El libro de la selva: La fabula se pierde en la jungla

Los tráileres en Hollywood mienten. Es decir, son simples comerciales para las películas. Similar a la publicidad de una jugosa hamburguesa de McDonald’s (no es lo que comerás) o de una súper modelo que luce lo último de la moda (no es lo que vestirás). El tráiler no es la película, pero podría hacerle mayor justicia: respetar el ritmo y el tono del original para ser una verdadera antesala.

Para crear El libro de la selva, el escritor Rudyard Kipling se imaginó hace más de un siglo a Mowgli, un bebé que se pierde en la selva y es criado por una manada de lobos. Pronto sus habilidades naturales lo diferenciarán y su presencia causará peleas entre especies: el tigre cazador lo quiere fuera de su reino por que, cuando se convierta en humano, será un peligro para los animales. En esta y muchas adaptaciones de El libro de la selva, Mowgli se apartará de su manada y tendrá que elegir entre integrarse a los humanos o crecer en la selva.

El tráiler de El libro de la selva introduce la historia no como un clásico infantil y musical, sino como una película casi mitológica. Una aventura con oscuridad, batallas y adrenalina. Está lejos de un clásico de Disney con toques de comedia y fantasía. Parece un verdadero viaje a una jungla salvaje y vertiginosa, con ritmo acelerado. Lo creo posible porque últimamente Hollywood resucita clásicos con aventuras más serias, desde Alice in Wonderland hasta Maleficient, sin perder al público infantil.

Pero El libro de la selva resulta ser un engendro. No se define como fábula cómica con momentos de tensión o como fábula de aventuras y acción con momentos de reflexión y alegría. El resultado es una confusión que mezcla sin discriminación ambos aspectos. Comienza como una película con demasiados diálogos inocentes, tiene algunas escenas de acción, algunos sustos, un par de canciones infantiles mal ubicadas, pero vuelve siempre a la comedia jocosa y a la resolución fácil de los conflictos. Es mucho más lenta, hablada e inocente que otras clásicos modernizados de Disney.

Esta ambigüedad hace estragos en el guión: no consigue verdaderos riesgos para Mowgli, el personaje principal. De pronto, la jungla no es tan salvaje. El antagonista es un tigre que solo lo caza cinco minutos de película. Los otros animales parecen querer ayudarlo más que atacarlo. El riesgo de integrarse al humano (ese que controla el temible fuego) nunca se ve, solo se dice. No profundiza en ninguna relación, tema o visión. Entonces queda solo la amenaza del tigre por si Mowgli vuelve a la manada y las ganas del niño por cobrar venganza.

Ni melancolía, ni miedo ni venganza son parte del espíritu de la obra de Kipling. El autor escribió sobre trabajo en comunidad, compromiso y capacidad de razonar. De cómo los animales pueden enseñar más humanidad que el propio ser humano. Y después de hora y media de persecución, comedia infantil y algunos sustos, el mensaje de Kipling queda relegado al desenlace, cuando debió ser lo principal. Muy tarde, ya no se siente profundo.

Vale decir que El libro de la selva es hermosa en lo visual. Demuestra lo lejos que llega la tecnología para diseñar mundos extraordinarios sin tener que ir realmente a ellos. Todo lo técnico es un lujo estético. Pero carece de profundidad, como parece ser el destino de la mayoría de películas que en el tráiler lucen maravillosas. Ya no hay moraleja ni fábula, sino solo algunos chistes y algunos colmillos.

Patxi Álvarez