“Las patrias son para los idiotas”. Entrevista a Hernán Migoya. #comic

“Las patrias son para los idiotas”. Entrevista a Hernán Migoya. Cuando se cumplen 80 años del fin de la guerra civil, Norma editorial recupera uno de los acercamientos más singulares a la contienda. Se trata de Nueva Hazañas Bélicas, la recopilación de los cuadernillos con los que Hernán Migoya quiso rendir homenaje a nuestra cultura popular junto a algunos de nuestros autores más relevantes. Un acercamiento pulp al conflicto que muestra la necesidad de hablar de él sin complejos.

 ¿Qué es Nuevas Hazañas Bélicas?

Es un intento de afrontar la guerra civil española desde un enfoque de entretenimiento puro. La guerra civil casi siempre ha sido tratada como un espacio de tragedia panfletaria o de facilismo sentimental, con honrosas excepciones como La vaquilla de Berlanga o El bosc de Oscar Aibar con guión de Albert Sánchez Piñol, en la que unos extraterrestres bajan a España en esa época y se muestran los desmanes de algunos milicianos, cosa extrañísima en el cine español. En conjunto nuestra guerra es el gran tabú.

Quería hacer un tebeo de evasión como los de antes. El cómic español es cada vez mejor en términos artísticos pero también más aburrido. Todo resulta demasiado correcto y parece que se olvida que la cultura también consiste en revolver por dentro a quienes la consumen, no solamente en darles palmaditas en la espalda… Se está aburguesando cosa mala, por usar terminología de la Transición. Siempre he crecido leyendo cultura de ocio y pensaba que quizás era el momento de hacer historias duras pero divertidas con la guerra civil de fondo.

La prueba de que no era mala idea es que se enrolaron un montón de dibujantes. Es una muestra de que la gente tiene ganas de divertirse y dejar de lado esa responsabilidad que nos endosan a los autores de transmitir mensajes importantes cuando de repente ya te consideran artistas con todas las de la ley. Yo prefiero seguir siendo un obrero del entretenimiento.

En tu obra no te preocupa meterte en charcos. Algunas cabeceras han quedado vinculadas al franquismo como Hazañas Bélicas, El guerrero del antifaz o Roberto Alcazar y Pedrín.

No estoy de acuerdo con lo que dices en el caso de Hazañas Bélicas. Boixcar fue un republicano represaliado. Hazañas Bélicas, frente a las otras series que mencionas, no tiene esa querencia por el régimen y sus valores. Nunca encontrarás en ella escenas de sadismo supremacista como en Roberto Alcázar y Pedrín. Incluso, revisándolo para documentarme, he confirmado que incluye un mensaje pacifista de fondo que no se adecúa con lo habitual en la época franquista. La serie nace en 1948 y se desarrolla durante los años cincuenta con historias tanto del ejército aliado como del alemán. En ambos casos destacando valores muy humanos, algo cuando menos singular. Muchas veces tiene un trasfondo beato pero en otros momentos destaca un trasfondo humanista. En ese sentido, Nuevas hazañas bélicas no surge con un ánimo polemista sino con intención reivindicativa. Es cierto que en la serie original te encuentras cosas raras, como que los japoneses sean indefectiblemente villanos, un sentimiento común al pulp en los tiempos en que la noción racista del “peligro amarillo” era moneda corriente en el mundo occidental, véase Fu Manchú o el Emperador Ming de Flash Gordon, y que solo los seriales de Charlie Chan y Mr. Moto contribuyeron a cambiar.

Trabajando la obra, te das cuenta de que nos hemos desentendido de nuestra cultura de masas y de entretenimiento de la época. El cine anterior a los 70 está muy olvidado, menos el de Bardem o Buñuel -aunque dudo que mucha gente vea hoy a Buñuel o se rasgarían las vestiduras- y dos o tres más… Están en un limbo del que nadie desea rescatarlos.

