Tres anuncios en las afueras: Raíces muy, muy profundas

Tres anuncios en las afueras: Raíces muy, muy profundasBrillante tercer largometraje del irlandés Martin McDonagh (producida, escrita y dirigida por él), ha pulido su obra más madura y equilibrada, mordaz drama que se te quedará por siempre, comedia negra, o drama sobre el dolor y la ira con mucho humor.

Todo se mezcla en simbiosis fabulosa, deriva en un fresco punzante de la América profunda, con notorios efluvios a los Coen, en que se puede ver como una especie de tríptico con las recientes del pasado “Comancheria” y “Manchester frente al mar”, donde se tratan temas similares, una ácida reflexión sobre nuestras ansias de justicia vengativa, una radiografía que deconstruye los mitos de la América rural, la de “rednecks” y “trash White”, muestra personajes en su escaparate típicos del entorno, tallados geosocialmente en un entorno donde reina la “tiranía” (o sea, violencia) policial, el racismo, la homofobia, el machismo, el alcoholismo, y toda intolerancia posible (también a los enanos).

Al escarbar en ellos el realizador los dota de alma, de debilidades, de virtudes, de capacidad de evolucionar, de sobre todo dimensión humana, haciéndonoslos cercanos en sus tonalidades grises. En su superficie un relato sobre una tragedia que a través de una “madre coraje” se hace un lienzo de con varias capas de análisis, donde la profundidad nos hace calarnos un relato poliédrico.

Argumento que hunde sus fauces en los sentimientos de culpa que nos hacen buscar chivos expiatorios a nuestros errores. Desarrollando una cinta que desborda agilidad, con diálogos procaces, frescos, réplicas y contrarréplicas vibrantes, donde los tacos son tsunami, y con un monólogo abrasador de la “heroína” contras la Iglesia Apoteósico.

Film que con gran inteligencia navega entre la crudeza de violaciones, palizas brutales, cáncer, maltrato machista, rostros quemados, con mucha sangre, con racismo, venganzas, y ello entrelazado a un nihilismo humorístico turbador que delinea un micromundo de personajes imperfectos, donde los buenos y malos no existen, es la complejidad y ambigüedad humana la que sobresale, se expresan entre diálogos más afilados que una Katana Hattori Hanzo, y con sus acciones viscerales, las que salen del fondo del corazón (sin filtros), llegando en el desarrollo a emocionar, pero sin caer en sensiblerías, los protagonistas se muestran como personas duras que deben (todos) convivir con el dolor.

Un libreto excelentemente estructurado, sabiendo sorprender, cogiendo estereotipos y sabiendo retorcerlos, al principio creemos que Mildred es una Madre Coraje víctima de un entorno rural amodorrado, pero las cosas conforme avanzan nunca son lo que parecen, el sheriff a priori es un tipo rudo, el ayudante un racista violento redneck, pero nada es lo que parece, no hay blanco o negro, la vida se mueve en grises y hay el realizador es un cirujano consumado proyectando las contradicciones, para ello está fenomenal el uso que hace de la bandera USA como fondo paradójico en algunas secuencias, queriendo enraizarnos en este mundo cerrado tan montañés estadounidense.

Es un retrato de personalidades poliédricas, con sus virtudes y sus enormes aristas: Destaca por supuesto la “heroína” Mildred Hayes, una guerrera, una estoica Madre Coraje, lenguaraz en su obsceno lenguaje, decidida, autosuficiente, una especie de pistolero en el oeste luchando contra el sistema, moviéndose entre lo conmovedor y lo repelente, y siempre hacia adelante, siempre creyendo en sus convicciones, nada le tuerce.

Y todo ello encarnándolo con un brío y electricidad majestuoso por Frances McDormand, su mejor actuación en su exitosa filmografía, sublime el modo de modular dolor y causticismo nihilista, con una mirada penetrante, con una oralidad ametralladora, utilizando los insultos cual cowboy en el wild west, mujer dura que deja traslucir grietas de fragilidad(es bello momento en que habla con un ciervo).

Le ayuda su imagen sin aparente maquillaje, siempre con un mono de trabajo y un pañuelo en badana en la cabeza, cual uniforme de batalla, emitiendo poderío y seguridad en sí misma, su pose imperturbable es el espejo de su dolor, y ello en una evolución sutil, remarcada en su sonrisa final.

Una fuerza desatada de la naturaleza que arrolla la pantalla en el soliloquio (jaque mate) al cura que pretende reprenderla. Como antagonista está el ayudante del sheriff, Jason Dixon, tipo zafio, inculto, odioso, homófobo, racista, violento, un clásico redneck, un perdedor que aún vive con su madre, tipo que en su ignorancia cree defender a su jefe con sus impulsos básicos.

