Los siete magníficos: Los siete insípidos

Insustancial, inane, plano, previsible, y más “piropos” para esta realización del otrora prometedor Antoine Fuqua, un director que tras la notable “Training Day” (2.001) parecía que estábamos ante un soplo de aire fresco para el thriller y la acción, pero esta obra parece fue un oasis en medio de una filmografía que se destaca sobre todo por la mediocridad, “Shooter” (2010), “Objetivo: La casa blanca” (2013) o “The equalizer” (2014), entre otras, son buena prueba de ello. Aquí es un remake (no tengo nada en contra de ellos) anodino y sin alma del western homónimo de John Sturges de 1960, que a su vez es otro remake del film japonés de Akira Kurosawa “Los 7 samuráis” (1954), con un fútil guión de Nic Pizzolatto (“True detective”) y Richard Wenk (“Los mercenarios 2”), donde sus cambios se notan bastante forzados y errados, en esta ocasión el reparto de los “magníficos” destaca por su multiracialidad (un negro, un indio, un chino, un latino,…), hasta le dan importancia a una mujer (Haley Bennett), pero lo hacen en la figura de una que parece estar ahí como bello florero que pone morritos y enseña canalillo, lo políticamente correcto, cambia la aldea mísera mexicana, por un pueblo minero común del imaginario del oeste, aquí el villano no es un bandido mexicano con su banda, es un despiadado capitalista minero, asimismo muchos recursos dramáticos de la cinta de Sturges son solapados y otros trivializados. Es de esas cintas más preocupadas de la acción que de dar fondo a los personajes, aquí meros arquetipos sin personalidad propia alguna, derivando en un desaprovechamiento grotesco de actores como Denzel Washington, Ethan Hawke o Vincent D’Onofrio, donde la química y camaradería que debería brotar entre ellos ni está ni se le espera, sumado a un villano caricaturesco y sin punch. Por cierto, una acción anabolizada pero sin imaginación, alargada en exceso en un tramo final interminable, caótico y confuso, donde los enemigos se multiplican de modo milagroso. Con todo lo más reseñable de la película y por lo que pasará a la historia es por ser el último trabajo de del compositor James Horner (“Titanic”, “Avatar” o “Bravehaert”), que murió el año anterior después de componer parte de la partitura; su amigo Simon Franglen completó la música.

1879, Bartholomew Bogue (Peter Sarsgaard) sitia la ciudad minera de Rose Creek y mata a un grupo de locales dirigidos por Matthew Cullen (Matt Bomer) cuando intentan enfrentarse a él. La esposa de Matthew, Emma (Haley Bennett), y su amigo Teddy P. (Luke Grimes) viajan a la ciudad más cercana en busca de alguien que puede ayudarlos. Contratan a Sam Chisolm (Denzel Washington), que as u vez ficha a seis más que le pueden ayudar: al tahúr Joshua Faraday (Chris Pratt), al atormentado francotirador Goodnight Robicheaux (Ethan Hawke), el especialista en cuchillos Billy Rocks (Lee Byung-hun), el mexicano fuera de la ley, Vasquez (Manuel García-Rulfo), el experto rastreador Jack Horne (Vincent D’Onofrio), y el guerrero comanche Red Harvest (Martin Sensmeier).

Es un film realizado sin riesgo alguno, acudiendo a multitud de lugares comunes del género de acción y del western, con tiroteos, peleas, explosiones, duelos, algo de humor naif, todo en el marco de la eterna lucha entre el Bien y el Mal, donde no hay cabida al gris, a la ambigüedad, los buenos muy buenos y los malos muy malos, ni siquiera aquí existen las rencillas en el pueblo en contra de los defensores que sí había en el de Sturges, todo tan plano y lineal como una mesa. Todo acontece por la senda de lo predecible, sin giros sorpresa, sin complejidad alguna, sin introspección mínima de los personajes, sin darles un fondo con el que el espectador poder empatizar con ellos, no hay intento de dar dimensión moral a los protagonistas (solo hay un tímido esbozo en el personaje de Ethan Hawke), son buenos porque así lo pone en el guión, esbozos sin perfilar, no hay dilemas morales sobre si está bien busca protección paramilitar, no hay debates entre los vecinos del pueblo sobre el modo de afrontar el peligro, no hay diálogos o frases que te emocionen, parte de las que proviene del original, tanto es así que termina por no afectarte lo que les pueda pasar a los “magníficos”, te deja frío lo que les pueda poner en peligro. Y es que no hay trabajo en el script para la construcción de los roles, son de llamativos en su apariencia, pero nulos en carácter y hondura.