Documentándome vi películas de una importancia obvia pero que nunca están en boca de mi generación por más cinéfilo que sea mi entorno, como Balarrasa de Nieves Conde con Fernando Fernán Gómez, nominada a la Palma de Oro de Cannes en 1951, o El santuario no se rinde, sobre la resistencia del Alcázar de Toledo, que ganó el Oso de oro de Berlín. Son estupendas películas con un componente ideológico difícil de digerir y a veces intragable, pero no mucho más que el del cine de Hollywood, donde la violencia se asume mejor porque la cultura anglosajona la tiene mucho más asimilada como elemento inherente a la historia de su civilización y como objeto de representación lúdica: Murieron con las botas puestas de Raoul Walsh, por ejemplo, contiene la misma cantidad de violencia o fascismo, pero nadie la repudia o se siente incómodo viéndola. El santuario no se rinde podría haberla firmado Walsh, de hecho.

Vemos películas de escapismo si son yanquis que no osaríamos ver si fueran nuestras, por lo espinoso de sus valores. El equivalente ideológico de Clint Eastwood en España sería Arturo Fernández. Si Eastwood estuviera aquí, nos reiríamos de él, lo relegaríamos al panel de opinólogos rancios de Intereconomía y celebraríamos su ridiculización eterna. En el fondo es desprecio a la mentalidad sencilla y directa de las zonas rurales, donde curiosamente Eastwood también tiene más pegada en su país. Esa actitud desdeñosa hacia la cultura rural o incluso la popular, actitud que lleva décadas arraigada en nosotros y contiene un componente clasista desde la cultura urbanita respecto de la folclórica, siempre me llamó la atención y la he querido mostrar también en Nuevas Hazañas Bélicas. ¿Por qué no somos conscientes del veterano actor Arturo Fernández que ha participado en 83 películas y series y nos quedamos con su fácil caricatura política? Porque somos unos ignorantes y, en realidad, esas películas y series nos importan un bledo. Es “caspa” de la que burlarse. A nosotros nos importa Star Wars y The Punisher. Que es nuestra otra gran paradoja ideológica…

Por cierto, pocas series de humor más brugueriano que La casa de los líos, el canto de cisne de Fernández en la ficción televisiva.

En el tebeo español hay muchos mitos por redescubrir, por ejemplo El Cachorro. Yo soy un loco de Iranzo. Me parece un autor muy moderno, pero el problema es que la cultura en nuestro país se nos olvida de generación en generación. Cada veinte años, se evapora espontáneamente de la memoria colectiva todo lo realizado antes. El Coyote es otro ejemplo, la serie de novelas más vendidas en castellano después de El Quijote. ¿Dónde está su influjo actual? Automáticamente esfumado. ¿O por qué no hacemos series adaptando novelas de Corín Tellado -a mí me encantaría trasladarlas al cómic-, como no dejan de hacer en Latinoamérica? Los británicos hubieran ahogado a los espectadores en adaptaciones de sus títulos, ahora que ya han elevado a Agatha Christie a la categoría escenificable de un Shakespeare, con los primeros espadas de su cine y teatro al servicio de sus tramas de suspense. Es un poco triste que nuestra cultura sea de invernadero, o sea institucional, de la que nunca me he fiado cuando engloba la creación y no únicamente la divulgación, o caiga al olvido si ha tenido raigambre popular, porque eso se considera un demérito. En esa actitud antiestatal y en su franco romanticismo siento mucha afinidad con nuestra primera ministra de la historia, la socialista libertaria Federica Montseny, admirable por su coherencia personal (aunque la violencia revolucionaria -o de cualquier otro tipo- no sea santa de mi devoción) y por ser autora de obras románticas. También me encantaría adaptarla a cómic, sólo los títulos de sus novelas rosas ya me tienen ganado: La mujer que huía del amor, Vampiresa, La indomable, María Magda, La última primavera, La infinita sed… Carla Berrocal y yo haríamos un tándem fabuloso para un trabajo así, a los dos nos pierde esta literatura.

