“Me vinculé a la historieta por llegar a esa parte de confluencia del dibujo y la narración”. Entrevista a José Ibarrola.

Los años 80 fueron una época de intercambio cultural en el que el también el cómic se vio inmerso atrayendo hacia las viñetas a artistas procedentes de otros campos. José Ibarrola era entonces, como hoy, un referente en la pintura, la escultura o la escenografía que, durante esa década, se acercó al medio para descubrir sus posibilidades. Un legado breve pero intenso que recordamos con él.

Pregunta: ¿Cuáles fueron tus influencias a la hora de hacer cómic?

Respuesta: La verdad es que empecé un poco tarde. Nunca he sido un fanático del cómic que los haya leído desde niño. Sí que los leía, igual que todo el mundo, pero sin más. Cuando me acerqué a los cómics ya era pintor y lo hice precisamente como rechazo a la pintura. Entré en crisis con ella porque no me gustaba ni lo que hacía yo ni lo que se hacía a mi alrededor. Me vinculé a la historieta por llegar a esa parte más inmediata, de confluencia del dibujo y la narración.

Al principio fue a través de una Asociación Cultural que se llamaba El Desván, un grupo que luego fue histórico porque había gente en él como Álex de la Iglesia, Rober (Garay)… Yo era el mayor del grupo, todos eran muy jóvenes.

El cómic aquí estaba enfocado al público infantil y la llegada del mundo Habeko Mik fue una oportunidad, sobre todo de dignificar la profesión de dibujante pagando y permitiendo publicar con una cierta regularidad. Era una cosa mixta entre cómic y pedagogía, lo que creaba situaciones muy curiosas. Recuerdo una ocasión en la que en una historia de ciencia ficción ponían a una nave una especie de preservativo. Desde la revista me decían que no era censura pero que pensase que en un euskaltegi hay gente de todas las edades y no sabes quién lo va a leer.

En general, fue, sin embargo, una buena práctica que permitió hacer crecer el mundo del cómic en un momento en el que prácticamente no había nada.

En esa época empezamos a conocer a unos autores que en Europa llevaban tiempo como Moebius, Bilal, Pratt, Tardi… Para mi fueron la pauta, especialmente Moebius, que nos marcó a toda una generación.

P: Empiezas a hacer historias cortas para pasar enseguida a las historias largas como Orfeo.

R: Sí, fue enseguida. Empiezas al principio haciendo historias cortas por seguridad y luego quieres dar el siguiente paso hacia historias más largas. A mí el Orfeo me lo publicó Tarttalo, que es donde publicaba Harriet y tuvo un papel importante. En realidad yo solo hice cuatro álbums y lo dejé porque, aunque parecía un momento glorioso, editorialmente tampoco fue muy boyante. Las grandes editoriales estaban en Barcelona y Madrid. Cuando duró el aluvión de material francés antiguo que no se había publicado antes todo fue bien pero cuando se puso al día el mercado y los precios eran los reales todo empezó a decaer. Yo tengo la sensación, con cuatro álbums, el último editado en Ikusager, con otro publicado en Francia por Glenat, que económicamente no daba para mucho. A mí las páginas me llevaban mucho tiempo y era imposible rentabilizar tanto esfuerzo.

P: Tu propuesta caló hondo enseguida y se usó como bandera de un cómic vasco y se disparó en muchas direcciones.

R: Es posible pero al final tienes que confrontarte con la realidad. Yo siempre consideré que estaba haciendo un trabajo digno pero pronto vi que necesitaba también una política editorial más constante que me permitiese seguir publicando y ver el resultado porque hasta que un trabajo no está editado no sabes el resultado y eso es dar continuidad al artista, da igual el espacio en el que se exprese. Yo notaba que era muy difícil, incluso publicando, que hubiese una continuidad y, sobre todo, una solvencia económica que te permitiese vivir de tu trabajo.

P: En Orfeo vemos la influencia del cómic francés y un acercamiento a tu propio universo con un planteamiento operístico que entronca con tu trabajo en la escenografía.

R: En todos mis trabajos he pretendido partir de premisas comiqueras pero al mismo tiempo ir insertando nuevas propuestas. No por dignificar el cómic, que nunca he pensado que necesitase ser dignificado, pero sí me gustaba ese mestizaje que se producía. De hecho, los autores europeos vivían ese mestizaje de un modo muy natural, mucho más que en el cómic americano. En Orfeo he usado ese mestizaje, es verdad. Es una historia de ciencia ficción simultaneada con una ópera de Verdi, más clásico imposible.

P: En muy poco tiempo vemos una evolución en el dibujo brutal. Empiezas con un trabajo a línea muy marcado para ir paulatinamente dando más protagonismo al color.

