro encajasen en un todo más o menos armonioso mientras Gustavo maduraba estéticamente y me permitía, cada vez, mayores vuelos de imaginación en el guión. Hay secuencias firmadas casi al final (como el paseo de Gylfi por el lecho del fiordo o el combate que libran Thor y la serpiente del Midgard) que hubiéramos sido incapaces de concebir cuando empezamos “Los dientes de la eternidad”.

P.: También en el epílogo de la obra hacéis un paralelismo entre la historia de dioses que afrontan su última batalla y la generación de autores a la que pertenecéis, unos dibujantes que ven como el suelo se abre bajo sus píes cuando quieren desarrollar un proyecto de vida en el que la historieta encuentre su hueco.

GR: Muchos dibujantes y guionistas de nuestra generación parece que han desaparecido en la noche de los tiempos. Queríamos hacer nuestro homenaje a todos ellos. El mundo de la historieta es difícil, sin duda.

JG: Pertenecemos a una generación de historietistas que debió empezar a publicar en la segunda mitad de los noventa y que, enfrentada a una coyuntura económica adversa, no pudo hacerlo hasta principios del nuevo milenio. Gracias, dicho sea de paso, al empuje de varias pequeñas editoriales (como De Ponent, Astiberri y Sinsentido) y a la ayuda institucional que ofrecía el certamen de Injuve. Salvo contadas excepciones, la mayoría de mis compañeros de generación se dedica a otras ocupaciones para ganarse la vida y las compagina con la creación de historieta en sus ratos libres. Sé que el “amateurismo” es un mal generalizado en la industria de la cultura, pero creo que mi generación es, acaso, la primera que careció de un horizonte profesional a la hora de iniciarse en el arte (o la artesanía) de los tebeos. Si a ello sumamos los bajísimos precios por página que imperan en el mercado español, nos encontramos ante el caldo de cultivo ideal para que cundan el desánimo y la deserción. En los últimos meses, por cierto, he coincidido con varios autores de primera línea que me decían que estaban agotando sus últimos cartuchos y que, si la situación editorial no mejoraba (o si no encontraban un sello francés dispuesto a acoger sus propuestas), se disponían a tirar la toalla. Ello no obsta para que sigan surgiendo a cada rato autores interesantes. Entre mis preferidos, Martín López Lam (que acaba de publicar el espléndido álbum “Sirio” en el sello Fulgencio Pimentel), César Sebastián (que participó junto a los excelentes Víctor Puchalski, René Parra y Adrián Bago en la creación del álbum colectivo “Vida de los más excelentes historietistas” editado por El Nadir el año pasado) y Núria Tamarit (una espléndida dibujante que ya nos ha sorprendido a todos con su trabajo junto a la también dibujante Xulia Vicente en el álbum “Duerme pueblo” editado por La Cúpula, y que nos volverá a sorprender con “Avery's Blues”, un álbum soberbiamente escrito por Angux).

P.: Contrasta esta visión del medio con la más optimista que se transmite de la situación del mundo de las viñetas.

JG: Me temo que sí. Mientras los medios de comunicación ensalzan el buen momento que atraviesa la historieta española y elogian la cantidad y calidad de sus publicaciones, a mí me da la impresión de estar asistiendo a un momento muy difícil para los historietistas e, incluso, a un cierto retroceso a nivel narrativo. Frente a aquellos que opinan que el auge de la “novela gráfica” ha supuesto un salto cualitativo en el horizonte de los tebeos españoles, yo creo que, simplemente, seguimos aplicando la gramática narrativa de los maestros del medio (sea McCay, Herriman o Caniff). Eso sí, hemos introducido nuevos temas que llaman la atención de los lectores. Pero el asunto no debería valer por la obra. Es decir, una obra ambientada en un contexto histórico determinado no tiene más valor que otra circunscrita al territorio de la imaginación. La elección del tema no añade ningún valor a un tebeo. Sólo la pericia de su autor a la hora de hacer que ese tema trascienda a ojos de sus lectores. Y, en mi humilde opinión, son muy pocos los autores españoles capaces de lograr esa trascendencia. Eso sí, a la hora de ocupar espacio o tiempo en los medios de comunicación, siempre tendrá preferencia una obra que trate un asunto de actualidad o un tema de interés cultural que otra que aborde el Ragnarok o cualquier otro vuelo de la fantasía.