Nuevas hazañas bélicas se recopila en un tomo pero en su momento también reivindicaba un formato y el kiosco.

La serie es, en realidad, una reivindicación de la desmemoria histórica. La ficción es necesaria para entender muchos enfoques históricos. Sí rendimos homenaje, como dices, a un formato: el cuadernillo apaisado. En su momento nos apoyó el editor Joan Navarro pero las librerías no estaban preparadas para ese tipo de material que ni siquiera sabían dónde colocar. El resultado de la nueva edición es un libro de mucho empaque que se aparta de esa idea de ligereza y abraza la noción de libro objeto.

Hablabas del patrimonio. En el mercado francobelga o americano está muy normalizado pero aquí cuesta la actualización de materiales.

De hecho, cada vez que hago una reivindicación de la cultura popular acaba siendo de lo más impopular. Menos mitos perennes como la escuela Bruguera, que por suerte se mantiene aún vigente a nivel de mercado. Nuestra actitud resulta instintivamente huraña con este tipo de fenómenos, como pasó con la recepción inicial que tuvo la película de Superlópez. Yo recuerdo ver la peli de Anacleto y flipar de lo buena que era en relación al limitado presupuesto con que a ojos vista contaba: ¡por fin se están haciendo las cosas de distinto modo, sin complejos! Y pensar que sólo hace ocho años de aquella estafa al Estado que fue El Capitán Trueno y el Santo Grial

Y peor aún si hablamos de décadas atrás: recuerdo haber visto El fuera de la ley, de Eastwood, con diez años y el bueno pertenecía al bando de los malos, algo impensable en el cine comercial español. Nunca había visto algo así y me pareció muy interesante. Lo mismo las tremebundas novelas antibélicas de Sven Hassel que leía de crío, con protagonistas alemanes en la II Guerra Mundial. En la primera historia de Nuevas hazañas bélicas, la protagonista es una monja catalana e intento que la gente como yo, los ateos republicanos irreductibles, la entiendan. Siempre intento que el lector se ponga en los zapatos de un personaje diferente al habitual y quizás por eso mi obra genera incomodidad. Quiero que vean la persona, no el uniforme ni el colectivo. Quiero descosificar a contracorriente: y en este caso, el hábito no hace a la monja…

Veintidós autores para veintidós historias.

Veintitrés autores en realidad, contando al portadista Daniel Acuña. Hay artistas tan diferentes como Monteys, Juanjo Sáez, Natacha Bustos o Seguí, con el que actualmente trabajo en Carvalho. Son autores de procedencias muy diversas y el resultado es muy heterogéneo. Eso me sirvió para que la voz de cada historia fuera distinta. Hay dos líneas, la Roja y la Azul, que muestran a cada uno de los bandos y a veces arrojo una visión irónica. Es un ejercicio muy divertido y tocapelotas. A mí siempre me han interesado las historias ambiguas, que mis trabajos provoquen inquietud interior al verte ante un espejo que no deseas mirar… y ese es el reto de Nuevas Hazañas Bélicas.

Sin duda es mi obra más ambiciosa a nivel de factura autoral. Nunca creo que vuelva a reunir tantos creadores de primera fila en un solo trabajo y que trate temas tan duros e incómodos para nuestro pasado común.

El mayor reto de la obra ha sido hacer el traje adecuado a cada dibujante. Pero ese es el trabajo que debe enfrentar siempre un guionista. Con unos, como Pedro Rodríguez o Javi Fernández, me he tirado a lo épico; con Calpurnio nos vamos a la batalla del Ebro a lo grande, como un juego de estrategia. Con Martín decidí hacer una parodia de Raza, la película que guionizó Franco: en nuestra secuela contamos con el mismísimo dictador de protagonista. Es un surtido de autores tan buenos que te tienes que esforzar para hacer que ellos se sientan cómodos y procurar no sacarles en exceso de su terreno estilístico: al contrario, calzar cada historia a sus virtudes. Óscar Valiente, el director de Norma Editorial, se preguntaba cómo había conseguido reunir a un plantel como éste y creo que es por la necesidad que sienten los autores de hacer cómics divertidos. ¡Se enrolaron todos a la primera!

