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Back **Está aquí: **Home De interés El mundo del comic con Infame&Co Entrevista a Manolo Carot y Rubén del Rincón

Entrevista a Manolo Carot y Rubén del Rincón

El boxeador es un libro singular, tanto en su factura final como en su proceso. El libro nace de la pasión común de dos autores bien conocidos por los lectores: Rubén del Rincón y Manolo Carot, antes conocido como Man, por el boxeo y por su propio trabajo como dibujantes. Toda gran aventura transforma a los participantes cuando concluye y es lo que pasará con “El Boxeador”, una obra en la que cambiarán los protagonistas y los propios autores cuando la experiencia llegue a su fin. El libro nos llama la atención por su formato, después por la lectura de la propia obra pero si nos adentramos un poco más y hablamos con sus creadores quedaremos subyugados por un proceso rico y libre que se traduce en una obra poderosa que enamora a quien la lee. Pasen y disfruten.

Pregunta: ¿A quién se le ocurre plantear la obra?

Manolo: Creo que fue bastante mutuo. No recuerdo quién lo dijo pero sí recuerdo reunirnos con unas pautas bien definidas de lo que íbamos a hacer. Nace de la necesidad de los dos de hacer algo diferente.

Rubén: Si no recuerdo mal empezamos a darle vueltas hace 5 años o así.

P.: Los dos tenéis una historia muy paralela. Los dos comenzáis a publicar en El Víbora en los 90, en la época de Hernán Migoya.

M: Eso es. Fue el primer editor de los dos y con él hicimos cómics después, cada uno por su lado. En esa época recuerdo que no acababa de creerme aún esto de los cómics. Cuando La Cúpula te compraba una historia pasaba tiempo hasta que la publicaban. Llamaba a ver si me la iban a meter y me decían que  sí, que no me preocupase y aún cuando trabajaba y estaba viviendo del cómic aún pasó más de un año hasta que salió Kung Fu Kiyo. Fue una época de descubrimiento.

R: Recuerdo que en esa época teníamos los recursos gráficos recién estrenados, acabábamos de aprender lo que queríamos hacer y fue una época de experimentar. Empezamos a publicar en Kiss, con Hernán sacamos un álbum e íbamos haciendo las cosas cada uno por nuestro lado.

M: Era una época de mucha emoción y nervios. Recuerdo que la primera página que hice tuve que repetirla porque la emplasté de sudor de lo mal que lo pasé. Hasta los 40 no me he quitado la inseguridad y en esos momentos estaba en su punto más álgido.

P.: Probablemente haya que reivindicar el trabajo de Migoya en la época que quizás ha quedado solapada por el pasado de El Víbora. Vosotros llegáis en un momento en el que la revista busca otra identidad.

M: Nosotros llegamos en un momento en el que el sexo, drogas y Rock & Roll ya no existía en la revista. La revista tenía que hacer números y después de Hernán llegó Felix (Sabaté) y le pasó lo mismo. Para el Kiss el cambio fue de lo más notorio porque pasó de ser de lo más punki a tener que tener cuidado con lo que hacías y tener mucha mesura. Recuerdo que la frase habitual era “Esto es demasiado fuerte”. Había una serie de normas de lo que se podía publicar y lo que no que Hernán se lo comió con El Víbora también.

P.: A partir de esos comienzos buscáis profesionalizaros trabajando en series en el mercado francés pero da la sensación de que no os acaba de llenar ese mercado.

R: Creo que somos bastante culos inquietos los dos. En mi caso, he ido dando bandazos en el mercado francés. Yo entré en ese mercado por la puerta de atrás, empecé en una serie, se cerró, volví a entrar. He ido entrando y saliendo.

M: Me hace gracia que digas que nos profesionalizamos en Francia porque realmente lo hicimos aquí. Tuvimos suerte y en esa época podías sobrevivir con el Kiss, no había mucho más que hacer.

R: No es que hubiese tanto dinero pero las historias que se publicaban en el Kiss se publicaban en otros países y así ibas tirando todos los meses, sí.

M: Yo no busqué demasiado el mercado francés. En mi caso he llegado a estar hasta los huevos de ese mercado pero por un camino totalmente opuesto. Siempre me han tratado muy bien y he tenido mucha suerte pero como dice Rubén somos culos inquietos. El problema en el mercado francés es que al haber dinero estás mucho más encorsetado. Además los dos hemos vivido varias crisis del cómic francés. Cuando entramos en los 90 ya se empezaba a decir que estaba en crisis y ha ido a más cada vez. Recuerdo que, cuando empezamos, había bastante libertad y cada vez hay menos. Se hacen las series en función de lo que piensan que van a vender y son sucursales casi de grandes empresas. Es más un producto que una obra de arte y se priorizan los números sobre cualquier otra consideración. Dibujar es muy bonito pero si tienes que dibujar algo que no sientes y solo te  implicas en ello por sobrevivir se convierte en un trabajo tedioso y repetitivo.

