La leyenda de Tarzán: Warner Bros lo sigue intentando

Resulta desolador plantarse ver películas como La Leyenda de Tarzán.

Cuando una película es buena, siempre hay palabras que decir sobre ella. Cuando una película es mala, aún más. En ambos casos, la crítica se escribe sola. El problema viene cuando una película resulta tan insulsa que no se te ocurre nada particularmente positivo que decir sobre ella, aunque tampoco te provoque ganas de arrancarte los ojos y taparte los oídos con ellos. Al final, éstas son las obras menos agradecidas de todas porque no provocan emoción alguna más allá de un ligero entretenimiento rápido y olvidable. Incluso de las cintas realmente abominables se puede sacar algo positivo, canalizando todo ese odio visceral que despiertan en una reseña que resulte al menos divertida para el lector. Pero este no va a ser el caso.

Lo mejor de esta película es la sensación que transmite cada fotograma de que absolutamente ninguno de los implicados querían estar ahí: los actores estaban ansiosos por recibir el cheque y volver a sus casas lo antes posible, los productores ni siquiera se atrevían a estrenar la película oliéndose un posible fracaso estrepitoso en taquilla, incluso el director David Yates parecería bastante desganado si no fuera porque suele ser su tónica habitual (ese hombre ha conseguido lo imposible: convertir la impersonalidad en su sello distintivo).

Lo gracioso es que toda esta desidia termina trasladándose tal cual a la gran pantalla. Ninguno de los personajes está realmente por la labor, todo parece absurdamente impostado: ni Tarzán quiere ser Tarzán, ni Jane quiere ser una damisela en apuros, la historia avanza porque tiene que avanzar y ni siquiera el villano tiene tiempo para hacer muchas villaneces.

Sus intérpretes no hacen nada por salvar la función, a decir verdad. A Alexander Skarsgård, señor con el que reconozco no estar demasiado familiarizado, le queda muy grande un papel protagonista de estas características, Margot Robbie va con el piloto automático y queda demostrado por enésima vez que Christoph Waltz sólo es buen actor cuando hay un director competente detrás. Es más, su villano no sólo compite en anticarisma con el propio Tarzán, sino que además parece directamente monguer en según qué escenas. El único que parece divertirse un poco con todo esto es Samuel L. Jackson, interpretando a un alivio cómico que (exceptuando la escena de la oreja, por jodida) suele funcionar.

También es de agradecer que los responsables de La leyenda de Tarzán hayan decidido dotar al film de un ritmo vertiginoso que no pierde el tiempo en tonterías. Después de una rápida presentación de personajes y sin entretenerse contándonos una historia de orígenes (que se desarrolla en flashbacks, al estilo Deadpool pero sin molar tanto), el festival de CGI regulero (una vez más, nada hórrido pero tampoco destacable, menos aún después de propuestas como El Amanecer del Planeta de los Simios o El Libro de la Selva) no tarda en hacer acto de presencia.

Habría estado bien que el guión de La leyenda de Tarzán tuviera algún tipo de sentido, o que la historia no avanzase simplemente «porque sí», pero aquí sospecho que la culpa es del largo proceso de montajes varios que ha tenido la cinta (se percibe un aura de caótica post-producción aunque al producto final se le notan las costuras menos que a Guerra Mundial Z, por decir algo positivo). En cualquier caso, entretiene y dura menos de dos horas (que parece últimamente que todo blockbuster que se precie tiene que superar, sí o sí, los 120 minutos).

Al final sospecho que la Warner se tiró de los pelos viendo que el resultado final de La leyenda de Tarzán en taquilla no fue tan terrible como se imaginaban (después de todo, en Estados Unidos recaudó más que otros descalabros del año pasado como Warcraft o la secuela de Independence Day). Quizá tendrían que haberla estrenado antes, quizá tendrían que haberla promocionado más, quizá podríamos haber tenido una nueva franquicia potente entre manos. Pero no nos vamos a engañar, nada de eso habría conseguido que el público recordase esta película más allá de diez minutos después de haberla visto.

Una pena.

Patxi Álvarez