Los puentes de Moscú. Entrevista a Alfonso Zapico

La trayectoria de Alfonso Zapico siempre ha tenido un fuerte componente social pero pocas veces había traspasado el umbral y se había colocado en el papel del documentalista de la historia como si de Joe Sacco se tratara. Hay libros que son hijos de su tiempo, libros urgentes que intentan generar debate, diálogo y construir puentes entre dos orillas . Es el caso de “Los puentes de Moscú”. Con Zapico conocemos mejor la obra y sus circunstancias.

 Pregunta: ¿Qué es “Los puentes de Moscú”?

Respuesta: Es una conversación dibujada entre Edu Madina y Fermin Muguruza, una jornada que compartimos el primer día de invierno de 2016. De esa conversación sale un viaje dibujado por el Euskadi de los últimos ochenta años.

P.: ¿Cómo nace la obra?

R.: Edu Madina decidió hacerle una entrevista a Fermin Muguruza para la revista Jot Down, me avisó porque yo lo conocía de antes, nos juntamos los tres en su casa y compartimos café y conversación. Me llevé una libreta y dibujé todo, y de aquellos dibujos nació la idea de publicar un libro, porque la entrevista dio mucho de sí y para comprender bien el valor de aquel día había que añadir información histórica, contextualizar a los protagonistas, presentar el escenario…

P.: ¿Cómo surgió la entrevista entre Madina y Muguruza?

R.: A Edu se le encendió la bombilla y contactó con Fermin para hacerle una entrevista para la Jot Down. Él no es periodista (en aquella época estaba en el Congreso) pero ya había hecho un par de entrevistas sobre música, y esta vez pensó en el líder de Kortatu y Negu Gorriak, que estaba en la memoria musical de su juventud. Fermin tiene una agenda infernal pero, sorprendentemente, aceptó.

P.: A los protagonistas los conocías desde hace tiempo.

R.: A los dos los conocí a través del cómic, lo que es una maravillosa casualidad, y a los dos los uní con este cómic también. A Edu lo conocí gracias a “Café Budapest”, el primer libro que publiqué en España, y que le tocó la fibra sensible. Edu fue para mi un descubrimiento y desde aquella época mantenemos una relación intermitente pero muy intensa, él me ha inspirado mucho. A Fermin lo conocí hace poco en el Festival de cómic de Argel, donde él estaba nominado a un premio con “Black is Beltza”. Pasé con él cuatro días fantásticos, aprendí mucho de él, me reí mucho, y la cosa no terminó ahí. Afortunadamente.

P.: ¿Cuándo decides incorporarte teníais en mente que acabaría convertido en el libro?

R.: No, Edu me dijo: “Voy a ver a Fermin Muguruza a Irun, ¿te vienes?” Y allá me fui de cabeza, cómo no. Cogí mi cuaderno de dibujo y unos rotuladores y allí estuve, en la cocina de Fermin, dibujando mientras ellos charlaban y Humberto Bilbao hacía las fotos para la revista.

P.: En toda tu obra vemos tu pasión por la historia. Da la sensación de que en esta ocasión decides formar parte de ella.

R.: Ha sido un privilegio y un gustazo. No es una crónica desde fuera, sino que esta vez he jugado a reportero y me he empotrado en la línea del frente. Esto es un plus a la hora de contar la historia a los lectores, porque en el libro hay muchos pequeños detalles que hubiera sido imposible transmitir de no haberlos vivido in situ con los protagonistas. Aparte, hay mucha historia dibujada que no he vivido y que no conocía, pero que sirve para hacer un retrato del Euskadi más complicado.

P.: Tu obras anteriores muestran puntos de inflexión en conflictos de largo recorrido.

R.: Es verdad, hay un recurso muy literario en mis obras que ya no utilizo aquí: los protagonistas vienen de alguna parte y llegan a un escenario en plena ebullición, hay un conflicto a punto de estallar, algo va a suceder y luego la acción se desarrolla frenéticamente… Las historias que cuento se parecen más a las películas clásicas de los años 30 que a “Los puentes de Moscú”, que es más un documental dibujado, mucho más periodístico.

