Logan: Gracias Lobezno

Tercera entrega y cierre de la desequilibrada trilogía Marvel del mutante más famoso del momento, con estimable inicio, pero que en su secuela colapsó (para malo), y en esta despunta para remontar el vuelo, para ofrecernos una digna conclusión, tampoco (en mi modesta e insignificante opinión) es la sublime obra que muchos quieren ver. Historia que se siente independiente y libre de ataduras con el universo X-Men, mediante un salto temporal, con elipsis en que nos hemos perdido información vital se nos coloca en un futuro cercano distópico con claras influencias a “Mad Max” y sobre todo al spagueti western, los protagonistas están en el ocaso de sus hastiadas y ajadas existencias, en medio de la nada hacía ningún sitio, y en esto que aparece una pequeña que les hace tener un objetivo en la vida y a través de ella tener esperanzas en un mañana mejor. Décima entrega de la factoría fílmica X-Men, tres Wolverine, tras “X-Men Origins: Wolverine (2009)” y “The Wolverine” (2013), se inspira libremente en “Old Man Logan” de Mark Millar y Steve McNiven. Está dirigida por James Mangold, que co-escribió el guión con Scott Frank (“Minority Report”) y Michael Green (“Alien: Covenant), sobre una historia del director, en lo que es una crepuscular deconstrucción del mito, del héroe en su decadencia, cinta que podría entroncar en estos aspectos con muchos toques “Bloody Sam” (Sam Peckimpah), como en “Duelo en la alta Sierra” (ese toque de Logan con gafas leyendo) o “Grupo salvaje”, con Eastwood y su “Sin perdón”, asimismo Mangold ha dicho que las influencias incluyen y “puntos de referencia visuales”, el evidente de “Shane” (1953), “The Cowboys (1972), “Paper Moon” (1973), “The Gauntlet” (1977), “Little Miss Sunshine” (2006) y “El Luchador” (2008). Intenta Mangold alejarse del típico producto de superhéroes todopoderosos, para ello nos embarcan en una road-movie sudorosa y polvorienta, en que como toda del subgénero se precie se convierte en viaje físico y de redescubrimiento personal para los protagonistas, toca temas adultos y maduros, más introspección de los personajes, más dramatismo, más existencialismo, mucha melancolía, aun dándose la acción, esta no es el fuerte de la película, prima la relación entre los personajes, la humanización del superhéroe.

Tras 17 años, en que Hugh Jackman ha interpretado al superhéroe de garras afiladas (7 películas y 2 cameos), con Logan pone fin con una oda a que nuestra vida siempre puede tener sentido, a saber dar el relevo, a la familia (sea consanguínea o no), y el actor australiano da un rendimiento espléndido, el mejor de sus lobeznos, con una carismática y racial encarnación, acompañándole un colosal Patrick Stewart como Charles Xavier, y siendo todo un hallazgo la joven descendiente de españoles Dafne Keen Fernández como Laura, que en su debut en cine despliega una poderosa expresividad.

Destaca asimismo la descarnada violencia que nos muestran para lo que la calificación ha sido elevada, lejos de la “blancura” de las pretéritas, aquí hay mutilaciones, decapitaciones, desmembramientos, sangre a borbotones, en lo que es una radiografía sobre la vejez, los seres queridos, los recuerdos, y sobre todo la vida y la muerte.

Intenta ser un lienzo grisáceo de la decadencia humana, a través de un súper-humano, un apático Logan (Lobezno) que en el ocaso de su existencia se encuentra cuasi-solo, misántropo, que vive por inercia, con la única misión de cuidar a otros desheredados mutantes (Xavier y Caliban), ello en un contexto en que mezcla lo post-apocalíptico (reminiscencias ya mencionadas a “Mad Max Fury on the Road”), con el western crepuscular, desarrollándose el metraje con un ritmo sereno extraño en el género de superhéroes, otorgando tiempo a que los personajes muestren sus mustias y frustradas personalidades mediante sus encuentros revestidos de aire elegíaco, personajes a los que se les da alma, tridimensión, aristas. Los vemos con sus poderes ya atrofiados, un senil Xavier no controla su “Don”, así como Logan ya no es tan autocurable, le cuesta sanar de las heridas, lo vemos avejentado, cojo, con varaba y cabellos canos, el paso del tiempo y una enfermedad degenerativa los ha sumido en el olvido y en la insignificancia, intentando pasar desapercibidos, acuciados por los fantasmas del pasado, demasiadas batallas a sus espaldas, que al final del camino encuentran sentido a continuar en la aparición de Laura.

Reflexiona sobre como con años vividos, aventuras y desventuras a nuestras espaldas, se hace balance de lo bueno y malo que llevamos en nuestra mochila, se reflexiona sobre la fina línea que puede separar el bien del mal, se reflexiona sobre la complicada integración del “diferente” en una sociedad adocenada, se reflexiona sobre la el uso de la violencia, sobre la endogamia egoísta, sobre la solidaridad, sobre el sacrificio, ello en escenario marcadamente impregnado de amargura y fatalismo.