R: Se convierte en algo artesano que no te motiva. Todo lo contrario que nos pasaba con El Boxeador. Desde la idea inicial, que es un deporte que nos apasiona a los dos, todo nos motivaba. Es una idea que empezamos a pensar en dual. Como en muchas películas de boxeo, hay dos protagonistas pero solo uno va a ganar. Eramos dos autores con dos protagonistas y teníamos que buscar como hacer que ambos tuviesen el mismo peso en la historia. No nos rompimos mucho la cabeza. Hicimos que empezase por las dos caras el libro y que se encontrasen por la mitad y polarizar mucho los contenidos. Nos centramos en la dicotomía que hay en el boxeo, la técnica contra la fuerza bruta. Nos fuimos implicando tanto en el libro que no se parecía en nada en lo que estuviésemos trabajando. En mi caso el cómic se estaba convirtiendo en algo mecánico. Íbamos haciendo trabajos mientras seguíamos con El boxeador, en el caso de Manolo Millenium y en mi caso encargos en la revista Spirou, y era una cosa totalmente distinta. Lo hacías con ganas y hablábamos de las páginas antes y después de realizarlas. Era un proceso muy vivo.

P.: La labor de coordinación imagino que habrá sido complicada. Buscar unos puntos en el guión en el que poneros de acuerdo.

M: No te creas que tanto. Ha habido más sinergias que otra cosa. El otro día leía un artículo sobre el arte griego que hablaba de las cosas que salen fáciles siendo difíciles y en este caso todo fue muy fluido. Teníamos unas pautas muy generales. En mi caso es la primera vez que trabajo de esta manera. Yo soy muy cuadrado y necesito tener muy clara lo que pasa en la historia. En este caso no fue así. Íbamos haciendo y descubriendo cosas.

Sabíamos, eso sí, como iba a terminar la historia pero teníamos muchas dudas de cómo iban a suceder las cosas. Lo chulo es que se iba completando nuestra parte y la del otro según pasaban las páginas y los años y eso le da un jugo al trabajar que es lo que buscábamos.

Como lo hicimos como un ejercicio acabó saliendo la parte más personal y pasional que pudimos hacer básicamente porque tampoco pretendíamos hacer algo muy grande, solo divertirnos. Curiosamente eso ha hecho que salga el que es, para mí, el mejor trabajo que he hecho nunca.

R: Estoy totalmente de acuerdo con lo que dice Manolo. Además, nos pasa otra cosa. Yo soy muy organizado pero Manolo lo es mucho más. Necesita tener una base potente antes de empezar a trabajar. Incluso con toda esa libertad, antes habíamos hablado mucho de cómo tenían que ser nuestros personajes, cómo se tenían que complementar,cuál iba a ser la carrera de uno, cuál iba a ser la carrera del otro, cuál era el problema paternofilial de cada uno de ellos... antes de empezar a trabajar teníamos claros una serie de puntos que iban a estar en la historia sí o sí. Nos lanzamos a experimentar con la tranquilidad de tener una base y saber hacía dónde queríamos ir. A partir de allí avanzábamos cada uno por nuestro lado hablando mucho entre nosotros y es allí dónde nos dejábamos ir.

Yo recuerdo que Manolo me pasaba fotos de su pizarra en el estudio en el que escribía textos, resúmenes... que luego igual nos los pasábamos por el forro pero que eran la base sobre la que trabajar. Es cierto que luego iban surgiendo cosas inesperadas y era la gracia.

M: Algo importante en los personajes es que tanto Rubén como yo hemos puesto mucho de nosotros mismos en ellos. Como nos conocemos mucho sabíamos, en el subconsciente, más de los personajes de lo que habíamos hablado. Eran una imagen de nosotros mismos, es lo bueno de conocernos y de tener unos gustos muy afines.

