Jason Bourne: El declive de Bourne

Jason Bourne es la cuarta entrega de la saga protagonizada por el famoso agente amnésico, interpretado por Matt Damon y basado en las novelas de Robert Ludlum. Tras el jarro de agua fría que supuso El legado de Bourne de Jeremy Renner, película que perdía la esencia de la trilogía original, la noticia del regreso de la dupla Greengrass-Damon bastó para suscitar mi interés.

Si además le añadimos un reparto de lujo, entre los que destacan Tommy Lee Jones, Vincent Cassel y la flamante ganadora del Oscar Alicia Vikander, entonces estaríamos ante lo que debiera ser una fórmula ganadora…¿o no? La historia arranca más de una década después de los hechos ocurridos en El ultimátum de Bourne.

El ex-agente de la CIA ya ha juntado todas las piezas del puzzle y tiene plena consciencia de su tenebroso pasado aunque, lejos de vivir en paz, continúa escondiéndose. Sin embargo, cuando Nicky Parsons, una vieja conocida de la trilogía original, reaparece en su vida se verá obligado a salir de su escondite y acabar con una nueva amenaza, bajo el nombre de Iron Hand, a la vez que destapa más secretos de su pasado.

Arrancaré con un aspecto primordial en cualquier thriller que se precie: el guión. Mientras hacían el tour promocional, los coguionistas Paul Greengrass y Matt Damon prometían haber encontrado una forma convincente de traer de vuelta al célebre espía.

Una promesa que parecía difícil de cumplir, sobretodo tras el efectivo cierre de la trilogía, que zanjaba todas las dudas sembradas a lo largo de la trama. Mis peores presagios se hicieron realidad cuando por fin me senté a verla; eché en falta aquella sensación de asombro que me transmitían las originales.

Sólo logré vislumbrar atisbos de originalidad, aunque se quedaron rascando la superficie. La trama parecía cansada, le faltaba chispa. Sutileza. Como si, más allá de las espectaculares escenas de acción, no encontrara un motivo para justificar su existencia. Jason Bourne no guarda nexo de unión con sus predecesoras, quedando recluida y arrinconada del resto, cual oveja negra. Es la prueba palpable de que cuando la maquinaria funciona a la perfección, ni un tornillo cabe en el diseño de su estructura.

El MacGuffin -término que designa a un elemento de la trama que hace avanzar a los personajes- inventado por Damon y compañía no seduce ni siquiera al propio Bourne, que parece más un héroe de acción al uso afin al Ethan Hunt de Tom Cruise, en lugar del personaje complejo y abrumado con el que simpatizábamos.

Aquel era un amnésico ex-agente que buscaba respuestas, no un superhéroe sin mayor motivación que el lucimiento personal. A pesar de sus esfuerzos por modernizar el género con la incorporación de las redes sociales y la violación de la privacidad mundial, todo se queda en una mera protesta política, en lugar de un instrumento para crear un buen argumento con el que enganchar a la audiencia.

Pasando a la faceta interpretativa, donde Matt Damon al igual que su personaje recuerdan muy bien como rodar una cinta de acción y ofrecer entretenimiento de calidad. No obstante, el hueco que dejó la actriz Joan Allen (Pamela Landy) no encuentra aquí un sustituto digno en Alicia Vikander, que desentona y queda fuera de lugar. Su personaje es interesante pero siempre va un paso por detrás de Bourne y sus acciones siempre quedan al descubierto.

Tommy Lee Jones, por su parte, tiene poco que hacer con un personaje simplón, predecible y vulgar. Más de lo mismo podría decirse de Vincent Cassel y Riz Ahmed que, pese a tener un amago de subtrama, ninguna llegó a desarrollarse y frustró sus escasas oportunidades de protagonismo.

Si tuviera que resumir Jason Bourne en una palabra sería frenética y buena parte de la culpa la tiene el realizador Paul Greengrass, un genio a la hora de embellecer el caos y dominar la cámara en mano, técnica criticada en la mayoría de películas del género. Esta es de lejos la entrega más enérgica de todas.

No te deja un minuto para pensar en la historia, con lo que logra enmascarar gran parte de sus defectos. Y es que de no ser así, peligra la lucidez del espectador. Llegada la acción, no apartarás los ojos de la pantalla. Cuando dialogan tampoco lo harás, pero del lento avance de las manecillas del reloj.

En conclusión, Jason Bourne es una víctima más de la desmesurada ambición hollywoodiense que, cegada por el color del dinero, rescata a una franquicia querida del ostracismo, la maquilla un poco, le da un chute de adrenalina y la vende al mercado.

Disfruta de un gran reparto pero lo desperdicia con unos personajes planos y una historia genérica. Mantiene todas las señas de identidad de la saga pero la esencia de Bourne ha desaparecido.

Se le nota demasiado cómodo. Notas que tiene todo bajo control, lo que perjudica gravemente al suspense. Pese a todo, si me preguntan si recomendaría esta película diría que sí, ya que la disfrutarás aunque puede que pronto la olvides.

Indudablemente, éste no es el glorioso regreso que muchos esperábamos ni querríamos y me temo que este supondrá el punto final de las andaduras del agente que puso en jaque a todo un complejo sistema corporativista norteamericano. Quizá la jubilación sea su mejor opción.

Patxi Álvarez