¿Cómo decidías que autor era el apropiado para cada historia y cómo ibas a trabajar con él?

Cada historia está hecha para cada dibujante. La serie nace con esa idea. Joan Navarro era el editor adecuado a pesar de saber que la nuestra era una misión suicida. Con él decidía quién podía ser el dibujante porque él conoce a todo el mundo. Yo tampoco soy manco, después de tantos años en la industria, y elegíamos amigos o figuras con la que me apetecía trabajar. Pere Joan o Calpurnio eran muy cercanos a Navarro y los eligió él, por ejemplo. Yo pensé que también me encantaría ponerme al servicio de Natacha, Monteys, Edmond, Keko o Cels Piñol, artistas a los que conocía desde hacía muchos años pero con los que no había colaborado nunca como guionista. Y el editor Félix Sabaté propuso a Miquel Fuster, por ejemplo, con quien fue también un placer trabajar narrando la ordalía de su padre en un campo de concentración francés.

El fracaso comercial fue tan estrepitoso que se interrumpió a medias y quedaron cosas sin pagar. Es por eso por lo que se ha tardado tanto en recuperar el trabajo de los veintitrés artistas, incluidas las portadas de Acuña. Después de seis o siete años les volví a convocar a todos y se sintieron entusiasmados. La intervención de Norma Editorial fue providencial, dio la cara por todos los autores que no habían cobrado. Gracias a eso, hemos conseguido que se incluyesen dos historias que habían quedado inéditas en su momento. La dibujada por Sequeiros, Amor de hombres, y la dibujada por Danide, Azaña Bélico, que es sobre Manuel Azaña, una de las pocas figuras célebres de la guerra civil que cuenta con mi admiración, una persona que intentó mantener la cordura y fue tachado de cobarde. A estas alturas debería ser un icono gay de libertad y progresismo para todos nosotros. Danide ha aportado además la mejor definición de mi trabajo, recordando el espíritu punk y gamberro que me propulsa. Siempre le estaré eternamente agradecido por sus palabras en la presentación de nuestra obra.

Nunca es mal momento para volver a lanzar un libro sobre la guerra civil porque está muy presente hoy en día, aunque prefiramos mirarla sin matices. Llevo años viviendo fuera y cada vez que vuelvo a mi país de origen encuentro atavismos de la guerra, ese guerracivilismo que parece sacado de una novela de anticipación de H.G. Wells y que anima todavía a personas que jamás han pasado una sola penuria. Cada cierto tiempo resurge esa sensación de enfrentamiento abierto. A veces se agradece poder atisbar las cosas desde fuera y con distancia porque no resulta agradable ver discutir a tus amigos, y en mi caso tengo amigos de absolutamente todas las ideologías. Sin embargo, llegó un momento en que no podía formar parte de ese escenario fanatizado: cuando unos tachan a los otros de salvajes en bloque y los otros consideran a los unos extranjeros porque hablan otra hermosa lengua, sabes que nuestra sociedad está fracturada y que irá a peor. Las patrias son para los idiotas: en realidad es un invento que sirve si está al servicio de la convivencia y la diversidad; pero si sólo se usa para homogeneizar a la fuerza a los ciudadanos y confrontarlos, promulgando la liquidación del que piensa distinto, lo mejor es salirse de esa mierda. Yo me harté de ser un traidor para unos y un Tío Tom para otros. Renuncié al territorio y conservé su cultura. Y cuando estás fuera te das cuenta de que al resto del mundo le importan un rábano esas guerras tribales. Así que te tumbas en tu hamaca a contemplar el panorama y sonríes. Igualito que en Le llamaban Trinidad. Definitivamente, ésa ya no es mi guerra.

