Múltiple: M. Night Shyamalan return

Tras una larga travesía por el desierto M. Night Shyamalan da muestras de volver a tener constantes vitales, y es que el realizador fue aplastado por su gran éxito “El sexto sentido” (1999), tras un sinfín de innombrables bodrios con sus correspondientes fracasos comerciales parece haber vuelto a los orígenes con este tenso relato, arriesga con una propuesta con la que es fácil caer en el trazo grueso, pero consigue salir victorioso, un thriller psicológico incisivo y penetrante, con sugestivas dosis de suspense, intriga y misterio, escrito también por el realizador de ascendencia hindú, con un presupuesto minúsculo… (9 millones $) unos grandes beneficios de 272 millones.

Sin llegar a la calidad de la cinta del niño que veía muertos, pero si ofrece una estimulante propuesta, radiografiando a un disfuncional tipo que encierra en su cabeza decenas de personalidades contrapuestas que luchan por imponerse unas a otras, una enfermedad con el nombre de trastorno de identidad disociativa (TID), presencia de dos o más identidades en la mente de una persona, cada una de las cuáles está convencida de quién es, anteriormente este trastorno era conocido como trastorno de personalidad ‘Múltiple’ (de ahí el título en España), por su tratamiento ha sido criticada por asociaciones de afectados por esta patología. Siendo clave la superlativa interpretación del protagonista James McAvoy, capaz de hacer creíbles con sutilidad las desiguales personalidades. Teniendo claras influencias del “Drt Jekyl & Mr Hyde”, “La mujer Pantera”, “El Hombre Lobo”, e incluso de “Hulk”.

Cautivador relato desde su inicio que va al grano, mezclando con inteligencia las relaciones de las tres secuestradas, sus tensiones y como se enfrentan a este crisol de personas en una, transmitiendo estos ententes escalofrios; junto a las sesiones de Kevin con su psiquiatra la Dra. Fletcher, punzantes charlas en la doctora debe jugar al gato y al ratón para descubrir con quien está hablando, intentando desentrañar los misterios que se esconde en el subconsciente del paciente, siendo duelos vibrantes, rodado esto con gran sentido de la cercanía, haciéndonos sentir cuasi-voyeurs; punteado por varios flash-backs que muestran el tormentoso pasado de una de las raptadas, Casey; derivando en un puzle hábil en el que las piezas van encajando con pericia, componiendo un microuniverso cerrado, de pocos personajes y escasos escenarios, emitiendo al espectador sensación de asfixia ambiental, la que padecen todos los personajes. Una narración que nos habla del dolor y el tormento como impulsor de nuestro carácter, de cómo nos puede o hundir o hacernos más fuertes, tocando los abusos infantiles, la psicopatía, la demencia, etc. Obra que tiene algunos puntos en común con su obra más famosa, “El sexto sentido”, como son los problemas de introspección que pueden sufrir algunos niños puestos en una situación límite (mental o física), de cómo esto los traumatiza para el resto de sus vidas, y entonces entra el psiquiatra (Bruce Willis en la referida, aquí Betty Buckley), con los que ambos protagonistas establecen fuertes lazos afectivos.

Es un film de intriga con dosis de terror, pero sin cargar violencia simplista y gratuita, siendo lo importante el temor psicológico, el miedo latente a lo desconocido, a lo imprevisible, ello potenciado con un gran manejo de la cámara para infundir al espectador el estado de ánimo requerido, con trémulo sentido del fuera de campo (el desasosiego a lo que no ves), con neurálgicas secuencias de diálogos que sirven para deconstruir al protagonista, con una evolución tensa, que culmina en un tramo final trepidante y subyugante, con giro sorpresa arrollador, y cuando crees haberlo visto todo, un epílogo que te descoloca y te hace ver la cinta de otro modo. Todo esto salpicado con exquisitas muestras de humor que no cae en lo bufo, muy bien ensamblado.

Taras: Posee algunos altibajos en su ritmo, con tramos un tanto lánguidos y reiterativos que ralentizan su buena cadencia, sintiéndose el metraje excesivo para lo que cuenta, debiendo haberse sintetizado la trama para otorgar más solidez y empaque; Tampoco se entiende se haga énfasis en las 23 (o 24) personalidades de Kevin, cuando apenas aparecen cuatro o cinco, se siente un recurso artificioso para impresionar, más que algo con sentido orgánico; Hay otro recurso que discurre por el metraje que se siente un tanto remasticado, con lo que cuando llega a su resolución se siente demasiado subrayado.

