Passengers: Nave a pique

Me apasiona el cine de ciencia ficción porque es imposible que no funcione como alegoría: desde el momento en que la tierra es el lugar de partida el hogar al que regresar  o el planeta que salvar, nuestro planeta se convierte en cualquiera de los casos en personaje ausente, pero definitorio, de lo que se vaya a vivir allí fuera.

Principalmente por contraste entre lo conocido y lo desconocido, lo que lleva a este género, el de la ciencia ficción, a cuestionarse inevitables preguntas sobre lo que somos y cómo somos. No me refiero a las aventuras espaciales tipo la saga de Star Wars, Star Trek o Guardianes de la Galaxia, sino a películas tan diferentes como la saga Alien (aunque nunca ha aparecido la tierra como tal, si que se menciona su perdición), Interestelar, 2001, Marte, Gravity, Sunshine, Moon, Misión a Marte, Elysium… Ya que en todas ellas, con mayor o menor acierto, sus protagonistas afrontan los dilemas de sus historias, condicionados siempre por ese gran espacio que les rodea, que es todo y nada a la vez, y que dispara los dilemas morales y humanos a los que se enfrentan.

Passengers comienza su andadura con infinitas posibilidades de convertirse en esa alegoría espacial que promete. El despertar de un hombre en la soledad del espacio, a 90 años de cualquier destino. Su decisión de despertar a una compañera, por la insostenible locura que esa soledad le provoca. Las revelaciones de los motivos de ambos para abandonar toda la vida que han conocido en el planeta Tierra a cambio de descubrir otro mundo a casi 100 años de distancia. El descubrimiento de ella de la sentencia de muerte a la que prácticamente le ha sometido su compañero y náufrago espacial. Y el dilema de cómo sobrevivir, si se pudiera, a ese viaje. Por no hablar de las posibilidades técnicas a las que los humanos han llegado para poder construir esa nave en la que hibernan miles de personas hacia el destino de ese nuevo planeta.

Todos esos temas son apasionantes. Y por eso es una lástima que cada vez que hacen acto de presencia en la trama (una trama de lo más mecánica, funcional, tópica), se opte por la vía fácil, por la omisión y por el escaso interés en profundizar en cualquiera de ellos. Passengers es una película tremendamente superficial, como hecha por encargo para juntar a dos de las estrellas más rutilantes del planeta (los muy talentosos Chris Pratt y Jennifer Lawrence, cuyos trabajos aquí parecen amputados de verdadera personalidad, porque el guión impide cualquier tipo de profundidad en ellos), con un director en un buen momento profesional (no olvidemos, el nominado al Oscar por The Imitation Game Morten Tyldum), que a todas luces es el realizador equivocado para este encargo.

Por todo eso, Passengers es finalmente una oportunidad perdida, una promesa incumplida, de ser una buena película de ciencia ficción. Se queda en un lujoso entretenimiento (el diseño de producción, la fotografía, la música… todos esos elementos son hermosos… y funcionales), en un nada aburrido espectáculo, en un anecdótico romance espacial, que ya que no aprovecha prácticamente nada su contexto, podría haber tenido lugar en un barco que se hunde, en un tren sin frenos o en un avión a punto de estrellarse. Y aún así, habría que haber profundizado algo en las emociones humanas de esa nave a pique

Patxi Álvarez