Chernobyl: El Apocalipsis negado

A pesar de lo terrible de lo que narra, Chernobyl se ha erigido como una de las mejores series de este 2019. Con solo cinco episodios, ha conseguido todo lo que no pudo lograr la octava temporada de Juego de Tronos(uno de los titanes de HBO) y es que la historia de Chernobyl presenta una trama y un desarrollo de los personajes envidiable, donde cada pieza encaja, donde cada momento forma parte de un engranaje sutilmente configurado para deleitar al espectador con una orgia audiovisual sublime.

Uno de los grandes méritos de la mini serie parte del país al que pertenece. Resulta increíble que sea Estados Unidos la encargada de emular los defectos y las virtudes de la Unión Soviética y también su caída en desgracia.

Aunque lo más destacable es que esta adaptación salga adelante con una minuciosidad por el detalle y una recreación histórica tan verídica que son capaces de trasladarnos al corazón de la URSS en plena catástrofe nuclear. Otro de los muchos grandes logros de la serie radica en su genial elenco de actores que realizan unas interpretaciones formidables, especialmente Jared Harris, Stellan Skarsgard, Emily Watson, Paul Ritter y aunque con unas apariciones menos recurrentes Barry Keoghan( al que ya recordamos de su notable interpretación en ‘’ El sacrificio de un ciervo sagrado’’ y Alex Ferns( cuya interpretación de un minero valiente y audaz nos será difícil olvidar durante mucho tiempo).

Con una fotografía excelente, una banda sonora adecuada y un ritmo hipnotizante es imposible no caer presa del hechizo que se nos muestra en la pantalla. Porque Chernobyl es bella y grotesca, está llena de verdad y de mentiras, de momentos terribles e increíblemente hermosos, de vergüenza y honorabilidad, de tragedia y de vida.

Ya en los primeros minutos, nos transporta sin previo aviso a un escenario caótico donde ni siquiera sobran un par de minutos para presentarnos a los personajes de una forma correcta. Esta incursión inminente en la historia supone un gran acierto, ya que como le ocurre a Dyatlov(el técnico supervisor de la prueba en la central), nos encontramos mimetizados en la catástrofe.

En un escenario caótico, terrible, precipitado e incomprensible también nos resulta imposible comprender que el núcleo de un reactor nuclear pueda haber explotado. Porque eso significaría la muerte. La muerte dolorosa e instantánea de miles y miles de seres humanos.

Y la mente humana no está preparada para comprender semejantes conceptos. De repente, nos damos cuenta de que estamos presenciando una serie terrorífica. No obstante, no se trata del terror al que nos tienen acostumbrados siempre. No parte de lo sobrenatural, radica en lo real. Y esa es la verdadera esencia del terror en su estado más puro.

Craig Mazin y Johan Renck( los padres de esta formidable criatura) lo saben y lo usan de una manera impresionante.

El terror no es solo lo que ves, lo aparente, lo palpable. También es lo que intuyes.
Esa sensación de miedo recorriendo tus venas que nunca llega a materializarse en algo visible. El verdadero terror es aquel que no puedes explicar, el que no tiene sentido dentro de la lógica humana. Esa razón inexplicable que escapa de lo aparente. Algo que no puedes cuantificar, ni medir, ni contener.

En la central nuclear de Chernobyl no hacen acto de aparición monstruos, ni fantasmas, ni seres sedientos de sangre de esos que habitan en las pesadillas. Pero los químicos y el metal que recorren el aire y arrasan con todos los que les rodean son esa bestia escondida debajo de la cama de la que no puedes huir por más que lo intentes.

Puedes sentir el hierro fundiéndose con la carne, instalándose donde antes había hueso y sangre. No lo ves. Sin embargo, llegas a sentirlo. Está en el aire.

En sus ojos y en los tuyos. Es el infierno dentro de unas pupilas que contemplan maravilladas su propia destrucción y se abrazan al abismo de lo infinito como si fuera un simple juego de niños. Y si el terror tuviera un rostro seria ese. Un monstruo desatado por la humanidad para aniquilarse así misma. Creado por y para su propia auto destrucción.

Porque en Chernobyl los hombres se condenan así mismos y nadie se acuerda de hablar de los héroes, de los que lucharon contra el totalitarismo de un sistema que quiso silenciar sus propios errores con el peso de la esperanza y la fe ciega.

Y es que cuando la catástrofe se desata solo queremos encontrar un culpable. Alguien que nos dé una explicación racional frente a lo irracional. Aunque ya sepamos el porqué. A pesar de que siempre lo hayamos sabido.

La catástrofe somos nosotros mismos. La solución también.
Y Chernobyl vuelve a lanzar un grito desesperado ante la estupidez y el dogmatismo de los que seguimos siendo presa ayer y hoy.

Desde el principio hasta el fin de los tiempos…Porque Chernobyl somos nosotros mismos.

Este hibrido entre documental y película de alto voltaje se levanta como una gran crítica social a todos esos regímenes totalitarios mudos y sordos frente a la verdad, a los que les importaba más cuidar la imagen exterior que salvar miles de vidas inocentes de la catástrofe.

Del mismo modo, también ofrece un homenaje a todos esos héroes anónimos. Bomberos, pilotos, voluntarios, mineros, científicos, personal sanitario….

Todos esos seres que entregaron sin pensarlo sus preciosos y únicos minutos en el mundo por el bien de la humanidad. Aquellos cuerpos desgarrados y hechos jirones, con bultos donde supuraba la sangre y la enfermedad transportados colectivamente a fosos donde nadie los recordara con una placa de agradecimiento.

Solo el hormigón cubriendo sus restos nocivos por la radiación recordara su entrega y sacrificio. Y ahora también Chernobyl, esa mini serie que con solo cinco episodios supo ser un titán colosal y recordarnos que a veces menos si puede ser más. Y es que cantidad no siempre es sinónimo de calidad.

Patxi Álvarez