P.: La salida del libro coincide con la disolución definitiva de ETA. En tu caso decides aparcar tu obra “La balada del Norte” para abordar su realización. Da la sensación que era EL momento para llevarlo a cabo.

R.: De hecho “Los puentes de Moscú” se está traduciendo a francés y lo publicaremos el próximo año con Futuropolis (y aparcaremos también el primer tomo de “La balada del norte” allí para dar salida a este proyecto). Es una crónica muy actual, que necesitábamos hacer ahora, compartir ahora con los lectores. El último comunicado de ETA en mayo de este año no tuvo tanta relevancia entre la gente, pero en el País Vasco se respira un ambiente colectivo de ilusión en el futuro que encaja con este libro y que es rabiosamente actual.

P.: La violencia está presente en el libro. Da la sensación de que tiene que haber sido complicado trabajar con un material tan sensible.

R.: Ha sido muy complicado, porque uno no sabe hasta dónde llegar cuando se tocan temas tan sensibles. Habrá quien diga que en el libro no se habla de esto y lo otro, que hay un ánimo de ocultación de la realidad, y habrá quien se lamente porque se cuenta esto y lo otro y se pretende dar publicidad a determinados hechos. Al final, la única premisa que he tenido es ser coherente y dar voz a los protagonistas. Las críticas llegarán siempre y hay que asumirlas.

P.: El cómic en conjunto y el tuyo en particular es capaz de hacer accesibles realidades complejas. En tu caso consigues hacer que los lectores y lectoras empaticen con dos personas muy controvertidas y hacer escuchar su mensaje a un público que de otro modo nunca lo hubiera hecho.

R.: Quizá es una ventaja del lenguaje específico del cómic. Con la ayuda de los dibujos podemos contar un montón de información compleja a través de un canal accesible. No creo que hubiera podido contar esta historia con otro lenguaje que no fuera el del cómic. Como además yo no soy vasco me he esforzado por llegar al lector que no conoce los entresijos de este Euskadi tan enrevesado que aparece en el libro, y la narrativa secuencial me da muchas herramientas muy útiles.

P.: El nombre en euskera del libro es “Zubigileak”, “Los que construyen los puentes”. Los tres os hacéis participes del título del libro.

R.: El título del libro fue un problema desde el principio; cuando empezamos teníamos en la cabeza “La línea del frente”, que finalmente no cuajó. Para mí el título perfecto es “Zubigileak”, que en euskera significa “Los que construyen puentes”. Como tenía mala traducción al castellano le di una vuelta de tuerca e incluí Moscú, que puede despistar a algún lector potencial pero suena bien.

P.: Ya en el pasado Javier de Isusi con “He visto ballenas”, también de Astiberri, intentó un acercamiento diferente al conflicto vasco. ¿Cómo has encontrado tu camino para llevarlo a cabo?.

R.: Ha sido un camino diferente porque yo no soy vasco como Isusi. Para mí no ha sido tanto una experiencia basada en la memoria propia sino en la memoria de otros, un descubrimiento de una sociedad y una época que me resultaban muy lejanas a través de las vivencias de Edu y Fermin. Los dos me inspiran y me interesan, y ellos me acercaron indirectamente a un montón de hombres y mujeres del País Vasco que han vivido una realidad muy complicada.

P.: Durante años el terrorismo ha sido un tema tabú. En tu propuesta buscas la equidistancia y planteas escuchar sin prejuicios al otro. ¿Se ha entendido bien la propuesta?.

R.: No sé si se ha entendido bien. Creo que mi libro se parece un poco a “La pelota vasca” de Julio Medem, lo hemos hecho con un espíritu abierto, de dar voz al otro y escuchar. Como no es la misma época seguro que mi libro tendrá una recepción más positiva que aquel documental, que casi arruinó la carrera del director. Ahora es diferente porque es más fácil hoy aparcar los prejuicios y las palabras -como dicen los propios protagonistas- pesan menos hoy.

 P.: El dibujo recuerda a “La ruta de Joyce”, un cuaderno de viaje que completa el recorrido de “Dublinés”.