La trama es tan superficial como una suave brisa, su crítica al capitalismo descarnado queda plúmbea, pues se apoya en un villano, Peter Sarsgaard, guiñolesco y sin personalidad definida, un acartonado blandito como el merengue, compararlo con el duro Elli Wallach, es sangrante, que su motivación es el hambre. Es como comparar el humilde poblacho mexicano de 1960 que sí despertaba ternura, con este pueblo con todas sus comodidades (hasta burdel y hotel) que no te crees sus penurias. Tampoco entiendo el motivamiento del malvado, no se sabe porque está enfrentado al pueblo, no se sabe porque quiere comprar sus propiedades, si la mina está retirada de Rose Creek, es que ha encontrado oro en el pueblo y no se dice? Un sin sentido. Y es que las motivaciones de los mexicanos de la 1960 era la supervivencia, que los bandidos les robaban su comida, mientras aquí no sientes lástima alguna por esta gente que no les notas necesidades precarias, con lo que empatizar con ellos es cero.

En el apartado de la acción cabe mencionar que no hay un solo momento tras finalizar el metraje que recuerdes, olvidable, siendo su clímax un akelarre que satura, agota, confunde, y lo que es peor, cansa como la visita de los suegros, se eterniza sin un una sola escena vibrante que te emociones, todo artificioso y embarullado, como esa ametralladora omnímoda que llegan sus balas a todos lados, quedando este alargado tramo un desvarío de carreras, dinamita, acuchillamientos, hachazos, flechas, y muertos, eso sí, al ser políticamente correcta apenas hay sangre.

El guión realiza algunos homenajes-guiños a la de 1960, como la frase de Sam Chisolm “…nunca me lo habían ofrecido todo” (igual que la de Yul Brynner), o el duelo-presentación del experto en cuchillo contra un fanfarrón con pistola (igual que la de James Coburn), o el chascarrillo que cuenta Joshua sobre el tipo que cae de un edificio (igual que la de Steve McQueen), o como el tributo al mítico tema compuesto por Elmer Bernstein para la de 1960, amén de que quedan vivos el mismo número de “magníficos” que en la primigenia.

Entre las actuaciones nada se sale de lo convencional, destacando un Vincent D’Onofrio con algo de carisma, un simpático Chris Pratt, y un Ethan Hawke que tiene algún amago de fondo (estropeado en su reentrada en el clímax, menuda chapuza mil veces vista). El resto, incluido un fuera de lugar Denzel Washington (aderezado su desatino con un recurso final chapucero) echan otro día en la oficina, sin aportar algo de emoción a sus personalidades.

La puesta en escena es propia de la gran superproducción blockbuster que es, con un notable diseño de producción de Derek R. Hill (“Hacia rutas salvajes”), rodando en Arizona (San Francisco Peaks, Cocconino National Forest), el Louisiana (Baton Rouge), y Nuevo México (Albiquiu, Eaves Movie Ranch, Ghost Ranch, Galisteo, Valles Caldera, y Santa Fe Studios), esto visualizado por la fotografía de Mauro Fiore (“Avatar” o “La isla”), muy lumínica, componiendo algunas tomas bellas paisajísticas, y adaptándose bien a la acción. James Horner compuso la banda sonora, murió (el 22 de junio de 2015), antes de a comenzar el rodaje, el amigo de Horner, Simon Franglen co-compuso lo que faltaba, con efluvios a la de Elemer Bernstein, siendo al final el propio tema de 1960 el que se oye.

Que al final el personaje de Denzel nos enteremos que su motivación es la venganza personal es un tiro en el pie de los guionistas, pues entonces nos enteramos que no había altruismo en su posicionamiento, era simple afán vengativo, siendo un elemento que resta y quita romanticismo al personaje, y más aún por rebelarse en los minutos finales, penoso, pues además hace de Sam Chislholm un embaucador mentiroso que ha embarcado a los “magníficos” en su sed revanchista, como si los guionistas no estuvieran seguros de que la solidaridad del rolo fuera suficiente.
Lo del tramo final es de traca, ni Jesús en la multiplicación de los panes y los peces, vemos la carga de caballería del “ejército” y son unos cuantos malos malísimos, pero entonces los “magníficos” empiezan a matarlos y estos se reproducido por “esporas”, ni en la Batalla de Stalñingrado hubo tantas bajas, las cuentas como diría Clint Eastwood no me salen.
Lo del sacrificio de Joshua para acabar con la gatling, yendo de cara contra ella, es de aurora boreal, ni Iron Man, como resiste las balas, la suspensión de la credibilidad es poco ante tal delirio imaginativo, todo para darle dimensión épica a la muerte del personaje y lo que roza (siendo benévolo) es el ridículo. O la reentrada en escena del personaje encarnado por Ethan Hawke, lo vemos irse con nocturnidad por cobarde, tras el mejor diálogo del film con Denzel, pero sin que sepamos porque al día siguiente reaparece, de modo chusco y oliendo a rancio por lo muchas veces vista la situación.
No entiendo que a las mujeres y los niños no los llevaran lejos del pueblo, incluso a otro, para no arriesgar sus vidas durante la batalla, bueno lo entiendo para imponer torpemente supuestamente más emoción dramático (error!!!). Por cierto hablando de mujeres y niños, me acuerdo de lo bien que es manejado esto en la cinta de 1960, con la aldea habiendo escondida a las mujeres por el temor a ser violentadas o seducidas por los “magníficos”, aquí esto no existe.

En conjunto queda un producto que se ve con la rapidez que se pierde en la memoria.

Patxi Álvarez