¿Cómo fue el proceso de documentación de la obra?

Conforme iba buceando en el tema se me iban ocurriendo las ideas. Soy muy fan de Gerald Brenan, para mí la persona que mejor ha escrito sobre la guerra civil, junto a Chaves Nogales, en el fondo en una línea muy similar. El tipo te describe con cuatro trazos nuestros atavismos. Partiendo de las efemérides fui construyendo las historias. Tocar el tema del Alcázar de Toledo desde el punto de vista republicano me parecía muy interesante, por ejemplo. Es una de las victorias míticas de los nacionales pero nunca se supo qué sucedió con los rehenes rojos que allí había. Da la sensación de que muchos civiles murieron dentro, de modo que quise darle un componente humanista, sin cachondeo, porque el trazo del maestro Kim ya era suficientemente tragicómico.

También te encuentras con noticias como la del Capitán Rossi, una especie de pequeño dictadorzuelo en Palma de Mallorca. Un italiano que llegó allí, plantó su bota y convirtió la ciudad en una especie de burdel privado. En el periódico anunciaba que al día siguiente iba a desfilar y que solo podían salir chicas a los balcones a lanzarle flores porque si asomaba un hombre lo ejecutaba al momento. ¡Eso es real! Pensé en hacer una sátira, que es el terreno en el que me siento más a gusto y nada mejor que un surrealista como Pere Joan, mallorquín además, para ilustrar esa fábula…

Parto de ese tipo de anécdotas que son los márgenes de la historia. Pintando el horror de esa manera creo que hago un homenaje a todos los muertos.

Era un proceso creativo que interioricé: poco a poco fui añadiendo personajes históricos de un modo más ambicioso y me parece bonito que nuestro itinerario acabe con el Presidente de la República, Azaña, que creo que es el punto en el que se recupera un poco la razón, la sensatez, eso que tanto escasea en este país o países de sinsentido común.

¿Cómo surge la oportunidad de recopilar todo en libro?

Fue todo muy calculado. Cuando salió la obra hace siete años muchos autores se quedaron sin cobrar por el hundimiento de la editorial (Glenat, luego EDT). Esperé pacientemente a que los ánimos estuviesen calmados e hice una promesa a los autores adeudados, que eran diez, de que todo el dinero del anticipo iría a ellos. No sabía qué editorial podía estar interesada. Presenté la idea a la gente de Norma Editorial y les entusiasmó. Yo trabajé en la producción del libro desde Lima con Luis Martínez coordinándolo desde Barcelona, y cuando viajé y vi el volumen ya impreso me quedé pasmadísimo del resultado. No creí que la edición fuese a ser tan lujosa.

Los veintitrés autores estaban encantados de que saliese recopilado por fin. Ha sido un proceso arduo. Muchos meses de trabajo. Ahora estoy en una etapa en la que quiero dedicarme a escribir y evitar procesos editoriales porque ha sido todo muy complicado y desgastador, pero también muy satisfactorio al ver a todos los dibujantes yendo en una sola dirección, sin disensiones.

¿Cierras con el libro tu pasado de editor?.

Mi labor como editor no la podré evitar ni desde el punto de vista vocacional ni económico. Escribiendo no se puede vivir como un maharajá, que es lo que yo siempre deseé, hacerme rico escribiendo cómics, ¡mira tú qué iluso! Tengo siempre además un ánimo divulgador y, cuando descubro trabajos de autores talentosos no publicados, enseguida me lío a tratar de darles un empujón y facilitar su publicación. En Perú he editado una recopilación de tiras de prensa de los años 70, Selva misteriosa, que es el mayor clásico de aventuras del país. El autor, Javier Flórez del Águila, de 85 años y considerado el mejor dibujante de su generación, nunca había visto editado un libro con ninguna de sus obras. He conseguido sacar adelante una recopilación muy bonita y eso, junto a la alegría de su autor, me reportan una satisfacción brutal, aunque me llevó un año de trabajo por amor al arte. Pero cuando ves que la editorial, Planeta Perú en este caso, y otros fans de los cómics, como los especialistas peruanos Giancarlo Román, Gabriel Zárate o Javier Prado, también arriman el hombro a tu lado… eso siempre compensa.