Las escenas de violencia resultan brutales, cortantes, con buenos efectos especiales (visuales y de sonido) que dan realismo, con la niña saltando de enemigo en enemigo cual spiderman, con desgarramientos a tutiplén, sangre a borbotones, cercenamiento de extremidades, y muchos muertos, pero en su debe no hay una sola escena que recordar una vez acabado el film, todas entretenidas, bien coreografiadas, pero faltas de originalidad para trascender más allá de los créditos finales.

Uno de los puntos fuertes son las escenas cuasi-filoparentales entre Hugh Jackman y un Patrick Stewart, en una relación de marcado cariño, pero sin sentimentalismos, rebosantes de aura de ternura y amor familiar entre los dos, seres al filo del abismo, la sombra de lo que una vez fueron, teniendo la pareja una química que desborda la pantalla, el respeto y calor que se profesan llega diáfano al espectador.

Llama la atención por lo ingenioso del guiño metanarrativo, donde en un tiempo en que los mutantes forman parte del pasado, estos se mantienen latentes a través de los comics, con lo que se produce un mordaz juego entre realidad y ficción, en un sugestivo juego de espejos, donde Logan ve esto como un insulto a los mutantes, la idealización fachosa a través de historietas triviales, y como la pequeña Laura ve estos dibujos una esperanza.

Taras: Estructura es de todo menos original (por mucho que sea ensalzada), la huida hacia ninguna parte (o con objetivo concreto) de un (anti) héroe en sus horas más bajas protegiendo en su odisea a un niño o mujer resulta un sendero ya muy transitado, resulta fresco por estar en el centro un superhéroe, esto sí que no es común, pero el resto son variantes a situaciones ya con sabor a deja vú, como lo de la cena con la familia granjera que sirve (como arrugado recurso) para que los “viajeros” vean en esta prole lo que ellos sueñan en ser; Los villanos no están a la altura que requieren los héroes, esto es un gran hándicap cuando alguien quiere compararla a “El Caballero oscuro”, con el colosal Jocker de Heath Ledger, y aquí con un trío deslucido, un Boyd Holbrook plano en su maldad cínica, un visto y no visto Richard E. Grant, y un recurso ya más visto que el telediario con un clon del héroe (pero perfeccionado!), menuda idea manoseada hasta el hartazgo, todos carentes de carisma y carácter; Como he dicho ya las escenas de acción no pasan el corte para ser perdurables en el subconsciente, siendo un poco tramposas en el final, pues los “malos” persiguiendo por el bosque a los niños mutantes cual alimañas, cuando estos “peques” son mucho más poderosos con sus “Dones” que los perseguidores, chirría; El ritmo es bastante mejorable, cayendo en algunos tramos perfectamente eliminables, se alarga demasiado en su afán de trasladarnos un estado de ánimo cansado se exceden en el metraje provocando en algún momento densidad espesa, y acortando habría ganado en fluidez narrativa, ejemplo de cercenable es lo referente al médico o lo del campamento de mutantes niños queda muy reiterativo con la saga X-Men, aporta entre poco y nada.

Hugh Jackman realiza una actuación notable en su rol de héroe degradado, ayudado por su maquillaje que le da un aspecto de cansado y demacrado, manteniendo (como ya he dicho) una incisiva y emocional relación con el personaje Charles Xavier, aunque con Laura/Dafne se pasa de frío; Patrick Stewart como el mencionado “mentalista” da un rendimiento rebosante de experiencia, sabiduría y a la vez porte regio a pesar de estar a las puertas de estar senil; Dafne Keen Fernández en su estreno en cine da una actuación penetrante, mesurada, modula su mirada para transmitir sensaciones, habla con sus gestos más que con sus escasas palabras, emite dureza y a la vez desvalidez; Resto de secundarios no pasan el corte.

La puesta en escena es la adecuada para hacernos llegar el estado de ánimo deprimido y nostálgico, con un diseño de producción típico del western de François Audouy (“Lobezno inmortal”), filmando en Nuevo México (Northern Meadows community-Rio Rancho), en Oklahoma (Oklahoma City, Pauls Valley), en Louisiana (en Nueva Orleans en el Louisiana Superdome [entrada del casino] y el Canal Street [casino interior], Metairie [Motel], Ferriday), y en California (Los Ángeles, Walt Disney’s Golden Oak Ranch en Newhall), bajo la fotografía de John Mathieson (“Gladiator”), con un patinado de colores ocres macilentos, terrosos, polvorientos, de días soleados que nos hacen sudar, siguiendo bien la acción la cámara. El score corre a cargo de Marco Beltrami (“Terminator 3”), aporta melodías sentidas que se adaptan bien al tono general de la acción.

En conjunto sumado lo bueno y malo me da un buen film, me ha dejado con sus defectos un buen regusto.

Patxi Álvarez