R: Uno va a aprendiendo conociendo sus propias deficiencias. Empecé a dibujar mucho, con mucha línea, para ir llegando a la parte que más me interesaba, el color. En el campo editorial es muy dificultoso de trabajar. Incluso en mi último álbum, Cuando canta la serpiente, que estaba muy bien editado, tenía muchas dudas. Había muchas diferencias y eso que, en este caso, estaba bien editado y se veía que se podía trabajar el color. Antes se trabajaba como se trabajaba. Uno de los álbumes se publicó en el “Colorines”, suplemento semanal de El País y te puedes imaginar cómo quedaba. El rojo quedaba saturado, todo empastado. Tienes que convencerte de las limitaciones del medio y rentabilizar al máximo el uso del color.

P: Hablas de la colaboración con El País Semanal. Se trataba del primer libro de una trilogía: Las Fronteras de Artrain.

R: Pecamos todos de ingenuidad. Me cogieron el primer álbum pero tenía una continuidad la historia. Me publicaron el primer libro pero no estaban interesados en hacer series y eso que funcionó relativamente bien. Los siguientes álbums no los pude publicar allí a pesar de tenerlos planificados.

P: El segundo será Alfil Beltza que lo desarrollas en las páginas de Habeko Mik.

R: Exacto, y el tercero no se llegó a hacer porque la revista ya estaba pasando dificultades así que las fronteras se quedaron chiquititas.

P: De hecho Alfil Beltza nunca se publicó en álbum.

R: No, coincidió que cerró Tarttalo, que Habeko Mik  tenía muchos problemas. Cuando te encuentras que no tienes editor ni lugar donde ir te desanimas. Tengo la historia planeada pero ya no la haré nunca.  Decía que pequé de ingenuidad porque hoy no haría algo así sin tener la certeza de que me lo van a publicar, que haya una apuesta editorial firme. Luego puede pasar que no guste y que la editorial no encuentre la rentabilidad económica que espere pero al menos se necesita una seguridad.

P: Después de Alfil Beltza te embarcas en una nueva aventura, Cuando canta la serpiente.

R: Sí. A Santolalla no le interesaba la ciencia ficción. Estaba más pegado a las realidades y en esa época estaba muy vinculado al cómic histórico. Publicaba las cosas de Hernández Palacios y los Breccia. Le propuse una colaboración que tenía con Jon Juaristi y Mario Onaindia. Con elementos más fantásticos era una cosa pseudohistórica que sí le convenció. Era una oportunidad de publicar, que era de lo que se trataba.

P: Tú prepublicabas primero en serie por capítulos y luego se publicaba en álbum.

R: Eso es. Orfeo se publicó en francés y Cuando canta la serpiente en varios idiomas.

P: Habeko Mik pasó por dos etapas diferenciadas. Una primera en la que Enrique Larrarte se ocupaba de los contenidos y una posterior en la que salían a concurso los proyectos que se publicaban.

R: Eso es. El tema de los proyectos es una espada de Damocles que nunca sabes si es la mejor fórmula. Yo soy partidario de, sí sabes que alguien con talento está haciendo algo bien, lo apropiado es encargárselo. Como era un servicio público con un sistema pedagógico tenía unas necesidades que no tenían mucho que ver con las necesidades de las historias. Cuando se presentaban proyectos estaban muy dirigidos a sus intereses pedagógicos y eso a veces hacía que tuvieran unos requerimientos en los que tú probablemente no querías entrar. A mí no me interesaba tanto las historias pegadas a la realidad que eran para ellos muy interesantes. En la etapa final de Habeko Mik la gente se fue desvinculando en la medida que se podía porque era un trabajo que te ofrecía otra estabilidad.

P: El guionista Gregorio Muro Harriet vio en el mercado francés una oportunidad para seguir desarrollando sus proyectos. ¿Es una vía que intentaste explorar o ya estabas en otro momento?

R: No, yo ya estaba desvinculándome paulatinamente del cómic. Yo veía que era un esfuerzo muy grande entrar en el mercado francés y no me atraía mucho. Me había reconciliado con el mundo de la pintura y pensé que no iba a continuar con ello. Si hubiese seguido por ese camino me hubiese obligado a dirigirme al mercado francés. Ahora veo el trabajo que hace la gente de Astiberri y no encuentro que tenga cabida mi trabajo de esa época.

P: Toda tu obra la realizas como autor completa menos Cuando canta la Serpiente que la haces tuya.

R: Esto no tiene una explicación muy sensata. A mí me hubiese encantado tener un guionista de cabecera que se ocupase de ello pero no fue el caso. En el caso de Jon Juaristi y Mario Onaindia tuve la gran fortuna de que no tenían ni idea de lo que era hacer un cómic. Sobre todo Jon Juaristi me entregaba los guiones como si fuese una narración. A mí me interesaba mucho hacer un dibujo que transmitiese las sensaciones y le insistía en que no explicase las cosas, que prefería dibujarlas yo. Si hubiese sido un guionista de cómic me hubiese dosificado la información, se hubiese ocupado del viñeteado pero eran dos escritores que me dejaban hacer porque tenía más experiencia en la expresión gráfica y el modo de narrar.