R: En un momento me dí cuenta de que a mi personaje le tenía bastante manía. Era muy cabezón y me recordaba a mí. Sus anhelos no son como los nuestros pero el hecho de que se parezcan a nosotros hace que la historia se aguante mucho más. Hay dos cosas importantes que ha dicho Manolo, lo que comentamos de los personajes y el paso del tiempo en las páginas. El tiempo que pasa entre un capítulo y otro también ha pasado para nosotros. Inconscientemente se ha empapado del combate que teníamos Manolo y yo a la hora de dibujar las páginas. Todo ha ayudado al libro y eso el lector lo nota más allá de que sea un objeto o de que la historia esté mejor o peor elaborada.

P.: Habláis de los personajes y si os parece los conocemos un poco mejor. Empezamos, Rubén, con Rafa. Un personaje que se va abriendo camino a golpes y va encontrando oportunidades que está dispuesto a desaprovechar, una apisonadora.

R.: Tardé un tiempo en saber por qué era así. Al final descubrí que es porque no tiene límites. Cuando muere su padre, que es su mundo entero, la rabia le hace pensar que, como solo le respetaba a él ya no le quedaba nada que respetar. Es un tío listo y fuerte y todo lo puede conseguir. Está todo el libro metiéndose en líos pero no tiene mal carácter, no es mala persona. A él le da igual todo porque no tiene miedo a las consecuencias y lo que me daba rabia de él es que yo veía que al final no aprendía nada. Siendo así iba a conseguir lo que quería a fuerza de ser cabezón y de darse contra la pared y no aprendiendo. Me daba rabia que la historia acabase así.

P.: El caso de Héctor es el contrario, Manolo. Lo tiene todo en la vida menos el cariño de su padre, que le agobia con sus expectativas de convertirse en una máquina perfecta y no sabe salir de ese rol.

M.: Eso es. Está muy bien definido.

P.: La figura del padre es muy importante para los dos protagonistas. En el caso de Rafa por su ausencia y en el caso de Héctor por ser una presencia que le impide avanzar.

M.: En el caso de los dos personajes creo que hay una ausencia de padre. En el caso de Héctor falta una figura paterna como tiene que ser. En el fondo los dos son lo mismo. Son polos opuestos pero son iguales. En el caso de Héctor solo quiere el cariño de su padre. Para lo que le aporta sería mejor que no estuviera como en el caso de Rafa. El punto es como nos marca en la vida un referente como el padre.

P.: El boxeo es un lugar adecuado para contar historias al límite, tragedias contemporáneas que se deciden en una lona. Le da un punto épico a lo que estáis contando.

M.: Sí. Es el circo de gladiadores moderno. Es de las pocas cosas primitivas que se han ido manteniendo. Tiene elementos muy extremos. En cualquier otro deporte puedes perder pero en el boxeo además te apalizan, de hecho puedes ganar y te pueden apalizar igual. Lo tiene todo, es como la poesía. Es muy fino, muy técnico pero a la vez es brutal. Juega mucho la psicología, la fuerza. La cabezonería, como en el caso de Rafa, puede jugar en tu contra igual que la técnica, como en el caso de Héctor. En el boxeo puedes contar historias descarnadas y salvajes. A los dos nos gusta y apasiona. Si nos gustase correr igual hubiésemos hecho un libro de runners. Además quería meter una frase en el libro que se la digo siempre a mis amigos corredores: un hombre no corre, un hombre se planta y pelea.

P.: En el cine, la literatura, la música o el cómic hay toda una mitología alrededor del boxeo. ¿Os ha servido de ayuda o habéis intentado huir de toda esa imaginería.

R.: Del cine y la literatura hemos huido bastante. Nos hemos basado en el boxeo real. Recuerdo que nos hemos pasado algún relato como “Por un bistec” de Jack London pero no tenía los temas de los que queríamos hablar. En él habla de un boxeador crepuscular que, cuando era joven, machacaba a los demás y ahora que es mayor le están machacando.

Manolo conoce muy bien el mundo del boxeo real y no queríamos que pareciese una película.

M.: Intentamos huir conscientemente. En un momento dado nos dimos cuenta de que nos estaba quedando demasiado Rocky y decidimos alejarnos un poco.

Además, cuando empiezas a indagar en el mundo del boxeo cualquier ficción se queda cortísima. Me acuerdo de un libro de Eduardo Arroyo sobre la vida de Panama Al Brown, que no sé porque nadie ha hecho una película sobre él. Hay historias de mil boxeadores que son películas en sí. La realidad es a veces poesía pura, auténticas obras de Shakespeare.

P.: Como en las obras de  Shakespeare, son historias llenas de sangre. Imagino que esa segunda tinta del libro tenía que ser sí o sí roja.

