El vicio del poder: La sombra mas poderosa

El vicio del poder: La sombra mas poderosa. Probablemente sean muchas las personas que quieran evitar ver una película sobre el mundo de la política, ya que desde hace tiempo uno puede sentirse sobrecargado de tantos programas y noticias que hablan de nuestros políticos, de lo que hacen bien, de lo que hacen mal, de lo que se gastan de su bolsillo o a cuenta del contribuyente. Sí, a veces los ciudadanos se merecen un respiro y desconectar de la política viendo, por ejemplo, una película.
Por eso, “El vicio del poder” llega en un momento delicado, porque no todo el mundo está dispuesto a visualizar una historia de más de dos horas sobre un personaje político. Pero pensar así puede ser un error, pues “El vicio del poder” no solo habla sobre un individuo implicado en diversos acontecimientos que afectó a todo un país (y al mundo), sino que posee la virtud de narrar los hechos con tranquilidad, sin fatigar al espectador, hablando de muchos sucesos como el escándalo Watergate, la teoría del Ejecutivo unitario o los atentados del 11-S, pero sin profundizar mucho en ellos. Se trata, más que de contar la historia de Estados Unidos a partir de los años 60, hacerlo de aquellas personas que estaban en los despachos. Y aquí entra en juego Dick Cheney, interpretado magistralmente por Christian Bale y que le ha supuesto volver a realizar otra de sus múltiples transformaciones físicas. Desconozco si lo que se cuenta de él es más verdad que mentira, pero lo que sí sé es que la película funciona tanto en su faceta política como familiar, donde también está el personaje de Amy Adams, quien vuelve a demostrar que es una de las mejores actrices del momento.

Estaremos todos de acuerdo en que la película es Christian Bale, ese señor loco que te pierde no sé cuántos kilos para hacer El maquinista y que unos meses después se pone petadísimo y empieza a rodar Batman begins. Su transformación aquí es digna de admirar, sin duda, pero eso solo demuestra compromiso con el papel. A la hora de la verdad, es la interpretación lo que vende al personaje. Por suerte, Bale está fantástico, una vez más. Las formas, los pequeños gestos, los patrones de habla, todo funciona a las mil maravillas en la construcción de Dick Cheney. Amy Adams, actriz que a mí me parece una de las mejores del panorama actual, suma otro éxito a su enorme lista de actuaciones notables. El resto del elenco también funciona bastante bien.

Lo que más me gusta y valoro de “El vicio del poder” es que, tratando temas que no tienen ninguna gracia, es capaz de provocar en el espectador una permanente sonrisa gracias a su continuo humor, introducido inteligentemente y en el momento oportuno y que no todos podrán apreciar. Algo parecido pasa, por ejemplo, con el cine de los hermanos Coen. No todo humor debe gustar a todo el mundo. Y el de esta película es especial, cosa que los realizadores saben y dejan claro que es así (no se vayan de la sala segundos después del final de la película). Observen, por ejemplo, la memorable escena protagonizada por Alfred Molina, cómo se elige a un equipo de gobierno o el momento en el que se piensa “profunda y minuciosamente” en tomar “la difícil decisión” de atacar a Iraq. Todo ello con un montaje absolutamente dinámico y atractivo para deleite del espectador, quien no debería tener motivos para aburrirse con esta historia que merece ser vista, al menos, una vez.

Aunque tiene momentos en los que ritmo decae, es una obra bastante apreciable, que tiene un arrollador tono irreverente y que se ríe de todo y de todos, empezando precisamente por las películas que intentan cambiar el mundo, y por supuesto, por las posibles ideas que podamos tener de la política y de los políticos. Un recorrido por una galería de verdaderos personajes dignos de una película. Y quizás por eso funcione tan bien la película: porque son personajes tan extremos, tan reconocibles, tan ridículos, tan claros… que casi parecía imprescindible mostrarlos al público en todo su esplendor, sin corazas, ni por supuesto, camuflaje o maquillaje alguno.

Patxi Álvarez