Decía Camilo José Cela que el que resiste gana y a veces suceden cosas bonitas después de muchos años de trabajo desinteresado en el cómic. Una de las cosas más bonitas que me han sucedido es que veintitrés dibujantes se animen a sacar este libro y lo apoyen; o que estrellas actuales del cómic como Belén Ortega se acerquen a agradecerme que les diese una oportunidad profesional. La gente del gremio me conoce, no soy un autor fácil, pero creo que confían en mí: saben que ante todo lucho por el dibujante y por eso se meten conmigo en trincheras complicadas como este tebeo de guerra.

Imagino que te quedarían historias por contar y dibujantes con los que trabajar.

Pienso últimamente mucho en eso. Me gustaría que tuviese éxito para poder plantear una continuación. Es una serie perfecta para trabajar con otros dibujantes. Me hubiese encantado hacer una historia con Purita Campos, con Max (que fue el único autor que recuerdo que se negó en su momento, pero como estoy enamorado de él, se lo perdono, ja ja) o con las jóvenes mangakas con las que colaboré como editor hace una década en la colección Gaijin. Artistazas como Belén Ortega, Studio Kôsen, Xian Nu Studio o Irene Roga. Con Irene estoy loco por trabajar, ahora mismo es el dibujante español de su generación que más me gusta gráficamente. A Munuera, Roger Ibáñez, Homs, también me encantaría escribirles algo, menudos cracks… Hay tantos artistas increíbles en nuestro país con los que mataría por colaborar, que en cada entrevista menciono varios distintos, ja ja, a ver si cuela y alguno se me acerca. Lo bueno del cómic es que, como no hay mucho dinero, la gente de la profesión es muy cercana, sin ese ego que hay en el mundo de la literatura o el cine. Es un medio mucho más agradecido a nivel humano que el resto, siendo a la vez uno de los más complicados. Creo que la admiración que siento hacia los dibujantes es lo que hace que no me cueste encontrar colaboradores y siga disfrutando emparejándome con ellos en diferentes proyectos.

¿Proyectos?.

Ahora en septiembre, Seguí y yo lanzamos La soledad del manager, una de mis novelas favoritas de Pepe Carvalho, nuestra segunda adaptación a cómic de la serie, para Norma Editorial. Estoy disfrutando mucho y creo que hemos superado nuestro trabajo en Tatuaje.

Estos meses estoy preparando proyectos con dibujantes que veo y me gustan. Llevo seis o siete proyectos para presentar a las editoriales, como cuando era jovencito. Es una inversión de trabajo a fondo perdido. Hacemos ocho páginas de muestra a ver si colocamos una serie en el mercado francés, en el español, en el peruano o allí donde nos abran las puertas. Yo trabajo sin red muchas veces, me da miedo parar y caer en la inactividad. Si no escribo, me muero.

Como vivo en el Perú y me encanta este país pero veo muchas cosas por hacer en términos de industria cultural, me gustaría ayudar a dinamizar la escena comiquera local. Hay muy grandes dibujantes pero no hay muchas editoriales y cuentan con unos medios muy limitados. Espero aportar mi granito de arena como editor y guionista para que algunos talentos peruanos no se queden a medio camino. Es complicado porque casi no hay mercado y está copado por las importaciones de superhéroes.

Me encantaría animar el cotarro pero como uno más. Es como yo empecé y como creo que las cosas deberían funcionar.

Por otro lado, a nivel creativo, voy a escribir una nueva novela para España, para Reservoir Books. Y acabo también de firmar con ellos la adaptación oficial a cómic de ‘La ciudad y los perros’, la novela de Mario Vargas Llosa.

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