P: Cuando canta la serpiente es tu canto del cisne en el mundo del cómic. El libro de la sensación de ser un legado que dejas. No sé si eras muy consciente de ello.

R: No era muy consciente, de hecho, más que un fin creía que podía ser un principio. Sí me daba cuenta que en ese momento tenía una solvencia como dibujante y podía arrancar con ello pero también me daba cuenta de que me exigía un año de trabajo y en ese año vas simultaneando el cómic con otras cosas y vas dándote cuenta de que esas otras cosas te van interesando más. Era un trabajo que funcionó bien y que creo que estaba bien. Es un álbum que dejó buen sabor de boca.

P: Harriet ha vuelto a recuperar su trabajo de la época. ¿Crees que es posible recuperar Las fronteras de Artrain?

R: No, y es algo que no me apetecería. Disfruté en esa etapa pero hoy haría algo distinto. Creo que hay que dejar que las cosas mueran con dignidad. Yo estoy muy contento con el mundo de la ilustración. Llevo 30 años haciendo una tira diaria en El Correo y sí que me interesaría hacer una recopilación. Una selección de esos dibujos lo estoy haciendo. Ahora con In Design te puedes hacer tu propio libro con disposición de publicarlo en cualquier momento. Hoy el cómic me queda muy lejos.

P: Hablas de tu trabajo en El Correo. Más de 7.000 páginas que no sé si has intentado editar en alguna ocasión.

R: Todo no pero la editorial Elea sí que hizo una edición muy cuidada con una pequeña selección de 80 ó 100 ilustraciones. 300 ejemplares numerados y firmados, muy bonito. Eso quedó allí y ya está hecho pero tengo también preparada una idea para editar en cualquier momento. Es una fórmula extraña que igual las editoriales me dicen que estoy loco pero me gustaría sacar tres libritos de ilustraciones a la vez, sacando un conjunto con dibujos que se interrelacionen. Eso si me motiva.

P: ¿Cómo mantienes la frescura después de 30 años?

R: No hay cansancio. Cuando empecé a ilustrar en el periódico pensaba que en poco tiempo me iba a aburrir. Dibujo en una columna de opinión pero he encontrado mi parcelita en la que poder desarrollar mis propias ideas. Yo ahora trabajo muy a gusto porque encuentro estímulos. Yo no concibo la ilustración como ilustrar de un modo literal el texto que se me entrega. Tiendo a tener una visión surrealista de las cosas, una mirada transversal de las cosas. Eso te permite tener ese estímulo creativo que es fundamental. Sigo teniendo ganas de conseguir un dibujo más suelto pero a la vez más riguroso.

P: El dibujo lleva mejor el paso del tiempo que la opinión en este caso.

R: Eso es. El texto está muy atado a los hechos en este caso mientras que el dibujo puede estar más basado en sensaciones. Hay dibujos de hace 20 años para ilustrar un tema concreto sirve hoy para otro tema de actualidad. Yo me he autoimpuesto no partir del texto de la columna porque no puedo hacerlo en muchas ocasiones. A veces no estás de acuerdo con el que escribe. Lo primero que lees es el titular, después el dibujo y luego el texto. No puedo ser tan canalla como para ir directamente en contra del texto porque es una trampa para el lector. He buscado un mecanismo para discernir cual es la opinión del que escribe, cual es la mía o incluso cuál es la realidad.

P: Eres un rara avis en la prensa porque cada vez se tiende más a la literalidad y en apoyar al titular que a desarrollar conceptos.

R: Tienes razón. No es algo que busque, es mi forma de hacer pero sí creo que en el periodismo se está perdiendo el gran análisis y se está yendo a la noticia de un modo muy directo y sin profundizar. Yo siempre he intentado, más que reflejar la realidad, buscar el concepto que sustenta esa realidad de un modo más abstracto e incluso mucho más profunda. Siempre intento ver la realidad de un modo poliédrico y la Prensa busca un impacto que vaya a la parte más emocional y más superficial. Hay una cierta banalización del pensamiento y se tiende a ir a lo propagandístico y a lo didáctico.

P: ¿Proyectos?

R: Tengo muchos proyectos porque tengo la fortuna o desgracia de trabajar en muchos frentes a la vez. Me interesa seguir con la exposición que hice para la sala Rekalde sobre el Renacimiento. Tengo varias exposiciones y de teatro en cartera y espero hacer esas recapitulaciones que te comentaba. Sin parar, vamos.

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