Suburra: Algo huele a podrido en Roma

Notable y sugestiva realización italiana del romano Stefano Sollima (hijo de Sergio Sollima, junto a Sergio Leone fue el maestro del spagueti-western), financiada por Netflix y RAI, una desgarradora radiografía de la sociedad italiana y por ende de todas, un thriller arrollador donde se entremezclan de manera perniciosa la política, la mafia (la vieja guardia, la nueva, la gitana,…), los yonkis, la iglesia (ese bíblico plano inicial del Papa rezando ante un crucifijo por las miserias humanas) , prostitutas, derivando en un cuadro dantesco sobre la corrupción moral, donde no queda títere con cabeza.

Guión basado en la novela de 2013 del mismo nombre de Carlo Bonini y Giancarlo De Cataldo, donde componen un universo de personajes amorales donde lo gris es la constante, dividido en siete partes, uno por día, nos sitúa al comienzo el 3 de noviembre del 2011 con una Roma siempre pluviosa, especie de Sodoma donde todas las vilezas y bajezas humanas se dan cita, donde la bondad o principios morales no existen, especie de cuenta atrás donde el final es el acto titulado el Apocalipsis, donde el primer ministro en la ficción dimite el 12 de noviembre del cargo, fecha exacta que coincide con la renuncia en la vida real de Silvio Berlusconi como presidente de la República de Italia.

Ese mismo día en la película renuncia también el jefe de la cristiandad, referencia al Papa Benedicto XVI (Joseph Ratzinger), sin embargo este acontecimiento no coincide con las fechas históricas (El anuncio fue el 11 de febrero de 2013 y fue efectiva el 28 de febrero del mismo año), pero al no dar nombres tiene la libertad de unirlos el libreto cual conjunción cósmica de estrellas que hará implosionar el mundo, como símbolo de la caída de los dos pilares que sostiene Italia, Iglesia y política, y la lluvia como diluvio universal mandado por dios para castigar y a la vez lavar nuestros pecados.

El realizador imprime un pulso narrativo ágil, envolviendo en tensión latente el metraje, enmarcando su relato en una especie de antesala del Infierno, una Roma y aledaños (Ostia) tétrica, oscura lluviosa, donde las cloacas están a punto de hacer estallar toda la mierda que no pueden resistir las alcantarillas, esto atomizado por una ambientación superlativa donde en una miscelánea epidérmica se unen la inquietante cinematografía (Paolo Carnera) y la turbadora música (Pasquale Catalano y M83), propiciando un aura cautivador donde la decadencia moral es una nube negra que lo asola todo, donde los sueños son barridos por la fétida realidad donde lujuria, codicia, chantajes, asesinatos, cobardía, soberbia, traiciones, drogas, sobornos, venganzas, orgullo, debilidades humanas se van desbordando cual bola de nieve por un puntual acontecimiento, un relato coral donde diferentes historias van sucediendo cruzándose unas a otras de modo milimétrico, donde todas las clases sociales se dan cita en un encuentro donde lo más Avernal de la Naturaleza Humana se despliega cual mancha pestilente.

Estilísticamente, las influencias del realizador se pueden encontrar en Martin Scorsese, Jean Pierre Melville, Brian De Palma, Michael Mann, entre otros. Toma como título un peligroso barrio de la Antigua Roma, lugar de residencia de delincuentes y sicarios que se reunían en secreto con personajes poderosos e influyentes del mundo de la política para realizar oscuros negocios.

Estamos ante un nuevo Suburra donde la conexión entre el mundo criminal y el político sigue las mismas pautas de antaño. En 2017, Netflix lanzó una precuela de la película en la forma de una serie de televisión, “Suburra: Blood on Rome”, ambientada en 2008 y previa a los eventos de la película. La labor de Stefano Sollima no ha pasado desapercibida en Hollywood y ha sido fichado como director de “El Soldado”, secuela de la excelente “Sicario” (2015, Denis Villeneuve).

Historia donde los bajos instintos se dan cita, la Ciudad Eterna como cloaca de todos los pecados, sicarios, amores fatales, libertinaje, arrogancia, políticos sobornables, gangster de todo pelaje, viejas generaciones de mafiosos (los que guardan las mesurados códigos de honor) frente a las nuevas (impulsivas y sin ética), un microcosmos de personajes con sus debilidades donde sus problemas se van entrecruzando de modo fluido, orgánicamente sólido, con situaciones de tensión e intensidad perfectamente salteadas, con acción directa, seca, rezumando autenticidad.

Erigiendo un pozo de podredumbre moral donde la inocencia ni está ni se le espera, no hay glamur, no hay personajes brújula-moral, todo es un sálvese el que pueda, la ley del darwinismo escrita bajo la torrencial lluvia que purga e inunda las heces humanas, enfoque sombrío.