La puesta en escena se retroalimenta de sus propia frugalidad, haciendo de la falta virtud, formidables los títulos de crédito de apertura de Aaron Becker (“John Wick” o “Fasdt & Forious 7”), con un muy evocador diseño de producción de Mara LePere-Schloop (“Django desencadenado” o “Terminator: Génesis”), rodándose en Pennsylvania, con muy pocos escenarios, sobresaliendo el sórdido lugar donde están encerradas las chicas, un entramado de túneles, habitaciones oscuras y sombrías, como especie de alegoría de los recovecos siniestros del cerebro del protagonista Kevin, todo filtrado por la sugestiva fotografía de Mike Gioulakis (“It follows” o “John muere al final”), manejando con nervio los fuera de campo, con encuadres opresivos emitiendo claustrofobia, con perturbadoras tomas subjetivas, moviéndose con criterio intrigante con luz tenue, semi-oscuridad, sombras, consiguiendo desconcertar al espectador y haciéndolo sentir nervioso. El diseño de vestuario del canario Paco Delgado (“Los miserables” o “La chica danesa”) tiene gran importancia para dar personalidad a cada rol que convive con Kevin, la austeridad marcial de Dennis, la larga falda de patricia, o el chándal juvenil de Hedwig, sin caer en lo guiñolesco. Todo esto punteado por la música de West Dylan Thordson (“Joy” o “Foxcatcher”), creando un aire malsano que se amolda a la trama.

El escocés James McAvoy realiza un tour de forcé Colosal, haciendo que su complicado relato respire autenticidad sin caer en la caricatura fácil, sin histrionismos baratos, una interpretación vibrante, eléctrica, sensacional, cargada de profundidad, capaz de matizar cada personalidad con apenas un gesto sutil, modulando su mirada, desplegando un carrusel de lenguaje físico arrollador, ello con todo un registro de sensaciones que van desde el terror, la ingenuidad, lo sibilino, ternura, un ser turbador, variando su voz de modo gradual, sin sobreactuaciones pero marcando con su expresividad facial quien es en cada momento, aterrador Dennis, cándido Hedwig (fascinante su baile a ritmo de Kanye West), inquietante Patricia (amenazante el modo de peinar a Casey), y más, actor a reivindicar desde ya, ya tremendo en la poco conocida “Filth” (2013), con similitudes con esta. Betty Buckley demuestra que la veteranía es un grado, componiendo a una psiquiatra que empatiza con Kevin y con el que mantiene unos punzantes duelos, maravillosa. Anya Taylor-Joy da vida con gran vigor y personalidad a la secuestrada más avispada, haciendo una introspección del rol estupenda, bañándolo de mundo interior, de dolor latente, manteniendo carácter y desprendiendo una gran entereza, mostrando que al final no es tan diferente de su raptor. Las otras dos secuestradas Haley Lu Richardson (Claire, la joven del cumpleaños) y Jessica Sula (Marcia, la mejor amiga de Claire), cumplen sin más, siendo además utilizadas por Shyamalan como perversos elementos slasher al hacerlas actuar ligeritas de ropa, de un modo bastante gratuito, supongo un guiño a este género que tantos sustos nos hadado.

Lo del recurso demasiado masticado, me refiero a lo de que se haga mención por parte de multi-Kevin de que solo los que sufren merecen vivir, y entre medias vemos a Casey en flash-back con evidentes resortes en su vida de dolor, con lo que uno más uno…, esto hace que el final de la comunión entre “La bestia” y Casey se vea venir de lejos.

Momentos recordables: Cuando Dennis saca a rastras a una de las raptadas de la habitación y Casey le dice que se orine encima como medida escudo para la deje en paz de una posible violación; El tramo de Hedwig con Casey en su habitación, con lo de la ventana (era dibujada) y el culmen del baile estrambótico; La transformación de Kevin en la Bestia, espectacular; Cuando Casey descubre a La Bestia comiéndose a una de las secuestradas, impactante; Cuando Casey intenta aplacar a la Bestia nombrando su verdadero nombre, Kevin, saliendo a la luz varias de sus personalidades; El tramo en los túneles, vibrantes minutos, repletos de tensión, hasta que La Bestia tras ver las heridas de Casey (se supone que autoinflingidas) empatiza con ella y la deja; El sorprendente final giro entroncando con otro film del realizador (“El protegido”).

Controversia por supuesta estigmatización de la enfermedad mental. La Sociedad Internacional para el Estudio del Trauma y disociación emitió un comunicado arremetiendo contra el estereotipo de trastorno de identidad disociativo peligroso (DID) de los pacientes, criticando cómo se hizo la película «a expensas de una población vulnerable que se esfuerza por ser reconocida y recibir el tratamiento efectivo que se merecen «. Algunos con trastorno de identidad disociativo hablaron en contra de la película (y su comercialización) por la representación de múltiples personalidades tan espantoso y / o violentos, incluidos en el relato.

Recomendable film que te atrapa en sus insidiosas redes malsanas, haciendo albergar esperanzas de que el realizador Shyamalan aún esté a tiempo de reivindicarse.

Patxi Álvarez