M.: Totalmente. No había opción. Ni lo elegimos. Tenía que ser así.

P.: Estamos hablando de un libro que habéis hecho en libertad pero os habréis tenido que poner una serie de condicionantes como está segunda tinta. La hacéis totalmente a capricho pero os marcáis una serie de pautas en las que enmarcar vuestro trabajo. No sé si eran muchas las líneas que os habíais marcado para definir el relato.

M.: No eran tanto líneas para definir el relato sino pautas para conseguir que nuestro cerebro saliese de nuestro concepto anterior del trabajo, totalmente negativo. No podíamos repetir páginas, no podíamos borrar, no podíamos pasar demasiado tiempo por página, no tenía que ser relamido, tenía que ser salvaje... no eran normas, eran pautas para que disfrutásemos de las páginas y las hiciésemos de un modo relajado.

R.: De vez en cuando repites viñetas, sustituyes una por otra. En mi caso recuerdo que solo repetí una página porque no era como quería que fuera pero la consigna era esa. No repetir, no mirarla con detalle para que todo sea lo más fluido posible.

P.: La segunda tinta se convierte en una parte fundamental de la historia, sobre todo en tu caso Manolo. Cubres vacíos, dibujas con ella... utilizas la mancha para acabar de definir el dibujo.

M.: Sí, era el punto y creo que ayudó al final a la historia. Básicamente era que no quería hacer mucho fondo porque he acabado cansado de hacerlos con los franceses. El rojo salía como un ayudante fiel. La historia nace con la intención de hacer algo libre y han pasado un montón de años hasta que la hemos terminado. Son unas 100 páginas que hacemos cada uno y yo me sentí totalmente libre y suelto al pasar de las treinta páginas. He disfrutado en todo el proceso pero es en ese momento en el que vuelvo a gozar de lo que es hacer un cómic y la tinta roja fue mágica. Le da un juego enorme a la página haciendo y deshaciendo contrastes. El libro no hubiese sido igual sin esa tinta.

P.: Se ve que disfrutáis especialmente con el formato. Ahora se ven muchos libros horizontales y en algunos casos da la sensación que es arbitrario pero en vuestro caso jugáis con la composición de página como si fuese un lienzo en blanco.

R.: No recuerdo ahora porque lo hicimos apaisado. Imagino que para enfrentar los dos principios al comienzo del libro. Siempre pretendimos que el libro fuese un objeto. Ahora que todo se puede leer en formato digital y como es tan artesanal todo el proceso queríamos que el libro tuviese un valor en si mismo, que a la gente le interesase por si mismo. El hecho de tener que darle la vuelta al libro es algo que no se puede conseguir con el Ipad y es precisamente su gracia.

Para que tuviese más valor el libro como objeto hicimos que las portadas fuesen verticales y el libro horizontal. Además ,eso nos ha permitido hacer las páginas de un modo muy diferente. Nos ha permitido desencajarnos del marco clásico de la historieta. Es otro modo, inconsciente, de escapar.

M.: El quid es lo que comentabas antes. Es trabajar la página como si fuese un lienzo. El trabajo de cómic, cuando es un encargo, se convierte para mí en resolver un puzzle. Varían los tamaños de las viñetas y demás pero no deja de ser resolver un problema. Con El Boxeador tanto Rubén como yo nos enfrentábamos a cada página queriendo que fuese la bomba. Era importante darle además, tiempo para poder perdernos en una tontería tres o cuatro páginas. No sabíamos cuantas páginas iba a tener el cómic. Han ido incrementándose y hemos tenido que frenar pero nuestra idea desde el comienzo era que tuviese las páginas que necesitase. Cada página que hacíamos nos centrábamos en ella sin pensar en las siguientes que no sabíamos como iban a ser.

Las páginas eran una conversación constante entre los dos. Cada uno hacía páginas y se las iba enviando al otro y era nuestro combate personal. Cuando recibías una página pensabas, mira que cabrón lo que ha hecho, ahora se va cagar, mira que recurso ha utilizado, lo voy a usar de otra manera... la historia iba creciendo siempre con golpes cada vez más fuertes. Tenemos los dos la profesionalidad suficiente para saber narrar, eso no es un problema así que podíamos centrarnos en hacer una página el la que pensásemos, se va a cagar.

R.: Lo mismo sucede con los personajes. Habíamos hablado de los secundarios y sabíamos que en un momento iban a sernos útiles. Habíamos hablado de intercambiarnos personajes. Tendríamos una serie de personajes compartidos aunque no se conociesen hasta el final. Nos alimentábamos mutuamente viendo como funcionaban las páginas del otro. Creo que este proceso de ida y vuelta es la clave del libro desde el principio hasta el final.