R.: Es el mismo estilo gráfico: no hay viñetas, volvemos al blanco y negro puro, en algunas páginas la sensación es de cuaderno de campo, donde los dibujos se hacen in situ de forma espontánea. Creo que el resultado es  muy fresco, y además esta técnica me permite dibujar rápido.

P.: Haces un dibujo escueto y certero que permite reconocer en muy pocos trazos a los protagonistas. Eso se muestra no solo en el dibujo sino en la definición de los personajes.

R.: El libro es una síntesis, igual que mi estilo de dibujo. En lo gráfico (como en lo narrativo) todo está lleno de pequeños detalles y de información útil para el lector, pero siempre tenemos la sensación de que se podía haber profundizado más, que se podían haber contado más cosas, que los dibujos podían estar más acabados y ser más realistas. Pero me gusta el tono general de la historia tal cual.

P.: ¿Cómo se han visto reflejados los protagonistas en el libro?.

R.: Se reconocen y están satisfechos con la obra. Esto no es que fuera muy importante para mí, es que si ellos no se reconocieran en las páginas, el libro no tendría sentido. “Los puentes de Moscú” es la crónica de un encuentro y el retrato de sus dos protagonistas. Les ha dado voz y las anécdotas y los diálogos les pertenecen, son los que los definen realmente, más que la visión subjetiva del autor.

P.: ¿Cómo ha sido el proceso de realización del libro?.

R.: Durante un año el libro ha estado vivo, y ha ido cambiando y evolucionando cada semana. Ha sido un viaje en el tiempo y el espacio, donde he recurrido a Fermin y Edu cada vez que necesitaba una fotografía, un recuerdo, una matización, un dato. Según el libro cobraba forma les iba enviando el resultado, y entre los tres hemos fabricado esta historia. Para mí no es el método habitual de trabajo, y lo he disfrutado mucho.

P.: La música se convierte en el vaso comunicante que hace que fluya la conversación.

R.: la música es un vaso comunicante por sí misma, y es un territorio común que nos permitió conversar sobre intereses compartidos en lugar de discutir sobre diferencias políticas. La música a través de los años, desde los inicios de Fermin en Kortatu hasta hoy pasando por la juventud universitaria de Edu, es un hilo conductor de la memoria sentimental de ambos.

P.: En el libro buscas ser un observador neutral. Quizás es en el capítulo de “La trampa del absurdo” en el que te acerques a transmitir una opinión propia.

R.: Es el único capítulo en el que me permito abandonar mi rol de reportero gráfico para hacer esta pequeña reflexión, que además me surgió en el proceso de creación del libro. Mientras atosigaba a Edu con preguntas acerca del porqué ETA había intentado acabar con su vida caí en la trampa del agravio comparativo, que tiene perspectivas múltiples. Sirve para cualquier conflicto, invito al lector a ver si también ha caído en esta trampa alguna vez. Seguro que sí.

P.: En el libro se escuchan tres voces. En el capítulo final vemos las dificultades de ponerlas todas de acuerdo. ¿Ha sido muy complicado?.

R.: No ha sido complicado porque había una predisposición de ambos a compartir espacio, a hablar y a escuchar. El anexo, que además se puede leer en clave más cómica que dramática, es el reflejo de una sociedad en la que todavía hoy se siguen utilizando lenguajes diferentes para hablar casi de lo mismo. Era muy interesante (sobre todo para el lector no vasco) mostrar esto.

P.: En los libros, como en las aventuras, los protagonistas cambian después de las experiencias vividas. ¿Es tu caso, ahora que te has convertido en personaje de tu propio tebeo?.

R.: Sí que han cambiado muchas cosas en mi vida con este libro, empezando por la visión superficial que yo tenía de Euskadi. Entre Asturias y Angoulême el País Vasco ha sido siempre para mí un lugar de paso, y de los años de plomo o de su complejidad social y política no sabía gran cosa. Todo eso ha cambiado gracias al retrato que he hecho de Edu y Fermin. Ahora cuando cruzo la frontera de Hendaye casi me siento como en casa.

P.: ¿Proyectos?.

R.: Estoy dibujando el tercer y último libro de “La balada del norte” que llegará a finales de 2019, y hasta aquí puedo leer.

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