Las quiebras de la verdad (Josu Perea)

«La muerte de la objetividad me libera de la obligación de estar en lo cierto» (Stanley Fish) El saqueo y la violación de la verdad hacen difícil, si no imposible, la objetividad y la neutralidad en las construcciones ideológicas en esta época de la posmodernidad en la que el argumento es que todas las verdades son parciales y forman parte de la perspectiva de cada uno, lo que hace legítima la forma y manera de representar y entender cualquier suceso. Vivimos tiempos en los que la realidad objetiva está cuestionada, o al menos filtrada por la percepción humana, siempre condicionada por cuestiones de clase, de raza, de género, y otras muchas variables, pero sobre todo de sentimientos que son las que en definitiva mueven los comportamientos humanos.

Señala Michiko Kakutani en su ensayo La muerte de la verdad (2019), cómo la posmodernidad consagró el principio de la subjetividad. El lenguaje se percibe como algo inestable, nada fiable (…) «es parte de una brecha imposible de salvar, entre lo que se dice y lo que se quiere decir; se descarta incluso la idea de que una persona actúe como ser completamente racional y autónomo, porque cada uno de nosotros ha sido conformado, consciente o inconscientemente, por un tiempo y por una cultura determinados».

La aceptación implícita de la subjetividad trajo consigo la disminución de la verdad objetiva. Supuso priorizar la opinión sobre el conocimiento, y de los sentimientos sobre los hechos. Para ilustrar este hecho, Michiko Kakutani pone un ejemplo que contribuyó a hacer posible el ascenso de Donald Trump al que se acusó de inflar sus riquezas. Compareció ante un tribunal que le interrogó en el año 2007 para responder por su patrimonio y dijo que «dependía»: «Mi patrimonio fluctúa. Sube y baja según los mercados, las actitudes y los sentimientos… Incluso los míos». Y añadió que variaba también en función de «su actitud general en el momento que le hicieran esa pregunta».

Son tiempos propicios para sacar la manguera de la falsedad para hacer propaganda a base de Fake news. Hitler dedicó capítulos enteros en su obra «Mein Kampf» («Mi Lucha») al tema de la propaganda, y sus declaraciones, junto a las de su ministro de Propaganda Joseph Goebbels, constituían una especie de libro de texto para cualquier aspirante a autócrata (…) «hay que apelar a la emociones de la gente, no a su inteligencia, y emplear «fórmulas estereotipadas» que se repitan una y otra vez; hay que acosar sin descanso al adversario y etiquetarlo con una frase o eslogan distintivo que provoque reacciones viscerales en la audiencia».

Como ya demostraron Naomi Oreskes y Erik M. Conway en su libro Mercaderes de la duda (2010), los laboratorios de ideas de derechas, la industria de combustibles fósiles y otros intereses corporativos están siempre dispuestos a desacreditar a la ciencia (ya sea en cuanto a la realidad del cambio climático, los riesgos del amianto, de los fumadores pasivos, etc.) y han utilizado la misma estrategia que empleó la industria del tabaco para intentar confundir a la gente en cuanto a los peligros que entraña fumar. «La duda es nuestro producto» rezaba un infame memorándum escrito por un ejecutivo de la industria tabaquera en 1969, «porque es la mejor forma de competir con el conjunto de pruebas que existen ya en el imaginario popular y en la opinión pública».

Señalaba Hannah Arendt en su obra Los orígenes del totalitarismo (1951), que el sujeto ideal para un gobierno totalitario es el individuo para quien la distinción entre hechos y ficción (es decir, la realidad de la experiencia) y la distinción entre lo verdadero y lo falso (es decir, los estándares de pensamiento) han dejado de existir. Estas palabras de Arendt suenan cada vez menos a mensajes del siglo pasado y muestran una realidad alarmante que ha ido creciendo exponencialmente reflejando el escenario social político de nuestros días. Decía Robert A. Heinlein, que se tarda menos en influir en un millar de hombres apelando a sus prejuicios, que convencer a uno solo empleando la lógica. La decadencia de la razón, las nuevas guerras culturales, o la manipulación del lenguaje forman parte del paisaje de nuestro tiempo.

Los ataques al lenguaje no se reducen a la proliferación de fake news que inundan las redes, sino que se extienden en su forma de apropiarse de las palabras y contaminarlas, de tal forma que lo que es blanco resulte negro. Es el «nuevalengua» que señalaba George Orwell en su novela 1984 («La guerra es la paz», «La libertad es la esclavitud», «La ignorancia es la fuerza»), eslóganes de rabiosa actualidad en la que contemplamos cómo los que luchan por la libertad son tachados de nazis, los que promueven las guerras son los garantes de la paz y las mayorías sumisas, ignorantes y silenciosas son la fuerza de los poderosos. En su batalla para combatir al terrible enemigo, la utilización de «nuevalengua», que nos señala Orwell, que tan eficientemente actúa en la ficción, resulta una metáfora perfecta del lenguaje utilizado en la actual sociedad de la información, donde se imponen modelos de pensamiento que bailan al son que marcan los poderosos, de tal modo y manera que fuera de él, fuera de la ortodoxia informativa, la heterodoxia se paga.

