Juego de armas: El negocio de la guerra

Buen y dinámico film del artífice de la trilogía “Resacón en las Vegas”, el realizador Todd Philips, un relato inspirado en hechos reales sobre el mercado de armas, escrito por el propio director junto a Jason Smilovic (“El caso Slevin”) y Stephen Chin (“Gummo”), basándose libremente en un artículo de la revista Rolling Stone de Guy Lawson “Arms and the Dudes”, Lawson luego escribió un libro homónimo detallando la historia, narrando el ascenso de dos jóvenes a la cima de comerciantes de armas, ello en su primera mitad en un tono sátira, jocoso, trepidante, divertido, con claras influencias de Scorsese y su reciente “El Lobo de Wall Street”, teniendo además las dos como co-protagonista al gran (en todos los sentidos”, Jonah Hill, hablándonos las dos cintas de las rápidas ganancias de dinero. Film que recuerda indefectiblemente a la gran “El Señor de la Guerra” de Andrew Niccol (2005), este bastante más sólido que “War dogs” que peca de desequilibrio, sobre todo cuando entra en el tono dramático en su segunda mitad.

2005, el escenario principal es Miami, David Packouz (Miles Teller) trabaja como terapeuta de masaje y vive con su novia Iz (Ana de Armas). Tras emprender un desastroso proyecto comercial decide unirse a un antiguo amigo, Efraim Diveroli (Jonah Hill), que se dedica a vender armamento al ejército USA, iniciando una aventura que le llevará por varios países intentando hacerse millonario. Tendrá importancia en la historia Henry Girard (Bradley Cooper), un traficante de armas.

Es un film que posee un enérgico y trepidante arranque, con un montaje electrizante nos presentan a los personajes y el planteamiento por donde discurrirá el relato, con imágenes congeladas, con sobreimpresiones, y con la voz en off del protagonista Packouz, todo irá discurriendo de modo trepidante, con endemoniadas dosis de humor negro, con divertidas referencias a “El precio del poder” de De Palma, con un adrenalítico tramo con los socios teniendo que cruzar un Irak en guerra en camión para llevar unas armas, muy tenso tempo, lástima que luego uno se entere que esto es una licencia dramática de los guionistas, pues nunca sucedió esto.

Es en esta mitad donde el humor florece, donde la sátira cala más en el espectador, con acidez, ironía, mordacidad, cinismo, con estilo pedagógico al enseñarnos las lagunas del sistema de ventas de armas legales al gobierno USA, por donde se cuelan oportunistas pícaros sin escrúpulos, especuladores sin más patriotismo que el amor al dólar, y cuanto más mejor, donde los dilemas morales por lo discutible de su negocio no existen, similar a la mencionada “El Lobo de Wall Street”, donde no importaba hundir al pequeño inversionista con tal de ser un poquito más rico, aquí no importa que la fortuna se haga a costa de armas que serán vendidas para matar, no hay sentimientos de culpa alguna. Es una vuelta de tuerca más (retorcida) al “Sueño Americano”, el capitalismo despiadado, el que carece de alma humana.

Esta sátira funciona cuando no se toma en serio, cuando critica con humor oscurísimo, pues a partir de que obtienen el contrato del siglo (El contrato afgano”, el relato deriva en el drama, y entonces decae la fuerza de la historia, no sabe variar el tono, y entra en la corrección política de buenos y malos, con comportamientos arbitrarios y sin muchos sentido, por lo menos en lo delineado en el film.

Toma más fuerza la relación de Packouz con su esposa, convirtiéndose esto en un lastre, con ella que cambia de ideas caóticamente, está en contra de la guerra, pero con un par de frases de libro de autoayuda, él la convence, tampoco se entiende por qué él le esconde dinero a ella en su propia casa, porque no lo hace en una caja de seguridad? Orgánicamente en esta mitad cojea, cayendo en tópicos y clichés, torpedeando en parte lo bueno de la primera parte. Tampoco su final y epílogo resultan satisfactorios, primero un tanto naif, y segundo forzado y metido con calzador.

La puesta en escena resulta estupenda, con un excelente diseño de producción de Bill Brzeski (“Resacón en Las Vegas” o “Iron Man 3”), rodando en Miami, Bucarest (Rumanía), para escenificar Albania, Las Vegas, Casablanca (Marruecos), Atlanta y algunos lugares de California (Burbank y El Centro) y Amman (Jordania), recreando con realismo los varios ambientes por los que discurren estos oportunistas, con una policromática fotografía de Lawrence Sher (“Resacón en Las Vegas” o “Algo en común), en clara sintonía con el aire de comedia del primer tramo, oscureciéndose hasta lo macilento cuando nos trasladamos a Albania, buena labor, secundada por el fenomenal montaje de edición de Jeff Grouth (“Project X” o “Resacón 3”), dotando al metraje de un ritmo y cadencia efusiva.

Se suma el buen score de música de Cliff Martínez (“Drive” o “Spring Breakers”), que incrusta temas de dos de sus anteriores films, de “Contagio” y de “Drive”, aunque lo que sobresale es su brillante galería de temas cantados, como “Waters Of Nazareth” de Justice, “So What’Cha Want” de los Beasty Boys, “What Up Gangsta” de 50 Cent, “Sweet Emotion”, de los Aerosmith, “Bojangles” de Pitbull, “Red Red Wine” de UB40, “The Passenger” de Iggy Pop, “Fortunate Son” de la Creedence Clearwater Revival, “Ain’t That A Kick In The Head” de Dean Martin, “Girl, You’ll Be A Woman Soon” de Neil Diamond, “Wish You Were Here” de Pink Floyd, “Carmen: L’Amour Est Un Oiseau Rebelle (Habanera)” de Maria Callas, “Behind Blue Eyes” de The Who, o “Everybody Knows” de Leonard Cohen.

Miles Teller cumple sin más en un papel no muy definido, sin brújula moral, pragmático y sugestionable por el torbellino Diveroli.

Jonah Hill es el amo y señor del film, un ciclón rebosante de personalidad y carisma, con una tremenda vis cómica, emitiendo picardía, arterismo, perversidad, y todo ello con una sonrisa sutil de ladino indómito, tremendo.

Ana de Armas pone una pica en Hollywood, pone un precioso rostro y cuerpo, unos hipnóticos ojos verdes, pero lástima que este al servicio de un rol pesaroso, volátil, que incluso molesta en medio de la trama. Bradley Cooper intenta dar carisma a un rol que queda algo artificioso, estereotipado y plano.

Resulta que tras ser apresados por el FBI a Packouz lo condenan a 7 meses de arresto domiciliario y a Diveroli a 4 años, o sea, que lo que hicieron no era tan horrible, según las penas, ridículo. Y parece que tras su detención vayan a caerles de cadena perpetua para arriba.

Tampoco me encaja el epílogo, con Packouz reunido con el traficante de armas Girard y este regalándole un maletín de dinero, me resulta como queriendo darle una salida “feliz” a Packouz, como si él no hubiera participado en todos los chanchullos de Diveroli.

– No puedo vender armas. Odio a Bush y soy anti-guerra!
– No es una cuestión de ser pro-guerra, es una cuestión de ser pro-pasta!
******
– Creí que vendías armas a los fanáticos.
– Ya no, Ahora ya solo le vendo a un fanático, al USS Army.

Queda sumado lo bueno y malo,un entretenido producto que va de más a menos, con el que no te aburrirás. Al que le falta profundidad en la crítica.

Patxi Álvarez