GR: Desde mi punto de vista entiendo esa visión optimista. Realmente se publican muchos cómics y el nivel creativo es bastante elevado. Probablemente como nunca se haya dado en este país. Por otro lado, entiendo también la visión pesimista, dado que las condiciones laborales del dibujante de cómics jamás han sido tan desfavorables. De tal manera que la única forma de ganarse la vida en este medio va en función de si tu obra se globaliza o no, al fin y al cabo, dependiendo de a cuanta gente puedes llegar, independientemente del país donde te encuentres. Vas sumando de aquí y de allá y al final te sale más o menos rentable realizar un álbum.

En cuanto al interés de los medios de comunicación, creo que, a diferencia de Jorge, estos atienden preferentemente a aquellas obras que se convierten por sí mismas en temas de actualidad. Muchas de ellas por la temática tratada. Otras, en cambio, por el alto volumen de ventas alcanzado, independientemente del tema de que se ocupen. Simplemente creo que a veces los medios de comunicación reaccionan a posteriori del éxito que una obra pueda alcanzar. Digamos, que, en conjunto, mi visión del panorama actual es más relativista que otra cosa.

P.: El prólogo de Pablo Auladell se convierte en toda una declaración de principios. Auladell no sólo es uno de los autores más destacados de la generación Injuve, sino que su última obra “El paraíso Perdido”, ya anticipa unos intereses comunes por narrar historias mayores que la vida.

GR: En efecto, consideramos que hay bastantes paralelismos entre “El Paraíso Perdido” y “Los Dientes de la Eternidad”. Sobretodo diría que nuestro posicionamiento ante este tipo de obras tan colosales es bastante similar. Las dos son obras de artesanía, realizadas con el máximo cuidado y que a la vez ofrecen cierta pausa y detenimiento al lector. El cual puede sumergirse  y recrearse con las imágenes mientras lee. No hay sensación de inmediatez. Además Pablo es compañero de generación y amigo personal, con lo cual, era el prologuista perfecto para nuestra obra.

JG: Pablo es alguien por quien tanto Gustavo como yo sentimos un profundo respeto a nivel personal y profesional. Es uno de los mejores autores de mi generación, como demuestran “El paraíso perdido”  y “Soy mi sueño”. Pero, cronológicamente, nosotros comenzamos “Los dientes de la eternidad” mucho antes de que Pablo se plantease la idea de adaptar a Milton. De hecho, la primera edición de “Los dientes de la eternidad” precedió en varios años la de “El paraíso perdido”. Pablo, incluso, fue uno de los amigos a los que -allá por 2010- enviamos muestras de “Los dientes de la eternidad” para que nos sirvieran de consultores y de correctores improvisados.

Con Pablo, eso sí, compartimos el gusto por la literatura, por la mitología y, creo, por cierto canon de belleza en la historieta. En otro orden de cosas, Pablo y yo colaboramos juntos hace muchos años en una historieta corta protagonizada por Ulises de regreso a Ítaca. Curiosamente, creo que fue la primera vez que introduje elementos fantásticos en una de mis historietas. En ese sentido, “Los dientes de la eternidad” sería el corolario de un largo proceso que inicié hace más de una década gracias a Pablo Auladell. Que sea él quien prologue la obra me produce una gran satisfacción y me lleva a pensar en el cierre de una etapa (o en el inicio de otra).

P.: Precisamente las dificultades del medio hacen que la obra se publique en dos editoriales diferentes. ¿Cómo vivís la aventura editorial de la obra?

GR.: Uff, fue un proceso largo y duro. “Los Dientes de la Eternidad” tienen un primer álbum publicado en Edicions de Ponent, que abarca  aproximadamente la mitad de la historia. Cuando terminamos el segundo, circunstancias personales de Paco Camarasa hicieron que no pudiera hacerse cargo de la edición. Con lo cual, nos dio libertad para buscar otra casa y después de mucho buscar, apareció Norma, que se hizo con los derechos de toda la obra. Una auténtica suerte para nosotros. Dado que, aunque conseguimos el interés de algunas editoriales francesas, ninguna de ellas mostró el entusiasmo necesario de manera tan evidente e inmediato como lo hizo Norma en aquel momento. Con ellos fue una especie de llegar y besar el santo.  La cuestión, a partir de ahora es seguir buscando para que la obra pueda tener cabida en otros mercados foráneos.