Encarnado por un titánico Sam Rockwell, dotando a su rol de patetismo, de ira, de energía constante, de ira, de instintos primarios, moviéndose entre lo jocoso y lo deplorable, el actor (en su mejor actuación hasta la fecha) sabe dosificarlo con rayos de humanidad, con una transformación muy bien llevada, maravillosa interpretación teniendo una fascinante y perturbadora química con McDormand (Mildred “Sigues en el negocio de torturar negros”, la respuesta de Dixon es impresionante “No es políticamente correcto decir eso. Se dice negocio de torturar gente de color”), siendo el culmen esa última charla en el coche; El jefe de Policía Willoughby que en principio lo esperas como un facha despótico, nos hace un zasca a exponerlo como un tipo comprensivo, atento, cariñoso con su familia, y que sabe convivir dignamente con un cáncer. Woody Harrelson está notable emitiendo tolerancia, sabiduría, incluso en su tramo final ternura, convirtiéndose con el devenir del relato en la brújula moral de la historia, con narración omnisciente añadida; Del poder en la delineación de personajes habla el modo en que sabe dar a secundarios su minuto de gloria que aprovechan luciéndose.

La puesta en escena es de marcado sentido dramático, destinada con punción en la misión de trasladarnos el estado de ánimo adecuado en cada situación, empezando por un buen diseño de producción Inbal Weinberg (“Cruce de caminos” o “Las ventajas de ser un marginado”), recreando este rural y ficticio pueblo de Ebbing (Missouri) en North Carolina-USA (Sylva, Asheville, Black Mountain), esto enaltecido por la excelente fotografía de Ben Davis (“Guardianes de la Galaxia” o “Doctor Strange”), proyectando un lugar anclado en el tiempo en medio de la nada, con escasa población, jugando con los cromatismos para expresar emociones de calma, añadiendo subjetivos emocionales (el de Dixon vendado en el hospital observando a Red), con un magnífico plano-secuencia (el de Jason iracundo cruzando la calle para dar una paliza a Red), sabiendo explotar lo mejor de las fascinantes actuaciones.

La penetrante y melancólica música es obra del maestro Carter Burwell (“Miller’s Crossing” o “Rob Roy”), nada intrusiva, utilizada en pocas ocasiones para acentuar las sensaciones lánguidas, se añaden varios temas cantados, “Walk Away Renée” de los The Four Tops, “The Night They Drove Old Dixie Down” interpretada por Loan Baez, “Buckskin Stallion Blues” cantada por Amy Annelle, y con el nostálgico tema celta “The Last Rose of Summer”, del poeta irlandés Thomas Moore, cantada por la deliciosa voz de Renée Fleming and the English Chamber Orchestra, con el que comienza de modo vibrante el relato, con esas primeras imágenes de los carteles ruinosos sobre un prado verde.

Por ser un puntilloso pejigueras le puedo buscar algunos defecto-incoherencias; No me creo que el policía Dixon de una paliza a plena luz del día a Red, lo tire por la ventana un piso de altura, caiga en medio de la calle, le dé un puñetazo a la secretaria de este, baje a la calle siga golpeando a Red, y nadie le denuncia? Lo más que hacen es despedirlo? Me chirría; Tampoco me es coherente que Dixon vaya a la comisaria de noche a recoger la carta y el lugar esté vacío, es que no hay alguien de emergencias por si algo pasa en Ebbing? Es que los delitos tienen allí horario de oficina?; Luego incendian con cocteles molotov la entrada de la comisaria y esta no tiene una puerta trasera? Son elementos que sin demasiado esfuerzo se deberían haber pulido y que a la postre me impiden darle un 10, pues para esto debe ser perfecta, y estas taras le lastran.

Enorme tino el guión en el rush final, todo un alarde de giros inesperados epicúreamente engarzados: primero como Jason Dixon es testigo involuntario en un bar de alguien que dice haber violado a una mujer, entonces piensa la víctima es Angela (hija de Mildred), y provoca una pelea contra el sospechoso para obtener ADN de él; Esto presagia un final acomodaticio, en el que se detenga a los culpables, pero MacDonagh no es así de burdo, y sabe dar un giro valiente para dejar el crimen abierto, y hacer un bello epílogo entre dos supuestos némesis, Mildred y Jason, viajando unidos en coche hacia una venganza cual válvula de escape a sus frustraciones, y con esa última confesión conmovedora de ella, que termina rebotándole su única sonrisa.

En conjunto es una película que rezuma frescura, hondura, mordacidad, y sobre toda una humanidad que brota de las debilidades y frustraciones de un grupo de perdedores que buscan su horizonte en el mundo. Fruto de un guión prodigioso y unas actuaciones sublimes.

Patxi Álvarez