Descarnado fresco sociopolítico de un mundo podrido en diferentes niveles, cual Infierno de Dante, donde la descomposición se cuece en varios sustratos, donde el escaparate de las fiestas hedonistas, el sexo de putas de lujo, los sueños megalómanos se dan la mano con lo peor de las vilezas, la violencia, el crimen, el secuestro infantil, la pedofilia, las carnicerías humanas, es el patio trasero del escaparate del mundo del poder, los que mueven los hilos en medio de una selva desprovista de asideros morales.

El elenco actoral cumple con esmero, un crisol coral de personajes de diferentes raleas: Claudio Amendola “El Samurái” (inspirándose seguramente en el personaje encarnado por Alain Delon en 1967),tipo flemático, lacónico, lapidario cuando habla, imperturbable, negociador pétreo, encarna al brazo violento (oculto) del poder, y lo hace con tremendo carisma; Pierfrancesco Favino como el político respetable Filippo Malgradi, ejemplo de la decadencia moral del poder corruptible, el adicto al sexo con jóvenes y drogas de por medio, maravillosa encarnación dándole matices, extasiante en la secuencia sexual, coloso en el tramo final cuando se cree por encima del bien y del mal;…

… Alessandro Borghi como el matón fanfarrón pero soñador “Número 8”, joven e impulsivo, hijo de un antiguo guardián de las esencias de la Cosa Nostra, que él aborrece, muy buena su labor, abrasivos sus ententes con “El Samurái”; Adamo Dionisi magnífico como el capo gitano, ultra-violento jerarca mafioso, aterrador su lenguaje físico, por cierto, ahora está muy de moda (por motivos penosos) el productor Harvey Weinstein, y el actor es un clon del magnate de Hollywood; Elio Germano como el pusilánime Sebastiano lo hace notablemente bien, encarnando la cobardía, el temor a luchar contra lo imposible; Greta Scarano como Viola, la amante yonki de “Número 8”, está excelente, dando aristas y alma atormentada a un rol complejo.

Taras que le impiden elevarse al Olimpo: Al final, tras tanto esperar el Apocalipsis este no resulta lo impactante que uno esperaría, está correcto, eficiente, pero termina de hincársete en el corazón como uno esperaría con lo cocinado durante el metraje, le falta algo de explosividad que te socave y te cale; Tampoco el papel de la Iglesia se sabe entremezclar orgánicamente en el metraje como los otros estamentos, se nota algo forzado este recurso, sin hilarse con el resto de las subtramas, se nota algo accesorio; Hay un tramo al final que me es estridente, aunque visualmenbte brillante.

La puesta en escena resulta subyugante, formidable para transmitir el estado de ánimo turbio que reina en los fotogramas, con un fenomenal diseño de producción de Paki Meduri (“Gomorra”, la serie), moviéndonos de modo dual entre el lujo y boato operístico (el parlamento italiano, palacios de fiestas, apartamentos de lujo frente a la plaza vaticana, frente a los suburbios de la periferia (las playas desiertas, la residencia abigarrada y hortera del capo gitano, el piso donde vive la madre de El samurái, …), la lluvia que lo asola todo, todo esto realzado emocionalmente por la sensacional fotografía de Paolo Carnera (“ACAB”), reflejando una Roma permanentemente velada, grisácea, potenciando el poder bíblico de la lluvia, en patinados apagados, jugando con los tiempos para enfatizar momentos climáticos como el del menage a trois, con tomas de una fuerza alegórica devastadora (el plano del político tras la orgía orinando por el balcón en el centro de Roma, frente al Obelisco Vaticano), o en los tramos interludios donde las secuencias refuerzan el pinzamiento de lo que vemos, creando cuadros de una belleza perturbadora, sabiendo amoldarse la acción de modo incisivo.

Y todo esto proyectado de modo entusiasta con una química magna con la música del dúo galo M83, edificando tramos en estos mencionados interludios de una sensorialidad epicúrea, música electrónica con coros que eleva el poder de las imágenes, las hacer trascender existencialmente, ayuda a hacernos sentir la ebullición interna de los personajes, temas de resonancias místicas, destacando su hit Outro, haciéndote por momentos el vello se te ponga de punta, aunque la banda sonora original es obra de Pasquale Catalano (“Las consecuencias del amor”), esta se amolda a los ritmos lisérgicos del mencionado binomio.

A la escena final estridente me refiero a como Sebastiano acaba con Anacletis, y es que creo algo se han dejado en la mesa de montaje para hacer nos entender que tras echar la gente del capo gitano a Sebastiano de la casa tras darle una paliza, este resulta que sigue allí y cuando llega Anacletis tiene tiempo de golpearle brutalmente y darlo de comer a los perros, pero hasta entonces la residencia era un bullicio constante de gente, donde se ha metido esa noche? Como ha vuelto a entrar Sebastiano en la residencia? Algo ha fallado.

En conjunto, una notable y atractiva propuesta que engancha desde el principio donde las piezas sueltas parecen no tener conexión, pero el desarrollo las va uniendo inteligentemente.

Patxi Álvarez