P.: Hay dos historias diferentes y un personaje secundario como Yassif se convierte casi en la columna vertebral de la historia.

R.: Es la clave de todo ello, de hecho.

P.: Los secundarios piden protagonismo constantemente.

M.: Sí, eso era importante. De los secundarios teníamos muy poco hablado y en ambos casos han ido creciendo por ellos mismos. No era nada calculado. Hay un momento de Yassif en el que el personaje me llega a sorprender. Los secundarios le dan más peso a los protagonistas. Queríamos crear personajes chulos y cuando lo cogía el otro le daba una nueva vuelta de tuerca y hacía que fuesen aún mejores. El problema viene ahora. Después de trabajar de un modo tan libre no se si seré capaz de volver a trabajar con un guión tan cerrado otra vez. Rubén lo está haciendo pero yo no sé si lo conseguiré.

R.: La realidad es que no apetece. Después de un proceso tan divertido y libre como El boxeador, hacer Spirou es como hacer un botijo. Es un trabajo impostado.

P.: El compromiso con la historia se extiende a la edición. Decidís dar el salto a la autoedición con un crowfunding aunque finalmente acaba publicándolo La Cúpula.

M.: Realmente ha salido todo como debía de salir. No queríamos tener la sombra de un editor detrás para no condicionarnos con colecciones, estilos ni ningún tipo de presión. Al final no salió adelante el crowfunding pero el trabajo ya lo habíamos hecho en libertad. Al final lo edita La Cúpula porque tenemos confianza y nos iba a entender y podríamos negociar más. Emilio (Bernárdez) propuso otro formato más barato, con tapa blanda... y yo dudé pero Rubén se mantuvo firme y se plantó para que saliese tal cual lo teníamos planteado.

R.: Desde el principio lo teníamos tan claro, que el libro tenía que ser un objeto, con sus dos caras y su calidad que fuimos inflexibles. Eramos flexibles a la hora de hacerlo por ver como podíamos conseguirlo pero negociamos para que saliese como debía ser.

P.: Con el crowfunding tenéis que tomar una serie de decisiones, el tipo de papel, los presupuestos, que hacen que os convirtáis en editores hasta la llegada de La Cúpula.

M.: Emilio, de La Cúpula, estaba desde el principio ayudándonos con todo. Con el crowfunding descubrimos todo el trabajo editorial que hay detrás de un libro. A la hora de negociar con Emilio como sería finalmente el libro sabíamos perfectamente los números que había detrás y teníamos claro las cosas que queríamos discutir y las que no.

P.: ¿Repetiríais la experiencia con el crowfunding?

R.: De esta manera desde luego yo no y creo que Manolo tampoco. El mecenazgo es como un oasis en el desierto en el que no hay agua para todos. He perdido cualquier interés que pudiese tener.

M.: Tienes que saber en lo que eres bueno y en lo que no. Nosotros somos buenos creando las historias o, incluso, hablando con los editores pero ninguno d ellos dos disfrutamos de todo lo que conlleva un crowfunding y tampoco creo que lo hiciésemos fantásticamente bien. Probado y descartado.

P.: Además de la edición destaca el trabajo de las cubiertas, un diseño de André Salvarezza.

M.: Eso fue una sorpresa. Sabíamos que queríamos hacer un oleo. Le dijimos a Emilio la idea general y no solo cubrió nuestras expectativas sino que nos pasó por encima. Fue un trabajo cojonudo que no podíamos haber hecho ninguno de los dos.

R.: La estructura estaba clara. Llevaría un cuadro en el que poner el oleo que estábamos haciendo y el resto sería como un cartel de boxeo. Las líneas que dan la vuelta con el nombre, el logotipo que creó y el estilo de cartel antiguo nos sorprendió mucho. Cuando lo vimos fue una sorpresa con un diseño tan potente que, como dice Manolo, nos pasó por encima.

P.: Los personajes, como en toda gran aventura, cambian al final del libro. No sé si a vosotros os ha pasado lo mismo. En el proceso pasas de ser Man a ser Manolo Carot.