JG: Como ha dicho Gustavo, fue una aventura que vivimos con desconcierto, con seria preocupación y, casi, con desesperación. Cuando, armado con razones de peso, Paco Camarasa nos dijo que no podía comprometerse a publicar la obra, se abrió para Gustavo y para mí un paréntesis muy largo que agotamos en consultar editores españoles y franceses. Creo que propusimos la obra a más de 120 editoriales. Como puedes imaginar, la recepción de 120 negativas (cuando había respuesta, claro) fue un golpe psicológico muy duro. Algunos amigos, incluso, mediaron con sus respectivos editores para intentar convencerlos de que publicasen nuestro trabajo. En este sentido, quiero agradecer sus gestiones a Pablo Auladell, Juanjo Saez, David Rubín y Álvaro Ortiz. Pero lo tenían muy difícil ya que, al ser un álbum a color, resultaba muy caro de producir. Las editoriales interesadas no tenían dinero suficiente para reproducir el tebeo, tristemente. Al final, se produjo una feliz circunstancia: Luis Martínez empezó a trabajar como editor en Norma y -aleccionado por Sagar Forniés y por Jordi Pastor- asumió el riesgo de sacar el álbum en una edición íntegra convirtiendo ese compromiso en algo personal. Sospecho que si no llega a ser por el triángulo que formaron Luis, Sagar y Jordi, sumado a la determinación de Gustavo, a estas alturas seguiríamos buscando un editor para “Los dientes de la eternidad”.

P.: En tu caso, Gustavo, la nueva edición se ha traducido, además, en una revisión e incluso redibujo de algunas de las páginas ya realizadas. ¿Cómo ha sido este trabajo?

GR.: Pues esto creo que tiene que ver con el proceso de síntesis en mi estilo anteriormente mencionado. A medida que iba recibiendo páginas de guión de Jorge e íbamos concretando el argumento, mi intención era tratar de narrar el púnto de énfasis de la historia lo más claramente posible. Prioricé el hecho de tratar el dibujo como un elemento que beneficiara la narrativa antes que tratarlo como un elemento ilustrativo más o menos espectacular de un texto.

El resultado de todo ello fue una depuración, quizás inconsciente, de mi estilo, eliminando todo elemento superfluo que pudiera entorpecer la narrativa. Y como no, producto de esta evolución, una diferencia notable de estilo entre las primeras páginas de la obra y las últimas. Así que pensé, que lo más justo era tratar de igualarlas todas, además de, por otro lado, ofrecer algo nuevo a los compradores del álbum de deponent. Así que me embarqué en retocar esas primeras páginas o, cuanto menos, en retocarlas. Creo que el resultado final es más redondo y agradecido.

P.: En un proceso tan largo ¿no habéis temido que “Los dientes de la eternidad” se convirtiese en vuestro Beowulf como en el caso de Olivares?

JG: Si alguna vez se manifestó ese miedo, fue hacia el final del primer álbum. Por entonces aún soñábamos con hacer “Los dientes de la eternidad” en un solo libro (que es como, curiosamente, se acabó publicando el proyecto). Pero los plazos se dilataban más y más, y hubo un momento en que Gustavo me sugirió que, por una cuestión de salud mental, dividiéramos la obra en dos partes. Según Gustavo (y yo estuve de acuerdo), la primera parte nos serviría de trampolín psicológico para lanzarnos a concluir la segunda. Por lo demás, creo que encontré un compromiso tan férreo en Gustavo que jamás me planteé la posibilidad de dejar la obra inconclusa. Habría sido una falta de respeto muy grave hacia alguien tan profundamente comprometido con su trabajo (y con el mío).

GR.: Yo tenía muy claro que tarde o temprano iba a terminar la obra. Aunque pasé los típicos momentos de inevitable bajón emocional, dibujar esta obra generalmente no se me hizo demasiado duro dado que en realidad es una profesión de la que disfruto. Tampoco me he visto agobiado por las prisas, ni por sacar la obra al mercado dentro de un calendario predefinido. Digamos que una vez acabada la obra, se editaba y punto. No importaba demasiado la fecha.

P.: Toda la obra respira una aire crepuscular. Un tono de elegía que transmite el fin de una época. ¿Es para vosotros un final de camino u os planteáis un nuevo comienzo en la historieta?

GR: Sin duda para mi es un nuevo comienzo, la edición de Norma a nosotros nos ha animado mucho a continuar con otros proyectos. Tenemos mucho que ofrecer y contar. Con una voz muy personal aunque  no ausente de accesibilidad al público.

JG: Por mi parte, pensé durante años que “Los dientes de la eternidad” sería mi tumba como guionista de historieta. De hecho, planteé el epílogo como una especie de epitafio donde despedirme dignamente de este medio. Sin embargo, “Los dientes de la eternidad” se ha convertido al final en un “álbum-bisagra” que cierra una etapa y preludia otra distinta. El cariño que me han demostrado amigos como Gustavo, Pedro Rodríguez o Sagar Forniés me ha animado a seguir adelante un poco más.

P.: ¿Cómo está siendo la reacción ante la obra?

GR: Pues hasta donde nosotros sabemos muy buena, no he visto crítica negativa y veo que al público le está gustando bastante.