Tiempos difíciles para una izquierda que navega confusa en este mar proceloso de la vida social y política. Las ideas proceden de la izquierda, decía el ideólogo del neoconservadurismo Irving Kristol. La izquierda es una idea que genera organismos, pero son ideas muy peculiares, son muy disidentes, como lo ha sido siempre la izquierda, pero la mitad de las veces no son muy comprensibles. La izquierda, continuaba Irving Kristol, se ha transformado en algo tan académico, tan irrelevante que solo afecta al sistema educativo, en dónde parece tener importancia, pero ya no saben ser tan populares como antaño. Cada vez se refugia más en los ámbitos más intelectuales.

Mientras, la derecha se ha hecho popular, sabe hablar a la gente común. Desde sus laboratorios de pensamiento está consiguiendo pervertir el lenguaje que está viviendo un estado de vulnerabilidad. Los argumentos de estos ideólogos del lenguaje siempre son discordantes con la verdad soportada por la ciencia, y su manual, está plagado de una retórica amparada en el «existen muchas variantes», «diferentes perspectivas», falta de certezas», «diversas formas de conocimiento». Es necesario recuperar el origen de las palabras, rescatar su sentido etimológico que ha sido robado.

Esta época de la posverdad es, también, caldo de cultivo para negacionistas de todo tipo y pelaje, ya sean del cambio climático, antivacunas, terraplanistas, mesías del advenimiento de Dios o artistas del filibusterismo político. Sin perder de vista a los negacionistas sanitarios, y a los de birrete y puñetas, que también quieren formar parte de este sainete. La pandemia de la COVID – 19 nos ha puesto delante de nuestras narices, más si cabe, este fenómeno, en el que los más «abracadabrantes» argumentos, sin la ciencia como soporte, navegan amparados por la incertidumbre y el miedo.

En medio de este paisaje ideológicamente tan complejo, tenemos que lidiar con la «carpetovetonia eterna», número veintidós de las democracias reconocidas en el mundo. Una democracia a la que nadie osa u ose cuestionar, so pena de verse implacablemente ajusticiado por el «Llarena» de turno. Una democracia cada vez más parecida a una «juristocracia» en la que decir que hay que fusilar a veintisiete millones de españoles es «libertad de expresión» y decir que el rey emérito es «un mangante» te lleva a la cárcel por injurias a la corona. Un país que encarcela a dirigentes políticos por promover un referéndum para que la ciudadanía exprese su voluntad democrática, en la que ni siquiera pueden ser considerados «presos políticos» para lo que se han inventado el eufemismo de «políticos presos», un país peculiar en el que el poder judicial actúa como ariete de la derecha más reaccionaria. Manuel Rivas en su libro Zona a defender (2020) señala que en el mundo hay cuatro tipos de derecha: la liberal, la conservadora, la extrema derecha y la española. Un lastre difícil de sobrellevar.

No hay soluciones mágicas, pero es fundamental que la ciudadanía plante cara al cinismo y venza la resignación, porque de ellos dependen los autócratas y los poderosos siempre prestos a subvertir la resistencia. Es en este escenario en el que tiene que abrirse paso la izquierda, una izquierda que forma parte de ese mundo ideológico ¿verdadero? que da sentido a nuestra vida, que por «verdadera y científica» hace que veamos el mundo, en ocasiones, con unas lentes ideológicas que acaparan todo el pensamiento; desde la concepción de la historia, hasta la política, atravesando la economía, el feminismo, la lucha social, la filosofía. Es el materialismo dialéctico, el materialismo científico, y más allá ¿qué hay más allá?

Se abren, por tanto, nuevos tiempos para ese rearme ideológico que la izquierda necesita. Necesitamos adaptarnos a los nuevos conceptos y a los nuevos marcos de pensamiento y de acción que emergen en la sociedad. Otro mundo surgirá cuando seamos capaces de articular la multiplicidad de los cambios surgidos en lo más profundo de la sociedad. Es el desarrollo de las contradicciones lo que impulsa a la sociedad hacia adelante, y, ahora mismo, la contradicción que tendríamos que resolver es la que existe entre lo viejo y lo nuevo. «Ninguna sociedad futura, habla por su boca, ya que la sociedad que se descompone ante nosotros no supone la gestación de ninguna otra», decía André Gorz. Sin la verdad todo será más difícil.

Josu Perea – Alternatiba
Publicado en NAIZ

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