M.: También nos ha ayudado el tiempo. Cuando empezamos quería haberlo compaginado con Millenium pero no pude y tuve que dejarlo poco a poco y la última remesa la retomamos en la página treintaypico y después ya lo hicimos del tirón. Ha sido un proceso largo así que es normal que los personajes hayfacan cambiado porque nosotros lo hemos hecho todo este tiempo. Ha habido mucha sinergia y mucha brujería detrás. Justo cuando dimos el salto final del que te hablaba los personajes habían llegado a un punto importante. Al principio tenía miedo que el paso del tiempo entre unas páginas y otras se notase pero no fue demasiado. Los personajes han evolucionado con nosotros.

R.: Yo ya noté un cambio en la forma de contar historias en Entretelas, que es anterior al Boxeador. Allí empecé a controlar el tiempo del cómic y dilatarlo como yo quería.

P.: En un primer vistazo vuestros estilos no difieren mucho entre sí en la obra. No sé si hay un proceso de adaptación para intentar que el libro sea lo más homogéneo posible.

R.: En mi caso sí fue más consciente para quitarme un poco el estilo más humorístico que suelo utilizar. Me apetecía mucho hacer algo más realista de lo que estaba haciendo y probablemente el ir viendo las páginas de Manolo me ayudase en el proceso.

P.: ¿Después de El Boxeador tenéis pensado embarcaros en otro proyecto similar?

R.: Ganas sí pero aún no lo hemos hablado.

M.: Yo tengo ganas de dejar un tiempo el cómic y dedicarme a los tatuajes. Quiero disfrutar la sensación que me ha dejado el libro. Es como cuando follas y dices ahora espérate que quiero disfrutarlo antes de volver a empezar. Quiero tener ese recuerdo porque yo veía que si seguía por el camino que iba lo iba a detestar y El Boxeador me ha enseñado a volver a disfrutar del cómic.

R.: Ganas hay de volver a hacer cosas con Manolo. Aún no sé que puede ser pero en mi cabeza tengo ganas de volver a engañarlo. Yo sigo haciendo cómic pero en mi cabeza hay, desde Entretelas, una diferencia entre el tebeo que te encargan y el que quiero hacer. Ya he conseguido acomodarme y puedo implicarme más en otros proyectos como El Boxeador o Entretelas. A lo mejor no hago nada en años si no encuentro nada que me seduzca de esta manera. Mientras tanto seguiré haciendo trabajos de encargo.

P.: ¿Cómo está siendo la respuesta del público?

M.: De las cifras de ventas aún no hemos hablado pero no había recibido ningún feedback tan bueno en mi vida. Teníamos miedo que la gente no entendiese la propuesta pero no solo no la ha entendido sino que la ha hecho suya. Por ejemplo, teníamos miedo de ver si teníamos que indicar como leer el libro o habría que poner alguna indicación de como hacerlo pero la gente no solo lo ha entendido sino que lo ha hecho mejor que nosotros. Algunos nos contaban como leían un capítulo de un personaje y cuando acababan se leían otro capítulo del otro boxeador e iban haciendo la historia a la vez y es algo que no se nos había ocurrido.

R.: La sensación es que lo han entendido y se han implicado. La sensación es de haber acertado. Te sientes comprendido de pronto y ha caído redondo. Es como si nos dijesen, teníais razón.

P.: La sensación es que es un libro que podría llegar a un público que no es el habitual del cómic.

R.: Yo creo que sí. Igual que muchos otros creo que puede funcionar fuera del reducto del cómic pero eso no es cosa nuestra. Es trabajo de la editorial. Es complicado el mundo de las tiendas y las grandes superficies. Es tan complicado ese trabajo que directamente me olvido. Nosotros ayudamos lo que podemos con las entrevistas todo lo que podemos pero es la editorial la que lo debe gestionar.

P.: ¿Proyectos?

R.: De momento sigo trabajando con encargos en la revista Spirou, que no siempre los hay. Tengo varios proyectos que pueden salir pero ninguno está aún a punto. El que más ilusión me hace es uno con Arturo Perez Reverte. Él tiene un personaje que se llama Max, Max Costa, personaje de El tango de la guardia vieja, y desde hace tiempo tenemos en mente hacer un cómic sobre su juventud. Lo hemos propuesto en Francia y me haría ilusión que fuese el siguiente proyecto. Cuando me lo planteó al principio Arturo me pareció bien como encargo pero a medida que ha pasado el tiempo y me he hecho mayor empiezo a ver que es lo que me puede aportar el personaje pero no sé si va a salir en breve. Esperemos que sí.

M.: En mi caso sigo trabajando tatuando en la tienda LTW Barcelona y tengo en mente hacer una serie de cuadros para una exposición para finales de año.

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