JG: Como dice Gustavo, aún es pronto para decirlo. Pero creo que, con la debida cautela, las primeras vibraciones están siendo bastante buenas. Espero que el tebeo se venda lo suficiente como para justificar la confianza que Luis Martínez ha depositado en nosotros. Eso nos permitirá afrontar con mayor comodidad futuros desafíos.

P.: ¿Proyectos?

GR: En cuanto a comics se refiere tenemos un par sobrevolando la mesa de dibujo. El primero se titula “Audun”, es una especie de spin-off de “Los Dientes de la Eternidad” pero la historia transcurre unos doscientos años más tarde. Aunque el carácter del álbum será prácticamente opuesto. Será un álbum corto, pequeño y muy sentido.

El otro proyecto “Myrddin” sigue más la senda marcada en “Los Dientes...”. Una historia épica ambientada  en la mitología artúrica, pero con la ciencia ficción y el glam rock muy presentes. Hasta aquí puedo leer.

JG: Como dice Gustavo, nos traemos dos proyectos entre manos. De un lado, esa especie de cuento de aventuras titulado provisionalmente “Audun”. De otro, una epopeya vasta y ambiciosa llamada “Myrddin”. Aparte, tengo proyectos paralelos con Sagar Forniés, Pedro Rodríguez y Kosta (un autor al que descubrí en Facebook, que pertenece a la generación anterior a la mía y cuyo trabajo me deslumbró por su potencia, su dureza y su profundidad). Aparte, estoy colaborando con el espléndido dibujante Felipe H. Navarro en la realización de un par de historietas cortas que espero encuentren hueco en alguna revista y que quizá tengan su corolario en un tebeo más extenso. De momento, el porvenir se despliega mostrando un horizonte muy amplio. Todo depende de nuestra capacidad de aguante y de la respuesta que den los editores a las propuestas que estamos planteando.

HISTORIA DE UNA PÁGINA

P.: En “Los Dientes de la Eternidad” el proceso es tan apasionante como el propio resultado. ¿Podéis contarnos cómo es el trabajo de una página del libro?

JG- Yo acostumbro a escribir un guión clásico. Se divide en dos partes: técnica (donde sugiero al dibujante el número de viñetas de cada página y expongo por extenso el contenido de cada una de las imágenes) y literario (donde figuran los textos que aparecerán en cada viñeta). Con “Los dientes de la eternidad” tuvimos un problema. Y es que a Gustavo le costaba mucho visualizar los primeros guiones que le envié. Para salvar el escollo, empecé a dibujar unos “storyboards” cada vez más barrocos y elaborados que, pese a su nivel de detalle, agilizaron bastante el proceso de trabajo.

GR- Sí, lo cierto es que la concreción en los “storys” de Jorge ayudó bastante a poder terminar páginas con mayor celeridad. Además hay detalles en los dibujos de Jorge que traslado, sin más, a mi propio dibujo. Sobre todo detalles de iluminación y posición de algunos personajes. En cuanto a mi proceso de trabajo, pues quizás sea bastante particular, aunque a mí me funciona. Veamos: de los “storys” de Jorge realizo un boceto previo a lápiz, el tamaño de los originales es variable, dependiendo mucho del nivel de detalle que quiera alcanzar. A veces trato la viñeta individualmente, a veces en conjunto. Es muy relativo.

La técnica de entintado es bastante tradicional, suelo utilizar pincel. Pero, a medida que iba pensando más en color que en tinta, pasé del pincel a un rotulador 0,2mm. Las masas de color iban ganando terreno a la línea.

En cuanto a la preparación de los montajes, marco con rotulador las zonas de color en varias hojas, generalmente una hoja para los tonos oscuros y otra para los claros. Los medios tonos ya van incluidos en el original propiamente. Una vez lo tengo todo planificado procedo a la creación de texturas. Aquí sí que intervienen todo tipo de materiales, no sé, anilinas, acrílicos, aguadas, una vez escaneé directamente una bayeta sucia porque me gustaba su textura... Además, si incluyo el collage, pues preparo las zonas fotográficas aparte también. Es un proceso bastante laborioso, como puedes observar.

Inmediatamente procedo al escaneo de cada hoja y a la unión de todo ello (Photoshop mediante), dividiéndolo y organizándolo todo por capas. Y claro está, luego viene el pertinente coloreado y retoques varios. Por último procedo a la inclusión de bocadillos y cajas de texto. Aunque pueda parecer un proceso muy estricto y metódico, en realidad, es bastante libre y mixto en cuanto a técnica se refiere. Además puede variar de una página a otra.

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