Blood Father: Bienvenido de nuevo Mel

Es difícil ignorar a Mel Gibson. Hemos crecido junto a él. Desde mi adolescencia he visto y disfrutado de sus filmes. Me colé para ver a la primera Mad Max, que clasificaron “S” (que risa!!), puesto que no tenía la edad.

No pude ver Mad Max II de estreno porque a mi pueblo no llegaba nunca, pero la conseguí ver, en una copia pirata, en el autobús que nos llevaba a una excursión escolar. He disfrutado con “Maverick”, con la saga de “Arma letal”, he sufrido con “Gallipolli”, he disfrutado de sus actuaciones en “El hombre sin rostro”, “Braveheart”, “Hamlet” o “El año que vivimos peligrosamente”; Mel Gibson ha tenido filmes buenos y otros no tanto, pero siempre ha sabido impregnar a sus personajes de un carácter e identidad propio de un intérprete intuitivo y racial. Es un actor de la vieja escuela.

Y con “El hombre sin rostro” descubrí a un director sensible y que dominaba el lenguaje cinematográfico a la perfección, como luego confirmaron sus excelentes filmes detrás de las cámaras.

Yo no voy a votar a Mel Gibson. Ni él lo pretende. Errores los cometemos todos y para el caso de personajes públicos, son víctimas de la magnificación de una prensa y una televisión de tertulianos ansiosa de sangre o prestigio. Leña del árbol caído. Telerrealidad al cubo.

Juicios paralelos y mediáticos. Hambre de mezquindad. Nunca oí decir que Mel Gibson fuese telepredicador ni lo pretendiese, ni que se presentase a político, o que fuese bandera de causas nobles y no recuerdo haber leído que cometiese algún delito grave o monetario.

Solo ha pretendido vivir de lo que conoce, que es el cine, ni más ni menos, pero desde hace unos años no lo tiene fácil, victima de linchamiento audiovisual y sentencia televisiva por sus problemas personales y su puntual vehemencia trasnochada bajo los efectos del alcohol. Será que nadie se ha equivocado en su vida.

Blood Father recoge mucho de este calvario en sus primeros minutos, cuando se nos describe a un personaje imperfecto, fracasado, que ha cometido muchos errores, adicto al alcohol pero que sigue peleando para vivir un día más. Y que desea ver crecer a su hija. Demasiadas conexiones con la realidad. Intérprete y personaje se funden en ocasiones.

Aunque no lo parezca, el filme quiere lanzar un mensaje positivo, no como en aquellos filmes conspiranoicos de los años 70 donde todo acababa mal y en una profunda desesperación. En este filme, Richet muestra que siempre hay esperanza y honestidad incluso en los sitios más inverosímiles, por muchos golpes y traiciones que tengas que sufrir. Mel Gibson es un perdedor, pero también es un luchador, es un padre coraje.

Serie B, no por ello de peor calidad que cualquier superproducción, huye de los filmes de la serie “Venganza” interpretados por Neeson, más propios de un Bourne ajado, y de cualquier atisbo de espectacularidad. Efectivamente, hay violencia, pero poca y con coreografías muy discretas o incluso ausentes. Gibson no encarna a los personajes de Neeson o a un Bronson, sino más bien su personaje recuerda al Eastwood de “Gran Torino”, actor al que homenajeó en “Vacaciones en el infierno”.

De guión sencillo y apoyado en un elenco de buenos secundarios, el filme destaca por la presencia de un Gibson arrollador en su humanidad. No es un ejercicio de virtuosismo del director, que prefiere ceder el protagonismo a los actores y a la historia. Y es una buena elección.

Para el personaje de Gibson, la esperanza es lo último que se pierde.

Bienvenido de nuevo, Mel. Quédate.